SENDERO TRANSPERSONAL

INTEGRANDO PSICOLOGIAS DE ORIENTE Y OCCIDENTE

Bienvenidos al blog!

La Psicología Transpersonal o Integral, es un enfoque terapéutico que apunta a que el ser humano alcance niveles óptimos de salud psicológica, dándole importancia a la expansión de la conciencia.

Se trata de un acompañamiento terapéutico para que la persona aprenda a observar sus patrones mentales, sus creencias, que son la causa del malestar, que aprenda a desidentificarse de sus contenidos mentales, a trabajar con sus emociones saludablemente, que aprenda a hacerse responsable de sí misma, de sus relaciones, de sus experiencias, sin culpabilizar al entorno, a la vida por lo que le sucede, comprendiendo que la adversidad, es una oportunidad de cambio y desarrollo personal.

Capacita al paciente para que aprenda a satisfacer de una manera saludable sus necesidades a todos los niveles: físico, emocional, mental, espiritual, aprendiendo a conectar con la dimensión trascendental; todo ello conlleva a una integración de su personalidad y a alcanzar niveles superiores de salud psicológica, para luego poder trascenderla y conectar con la esencia.

Se toman en cuenta los problemas, dolencias particulares que empujan a la persona a una consulta y se las trabaja e integra, pero el enfoque principal de la Terapia Transpersonal, que la hace diferente y más abarcativa que otras terapias psicológicas (integra psicologías de oriente y occidente) es el de capacitar a la persona para que aprenda a conectar con sus propios recursos internos y permita desplegarse sin temores al proceso de crecimiento natural.

La terapia utiliza diferentes técnicas que se adaptan a las necesidades del paciente y a su estado de consciencia, integrando los niveles físico, mental y emocional (ego) y luego trascendiéndolo hacia los valores superiores, como la compasión, el amor a los demás seres vivos, el sentido de la propia vida, el desarrollo de la creatividad, etc., favoreciendo cambios en su nivel evolutivo.

lunes, 10 de julio de 2017

Paciencia


                               

¿Tienes la paciencia de esperar
A que todo se asiente y el agua se aclare?
¿Eres capaz de permanecer inmóvil
Hasta que la acción correcta surja por sí sola?
Lao Tse



La paciencia es una actitud que podemos cultivar. Cuando no estamos intentando llegar a ningún otro lugar, cuando vivimos en el ahora, la paciencia surge por sí sola.

Hemos olvidado cómo esperar. Nuestro mayor tesoro, es ser capaces de esperar el momento apropiado. Si observamos, toda la existencia espera el momento oportuno. Los árboles saben cuándo ha llegado el momento de florecer y cuándo es la época de dejar caer sus hojas y permanecer desnudos frente al firmamento, y son hermosos en esta desnudez, esperando el nuevo follaje, con la confianza en que lo viejo se ha marchado para dar paso a lo nuevo, el crecimiento de las nuevas hojas. En la primavera las semillas despiertan, la hierba comienza a crecer por sí misma, las flores se despliegan en todo su esplendor.…

Los humanos, nos olvidamos cómo esperar…lo queremos todo de prisa.

Paciencia es recordarnos que las cosas se despliegan a su propio ritmo.

No podemos acelerar el paso del día a la noche, ni el cambio de una estación a otra…… El vivir apurados, con prisa, no sólo no nos beneficia, sino que va instalando el estrés en nuestra vida, el sufrimiento en nosotros y en las personas que nos rodean.

Con la mente agitada por pensamientos, estresada por llegar… nos perdemos el valioso momento presente, convirtiéndolo en un medio para un fin, olvidándonos de vivir; ante esta situación, surge la alternativa de cultivar la paciencia.

Observemos: ¿qué hay debajo de la impaciencia?

En mayor o en menor grado, encontramos enfado, resistencia a que las cosas sean como son, la necesidad imperiosa de encontrar culpables por lo que acontece, a veces son los otros, otras veces, nos culpamos a nosotros mismos.

El actuar con paciencia, no significa que cuando es necesario ir un poco más de prisa, en ocasiones puntuales, no podamos hacerlo, pero con paciencia, presentes, moviéndonos con rapidez pero atentos, dándonos cuenta que hemos elegido hacerlo de esta manera, que no es un automatismo, una costumbre de ir de prisa, a veces sin motivos aparentes.

Es importante recordar que nada está separado ni aislado, que los acontecimientos ocurren por algo y una cosa está encadenada con otra, así que no se trata de ir por la vida buscando culpables, no es útil ni saludable.

Para cultivar la Paciencia, es muy importante aprender a ser compasivos con nosotros mismos y con el otro, sabiendo que cada quien actúa como puede según sus condicionamientos, con sus heridas internas, muchas veces inconscientes.

El cultivar la compasión, por comprensión, nos permite estar en paz y permanecer pacientes ante una provocación o un sufrimiento intenso. El ser compasivo, es toda una educación, donde utilizamos esa energía del enfado para transmutarla en paciencia, compasión y armonía, nada fácil al principio; esto no significa que si es necesario enfadarse, porque nuestro discernimiento en ese momento así nos lo indica, no podamos hacerlo, pero luego, conviene mirar el enfado, entenderlo, quien sabe las múltiples razones ocultas o no que hay tras esa situación… todo nos sirve para crecer, después de todo se trata de comprender nuestro ego, sanarlo y trascenderlo, no dejándonos arrasar por sus impulsos y preferencias.

La cualidad de la paciencia, la podemos cultivar por medio de la meditación. Cada vez que meditamos, que nos tornamos conscientes del flujo de la respiración entrando y saliendo de nuestro cuerpo, cultivamos la paciencia, entramos en un estado de armonía interna. También durante las asanas del yoga, cada vez que permanecemos unos minutos en cada postura, respirando y observando las sensaciones corporales, sintiendo el cuerpo estirándose, observando el devenir de los pensamientos sin involucrarnos, estamos cultivando la paciencia. Podemos practicar esta cualidad en la vida diaria, ante cualquier situación que nos resulte estresante, respirar conscientemente para aquietarnos y aprender a despertar al “observador”, al testigo, tomando distancia interna de la situación para poder verla con más objetividad, aceptando las cosas como son.

Aun en los momentos dolorosos de nuestra vida, intentemos no dejarnos llevar por la ansiedad de que las cosas sean de otra manera a como son, intentemos buscar esta cualidad de la paciencia, aceptando los hechos, en definitiva, todo pasa, todo cambia, todo tiene un ritmo, nada permanece estable, en el nivel del ego.

A veces es necesario actuar, moverse, empujar, pero otras solo cabe esperar, aportar equilibrio al momento presente, al ahora, comprendiendo la sabiduría que se esconde en la paciencia, las cosas se desplegarán de acuerdo a este estado de paciencia alcanzado ahora.

Namasté
Juani

jueves, 6 de julio de 2017

Paz


Amigo sabio, ¿sentías momentos de tristeza y desánimo antes de alcanzar la iluminación?

 -Sí, a menudo-.

Y ahora, después de alcanzar la iluminación, ¿sigues viviendo momentos de tristeza y desánimo?

 -Sí, también, pero ahora no me importan-.

Tradición Budista.

A menudo, se tiene una idea equivocada de lo que significa crecer interiormente e iluminar nuestra vida de paz.
Se suele pensar que aquella persona que ha cultivado su dimensión espiritual y ha profundizado por entre los pliegues de su alma, es un ser que ya nunca tendrá un dolor de muelas ni su mente experimentará contradicción o duda alguna.
Tal vez, estos modos de pensamiento derivan de los antiguos mitos y leyendas en los que las figuras de los héroes y los dioses alcanzaban un modelo de paraíso que no podía explicarse más que con metáforas evasivas.

Conforme la especie humana ha ido dando al mundo un mayor número de lúcidos que, como avanzadillas del futuro, han expandido su conciencia y revelado el Espíritu, se ha podido comprobar que la idea de trascender al ego no significa tanto eliminarlo como darse cuenta de que no es la única identidad exclusiva.

En contra de lo que afirman muchos movimientos "espiritualistas", quien se desembaraza del ego no se convierte en un sabio, sino más bien en un psicótico.
No se trata de transformarse en un vegetal indiferente a la lágrima y a la risa, sino en un Testigo Consciente de las contradicciones que vivimos y de la gran diversidad de tendencias que experimenta nuestra persona.

El Espíritu no niega al cuerpo, ni a las emociones, ni a la mente, sino que las incluye. Y cuando vemos que, en la trastienda de los llamados "iluminados", existen rasgos contradictorios en relación a la salud, al dinero o al sexo, tendemos a sentirnos decepcionados porque, tal vez, muchas personas consideran al crecimiento evolutivo como algo que quiere escapar de la vida.

El sabio, en todo caso, ha aprendido a no sufrir, precisamente porque interpreta lo que sucede de manera no perturbada y porque, además, no vive identificado con su mente cambiante.

El iluminado es un ser que disfruta de la vida. ¿Acaso cree alguien que Moisés, Cristo o Buda eran personas pusilánimes y dulzonas que nunca cargaron a cuestas un mal dolor de muelas?

Cuando desarrollamos la conciencia de espectador desde la que observar la propia mente y sus vericuetos, nos convertimos en testigos de lo que sucede, sea del signo que sea.
El dolor y las consiguientes presiones que nuestro psicocuerpo experimenta en las curvas de la vida, lejos de ser resistidas y por tanto creadoras de sufrimiento, son aceptados desde ese espacio silencioso y lúcido en el que es la conciencia expandida.

A partir de este desarrollo, aquello que anteriormente resultaba doloroso deja de ser una dura carga. Sucede que la vida ha sido abrazada con su plena diversidad y el mundo sigue desplegando sus fríos inviernos y sus primaveras soleadas. Uno entonces observa todo aquello que le pasa al cuerpo y a la mente como vehículos de la gran travesía.

Ya no se trata de pretender eliminar las tormentas de la vida, sino más bien de saber navegar durante las mismas, observando los miedos y ajustando las velas.

En la visión global, todo lo que sucede tiene sentido y no se le opone resistencia.
En realidad, uno se ha dado cuenta de que no puede cambiar el mundo. Las cosas simplemente ocurren. Lo que todavía nos importa y perturba sigue dando lecciones que señalan nuestra necesidad de desafección y de visión expandida.

Inteligencia del Alma. J.M.Doria



jueves, 29 de junio de 2017

Espíritu de la Atención Plena



El espíritu de investigación es fundamental para vivir con atención plena. Investigar y hacerse preguntas no es sólo una forma de resolver problemas. Es una forma de asegurarnos de que permanecemos en contacto con el misterio básico de la vida y de nuestra presencia aquí.
¿Quién soy? ¿A  dónde voy? ¿Qué significa ser…un hombre, una mujer, un hijo, un padre; un estudiante, un trabajador, un jefe, un preso, una persona sin hogar? ¿Cuál es mi karma? ¿Dónde estoy ahora? ¿Cuál es mi camino? ¿Cuál es mi trabajo en este mundo?.

Investigar, no significa buscar respuestas, y mucho menos respuestas rápidas que surgen del pensamiento superficial. Significa hacer preguntas, sin esperar respuesta alguna, simplemente considerar la pregunta, llevarla con nosotros, permitir que se impregne todo nuestro ser, que bulla, que se cocine, que madure, y que entre y salga del ámbito de la conciencia, del mismo modo que todo entra y sale del ámbito de la conciencia.

No tenemos por qué estar quietos para investigar. La Investigación y la Atención Plena, pueden tener lugar de forma simultánea mientras se va desplegando nuestra vida cotidiana. De hecho, la Investigación y la Atención Plena, son una única y misma cosa, proceden de diferentes direcciones.

Podemos plantearnos “¿Qué soy?”, o “¿Qué es esto?”, o “¿Adónde me dirijo?”, o “¿Cuál es mi trabajo?”, mientras reparamos el coche, mientras vamos al trabajo a pie, mientras lavamos los platos, mientras escuchamos a nuestra hija cantar, mientras buscamos un empleo.

En la vida, emergen constantemente problemas de todo los tipos y dimensiones. Van desde lo más trivial hasta lo más profundo y abrumador. El desafío consiste en encontrarnos con ellos con una actitud de investigación, con el espíritu de la Atención Plena. Esto significa preguntarnos: ¿Qué es este pensamiento, sentimiento, este dilema?, ¿Cómo voy a lidiar con él?, o incluso ¿Estoy dispuesto a lidiar con él  o a reconocerlo siquiera?.

El primer paso consiste en reconocer que hay un problema, lo cual significa que hay algún tipo de tensión, presión  o desarmonía. Podría llevarnos cuarenta o cincuenta años llegar a reconocer algunos de nuestros demonios internos. Pero quizá eso esté bien, también. La Investigación no sigue un programa determinado. Es como una olla que está guardada en un armario de la cocina. Está disponible para hacer la comida, siempre y cuando nosotros estemos dispuestos a sacarla del armario, poner algo en ella y ponerla a calentar.

Investigar significa hacer las preguntas una y otra vez. Tenemos el coraje de de mirar algo, sea lo que sea, y preguntarnos ¿Qué es eso?, ¿Qué es lo que anda mal?, ¿Cuál es el origen del problema?, ¿Cuál es el mensaje en ello?, ¿Cuáles son las conexiones?, ¿Cuál podría ser una buena solución?,   

Preguntas, preguntas y mas preguntas. Investigar no consiste en pensar respuestas, aunque el hecho de plantearnos preguntas, dará lugar a muchos pensamientos que parecerán respuestas. En realidad, implica escuchar los pensamientos que evocan nuestras preguntas, como si estuviéramos sentados junto al río por el que corren  nuestros pensamientos, escuchando cómo fluye el agua sobre y en torno a las rocas; escuchando y observando alguna que otra hoja o ramita que baja llevada por la corriente.
                        Jon Kabat Zinn   




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martes, 6 de junio de 2017

Sanación

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El dolor es inevitable pero el sufrimiento se puede superar. Néor

El río de la vida fluye entre las orillas del dolor y del placer. El dolor forma parte de la vida y sirve de contrapunto al placer. Y de la misma forma que la respiración y el propio latido del corazón están sometidos a ritmos de alternancia, de igual manera, el dolor y el placer oscilan en los ritmos del vivir. Mientras la actual condición humana no realice el salto evolutivo hacia la conciencia neutral, viviremos el juego de opuestos que teje la vida en su ritmo y polaridad.

Investigaciones recientes con mamíferos del Dr. Olds en París, revelan que existe un lugar en el cerebro que su descubridor denominó como “Infierno Cerebral”, cuya estimulación activa el dolor más angustioso que se pueda experimentar. Sin embargo, cerca del mismo, existe otra área especializada cuya estimulación desencadena un gran placer y éxtasis que dicho doctor denominó como “Paraíso Cerebral”. Afortunadamente, la naturaleza ha sido generosa, el espacio físico del Paraíso ocupa siete veces más espacio que el Infierno. Hemos sido dotados de una capacidad para gozar siete veces mayor que para sufrir.

Pero aunque el dolor tenga una finalidad funcional, si no se acepta y además se trabaja eficazmente para resolverlo, es experimentado como una cruz que puede tentar a la persona a sentirse víctima.
El victimismo es un virus que estanca el alma y convierte cualquier brizna de dolor y frustración en verdadero sufrimiento. Se trata de una actitud de resistencia y parálisis que no se enfrenta, ni se indaga.

El sufrimiento es no sólo dolor no aceptado, sino también resignación que no resuelve y bloquea. Cuando no aceptamos el dolor, nos estamos resistiendo a comprender el mensaje que éste nos revela.
Si, por ejemplo, nos duele una rodilla, examinémosla. Más tarde, y gracias a la llamada que el dolor nos ha hecho, nos habremos enterado de la existencia de una herida, y por ella, también habremos aplicado soluciones inmediatas. El dolor cuida de nuestro cuerpo, avisándonos de aquellos puntos que merecen atención y supervivencia.

De igual manera, cuando el dolor se disfraza de confusión y angustia, en realidad, es nuestro mundo emocional el que nos llama. Cuando esto sucede, algo profundo quiere avanzar en nosotros y proporcionar hondura a una vida, a menudo, de mirada pequeña y plana. A través de la ansiedad y del desencanto, nuestro Ser esencial se hace presente señalándonos la necesidad de cultivar el alma y expandir consciencia.

Como dijo Einstein:

“Ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de conciencia que lo creó”.

A diferencia del dolor, el sufrimiento es una actitud mental. Un nivel de conciencia e interpretación de las cosas que nos bloquea.
Para salir del sufrimiento, conviene darse cuenta de la intencionalidad sutil que el proceso nos trae y proceder a un trabajo interno que posibilite el crecimiento hacia un nivel superior de consciencia.

Todo comienza por aceptar nuestro dolor e indagar las salidas más cabales y duraderas. Más tarde, uno acepta que el dolor ayuda a comprender las leyes de la vida y los principios que conforman nuestra maduración interna.
Cando el dolor pasa, nos deja el corazón más sensible. Sentimos compasión hacia las personas que lo llevan en sus caras. Gozamos de una mayor empatía y hasta somos más aptos para animar a los que todavía viven atrapados en sus propias desgracias.

El dolor nos presiona para buscar salidas que, a menudo, nos llevan de la mano hasta la profundidad del alma. En realidad, el dolor nos torna más sencillos, más humildes, con el corazón más abierto y sin corazas. 
J.M.Doria





Te acompaño en el proceso


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                         Juana Ma. Martínez Camacho
                                       Terapeuta Transpersonal
                                (Escuela Española de Desarrollo Transpersonal)
                             Especialista en Bioneuroemoción
                               (Instituto Español de Bioneuroemoción)
                             Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular) 
                               (Cellular Memory Release)
              

                             www.centroelim.org           Telf.  653-936-074


domingo, 21 de mayo de 2017

Cerrando ciclos

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Nuestra psique necesita “cerrar”, “concluir” cada acontecimiento psicológico, pues todo aquello que no cerramos, que no damos por concluido, se mantiene como una carga energética, psíquica, que nos afecta en nuestra vida diaria, el inconsciente necesita elaborar ese dolor no trascendido.

Continuamente estamos experimentando situaciones que no terminamos de digerir, ej. duelos que no hemos sabido como afrontar, cosas importantes que no expresamos en su momento, cosas que no hemos devuelto, a veces no hemos ofrecido disculpas por situaciones donde agraviamos al otro, enojos que nos guardamos por el modelo social de “ser educados, o buenos”, a veces es necesario gestionar el perdón y no solo hacia otros, sino también hacia nosotros mismos, gran variedad de acontecimientos traumáticos, que han quedado cortados, sin resolver, relaciones que cerramos de manera drástica, etc., y nos creemos que esto ya pasó y que no nos afecta, que el tiempo los borrará, pero el tiempo sólo no es suficiente , en el inconsciente no existe el tiempo, y lo que padecimos a edades tempranas sigue está ahí como un presente vivo, que atrae situaciones con la misma carga emocional y energética, para que la resolvamos, integremos.

Creemos ilusoriamente que si no pensamos en ello,  esos acontecimientos se borran; pero no es así, lo que no he resuelto, está allí para resolverse, está tiñendo el presente y sale como impulsos, reacciones inconscientes, exageradas a veces ante la situación actual, es la sombra que se expresa…esas partes negadas, reprimidas que intentamos no dejar salir…pero se escapan por las rendijas del inconsciente…

El inconsciente tiene sus propios mecanismos para “digerir” situaciones difíciles, a igual que cuando comemos un alimento que nos sienta mal, el estómago tiene sus mecanismos para eliminarlo;  a veces necesitamos ayudarlo a hacer esa “digestión psicológica”, expresando nuestro sentir a la persona implicada, o bien escribiendo una carta donde comunicar nuestras emociones (sin enviarla), expresando sanamente las emociones, no huyendo de lo que sentimos, siendo auténticos con nosotros mismos,  hay muchas maneras de poder ayudar a nuestro inconsciente a elaborar estas situaciones inconclusas.

Tengamos en cuenta,  que nuestro inconsciente también dispone de una parte “sabia” y tiene una función reparadora, medicatriz, como la llamaba Hipócrates; el organismo sabe perfectamente como recuperar una quebradura del un hueso, sabe como regenerar un tejido dañado, etc., de la misma manera ocurre a nivel psicológico. 

Te acompaño en el proceso


                         Juana Ma. Martínez Camacho
                                       Terapeuta Transpersonal
                                (Escuela Española de Desarrollo Transpersonal)
                             Especialista en Bioneuroemoción
                               (Instituto Español de Bioneuroemoción)
                             Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular) 
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domingo, 30 de abril de 2017

El Verdadero Valor del anillo

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Un día se presentó ante un anciano que tenía fama de sabio, un joven con aspecto atribulado que de forma apresurada le dijo: 

“Maestro, estoy desesperado, me siento tan miserable que me faltan las fuerzas para emprender cualquier cosa. Pienso que no sirvo para nada y que mi vida es un fracaso. En realidad, nadie me escucha ni aprecia la buena intención de mis palabras. Me han dicho que vuestros remedios y enseñanzas son muy especiales. Estoy dispuestos a serviros en lo que necesitéis, pero por favor, guiadme, a la solución de mi problema. ¿Qué puedo hacer?”  

El anciano, sin casi mirarlo le dijo: “Cuánto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte ya que primero debo resolver mi propio problema. Quizás después...” Y haciendo una pausa agregó “Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver mi asunto con más rapidez y después, tal vez podría de ayudarte”. 

”De acuerdo Maestro”, contestó el joven con un rayo de esperanza, ¿”qué puedo hacer yo por ti”?  

El Maestro quitándose el anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda se lo entregó al muchacho y le dijo: “Este anillo debe ser vendido para pagar una deuda. Vete al Mercado y trata de obtener la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. ¡Vete cuanto antes y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas!”. 

El joven tomó el anillo y apenas llegó al mercado, empezó a ofrecerlo a las gentes que al principio lo miraban con interés, hasta que llegado el momento en que el joven pedía una moneda de oro, se desencantaban. Algunos reían, otros se daban media vuelta. Tan sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de ese anillo. 

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En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero dado que el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, rechazó la oferta. 
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado y sintiéndose abatido por su fracaso, regresó a la casa del sabio mientras se decía apesadumbrado:  
”Si aunque sea dispusiera de una moneda de oro, se la entregaría inmediatamente al anciano”. 

Entró en la habitación y dijo: “Maestro, lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo”. 

”Que importante lo que dijiste, joven amigo” -contesto sonriente el maestro- “Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve al mercado y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quieres vender el anillo y pregúntale cuanto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo”.   

El joven acudió raudo a un joyero, el cual examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo: 
”Muchacho, dile al Maestro que si lo quiere vender ya, no puedo darle más de 58 monedas de oro por su anillo”.  
¡¡¡¿”58 monedas”???!!! -exclamó el joven.- “Sí”, replicó el joyero, “ya sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero si la venta es urgente...”  

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El joven corrió emocionado a casa del Maestro a contarle lo sucedido. 
“Siéntate” -dijo éste después de escucharlo-  
“Tú eres como este anillo: Una joya, única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto”. 
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda. 

El muchacho se alejó de la casa sonriendo, mientras una parte muy profunda de sí mismo le decía:   ¿”Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor”? 
  
RECUERDA SIEMPRE TU GRAN VALÍA                                 



  
REFLEXIONES  

Al parecer lo que cuenta a la hora de ser valorados por los demás, no es tanto nuestras cualidades más destacadas sino el nivel de  autovaloración que uno tenga de sí mismo. En realidad, lo que uno se considere a sí mismo, es justamente lo que los demás le considerará. 

Si una persona se considera atractiva y exitosa, y si además piensa que su compañía es un verdadero regalo para los seres que la tratan, no cabe la menor duda de que los demás, antes o después, la considerarán y pensarán exactamente así. Ni más ni menos. 


El pensamiento es un instrumento creativo y el hombre se convierte en aquello en lo que piensa.  Sivananda 


Lo que hace años pensábamos que llegaríamos a ser en algún día futuro, bien sea en la profesión, en la afectividad, en la economía, en el desarrollo personal, en el poder de logro e incluso en la evolución espiritual, es justamente lo que hoy somos, ni más ni menos. Una consideración que sin duda, nos invita a dejar a un lado el “factor suerte” y asumir el poder creador de las propias creencias .

El listón y los límites se los pone cada cual en función de las creencias profundas de sí mismo y de sus propias posibilidades. En realidad uno mismo es creador, a menudo inconsciente, de su propio destino. 

En el relato de “El Anillo” sucede que mientras el muchacho piense que éste no vale, por más que trate de venderlo no transmitirá la carga de convicción a sus posibles clientes. 
Pues bien, el mismo proceso tiene lugar en la vida diaria con los sentimientos de seguridad o de inseguridad que acompañan a las acciones de la persona. 


No hay otra realidad que la que tenemos dentro de nosotros. Herman Hesse
 

El amor a uno mismo está en relación con el grado de confianza y estima que uno hace de su persona. Una infancia con deficiencia de la Vitamina de Amor o bien en la que se ha despreciado y negado al sujeto, será un escenario propicio a la escasa autovaloración con la consiguiente instalación de la inseguridad. 

Merece la pena dejar muy claro a los hijos y, en  general, a todos los niños, aspectos tales como que ellos son valiosos y amados, que realmente pueden hacer todo aquello que se propongan, que son muy queridos e importantes y que sus palabras y sus conductas merecen todo nuestro interés y respeto. 

Más tarde, cuando somos adultos, si nuestra autoestima no ha alcanzado el grado deseable, se convierte en una asignatura pendiente de la Inteligencia Emocional que conviene superar con sobresaliente ya que puede ser causa de dolor y tensiones soterradas que deben estar bajo control.  


Utiliza los talentos que poseas.  El bosque estaría muy silencioso si solo cantasen los pájaros que cantan mejor. Henry Van Dyck 


Conviene poner gran atención a las verbalizaciones totalizadoras con aspecto inocente que a menudo hacemos, como por ejemplo:

 “Qué tonto soy por no haber...” “Qué estúpido soy...” “Eres egoísta y torpe...”, “Soy incapaz de ...” “Siempre me pasa lo mismo, nunca aprenderé...” “yo nunca podré...” “Eres idiota...”  

Se trata de decretos negativos y reductores acerca de la identidad persona, y en realidad, aunque una parte de nosotros alguna vez “sea” eso, también en cualquier otra situación será lo contrario. Existen muchas partes o subpersonalidades de uno mismo, y todas tienen su momento y su función. 

Tengamos en cuenta que cualquier “decreto verbal” que hacemos acerca de nuestro ego personal, supone un mensaje a nuestro inconsciente que, a poco que se repita, se lo llegará a creer con suma facilidad con lo que procederá a conformar una creencia que, posteriormente, tenderá a convalidarse con pensamientos tales como:

 “Ya me parecía, compruebo una vez más que soy un inútil para...” o bien “Confirmo que logro todo lo que me propongo” 


Nuestra máquina de pensar se deja convencer por lo que sea, con tal de que se repita lo suficiente. George Gurjdieff 


Conviene evitar los decretos negativos que definen a nuestra persona y, en todo caso, cuando queramos referirnos a nuestros fallos, será más verdad el hecho de proceder  a mencionarlos en términos tales como: 

“Una parte de mí se muestra insegura o bien, Una parte de ti se comporta de forma muy egoísta... A una parte de mi le cuesta mucho... 

Observo que una parte de ti no puede...” Sin duda, esta forma de expresión será más real que las totalizaciones habituales de: 

“Eres un egoísta” o “Yo soy muy inseguro”.  

El hecho de proceder sensatamente a subrayarnos las cualidades positivas que reconocemos en nosotros y asimismo subrayarlas también en lo demás, no debe confundirse con la arrogancia sino con el sano refuerzo de los procesos internos elegidos como saludables. De esta manera, nuestra mente las tendrá más en cuenta y las integrará en muchas acciones inconscientes.

Por otra parte, el hecho de hacernos plenamente conscientes de nuestros logros, siendo benévolos con el propio proceso de aprendizaje existencial, supone también una manera eficaz de consolidar un buen nivel de autoestima.  

¿En qué he progresado hoy?  

¿Qué cualidades positivas he expresado en el día de hoy?  

Son dos preguntas que toda persona que quiera reforzar sus sentimientos de confianza y seguridad, debería formularse cada noche.

En el caso de que se quiera optimizar el citado ejercicio convendrá que las respuestas se realicen por escrito, durante un período de 40 noches. De esta forma, el sujeto se verá obligada a repasar mentalmente el día vivido y consolidar los aspectos que su propia estadística precisa para una correcta valoración de sí mismo y un incremento del nivel de confianza y seguridad. 


Una vida no examinada, no merece la pena ser vivida.  Socrates 


El mensaje de “amor al prójimo” que se transmitió a través de los Evangelios, a veces no ha sido bien entendido ya que ha sido distorsionados hacia un “no quererse a uno mismo” por aquello de no caer en la vanidad y en la arrogancia. Tal distorsión, lejos de incitar a la generosidad terminaba por la negación a uno mismo en supuesto beneficio de lo ajeno.
Una actitud que fue deteriorando la propia firmeza y asertividad de muchos creyentes, creando una gran inseguridad en el telón fondo de sus propios sentimientos. Esta errónea interpretación que, en muchos casos, sirvió para manipular, es particularmente triste, cuando en realidad, el mensaje del Evangelio fue “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. 

El término “como” señala implícitamente que aquella persona que no se estima ni valora a sí misma tampoco podrá considerar a los demás. Otra forma de decir que aquel que no se quiere a sí mismo, no puede querer a los demás. 

En la esfera de la propia identidad, conviene distinguir dos yoes: 

Por una parte, el yo superficial o ego que es de quien se habla en el relato, es decir, el que es susceptible de alta o baja autoestima. Se trata del  “yo persona” que ha sido conformado con los datos del carné de identidad y que se basa en un conjunto de memorias.

 Y por otra parte, existe el Profundo, la identidad esencial, el Ser, que es común a todos los sujetos y que puede ser definido como Espíritu, Consciencia, Totalidad, Infinitud...  


Una persona no es una cosa, ni un proceso, sino una apertura, un claro a través del cual, lo Absoluto puede manifestarse. Ken Wilber 


Para facilitar la comprensión de este concepto se puede pensar que así como todas las joyas de oro adoptan formas diferentes al salir del crisol, anillos, colgantes, pulseras... sucede que, cuando un día vuelven al crisol y de nuevo se funden, todas ellas siguen siendo lo que siempre fueron y nunca dejaron de ser: Oro. Una esencia que no ha nacido ni morirá, más allá de la forma temporal. 

De la misma manera sucede en los seres humanos. La identidad superficial, Raquel, Pablo, Cristina, Goyo... son como cada joya que emerge del crisol, es decir diferente de otros seres humanos, pero ninguna de esas personas ha dejado de ser lo que en realidad somos esencialmente todos: Luz, Océano de Conciencia, Espíritu. Algo que simplemente ES. 

Un anillo de oro tiene en todo momento, al igual que cada ser humano, una dimensión “persona” que, en el caso del anillo, caduca con la vuelta al crisol, y en el caso del género humano termina con la muerte del psicocuerpo. 
Y también cada anillo de oro y cada ser humano respectivo posee una dimensión esencial. En este caso, dicha esencia será el oro para el anillo y, a su vez, el Espíritu para el humano que por su Infinitud está más allá del tiempo y del espacio. 
En realidad, la esencia ni ha nacido ni morirá, ES. Y su acceso a Ello se logra tan sólo mediante una determinada experiencia de totalidad. 

El trabajo del ser humano tiene dos esferas de cultivo. 
Por una parte, el aprender a valorar su propio ego, desarrollando la aceptación y la estima a su propia persona como “entidad psicobiológica con las horas contadas”, y por otra, operar sobre la amnesia de la joya que se cree anillo y ha olvidado que es oro, que siempre fue oro, y que siempre será oro.  

Algunos lo nombran como la búsqueda de uno mismo, otros lo refieren como la búsqueda de Dios. Y en este sentido el hecho de trabajar por esta búsqueda es lo mismo que anhelar la propia Infinitud que no es otra cosa que anhelar un estado de conciencia.

Unos lo llamarán paz profunda y otros afirmarán que lo tenemos dentro, tal y como afirma la Escuela Taoísta al decir que:

 “el hecho de buscar a Dios es como buscar un buey cuando resulta que uno está montado en el propio buey”. 

En realidad, el llamado trabajo espiritual, más que elaborar conductas morales llenas de premios y castigos en un ambiente de “modelos ideales”, se basa en el descubrimiento de la verdadera identidad. 

El desarrollo espiritual por excelencia consiste en trabajar en el despertar de nuestra amnesia de infinitud, y culminar en la certeza de que tenemos un ego, pero sabiendo que no somos solamente ese ego, sino que, en realidad, somos Totalidad e Infinitud que “tiene” y se proyecta a través de un ego. 


El que no cree en sí mismo es un ateo. Anónimo 


Sin duda, algo que en virtud de nuestra amnesia de lo esencial, no se logra experimentar como no sea en momentos en los que nos vemos expandidos en la llamada “Gracia”. Es decir a través de Experiencias con mayúsculas que llegan a la vida de los seres humanos con cuenta-gotas y, a menudo, sin aparentes méritos especiales.  

Es por ello que si todavía no somos rozados por el ala de ese insólito ángel llamado “Milagro”, convendrá que nos rodeemos de “despertadores” que nos remitan al Recuerdo.


J.M.Doria