SENDERO TRANSPERSONAL

INTEGRANDO PSICOLOGIAS DE ORIENTE Y OCCIDENTE

Bienvenidos al blog!

La Psicología Transpersonal o Integral, es un enfoque terapéutico que apunta a que el ser humano alcance niveles óptimos de salud psicológica, dándole importancia a la expansión de la conciencia.

Se trata de un acompañamiento terapéutico para que la persona aprenda a observar sus patrones mentales, sus creencias, que son la causa del malestar, que aprenda a desidentificarse de sus contenidos mentales, a trabajar con sus emociones saludablemente, que aprenda a hacerse responsable de sí misma, de sus relaciones, de sus experiencias, sin culpabilizar al entorno, a la vida por lo que le sucede, comprendiendo que la adversidad, es una oportunidad de cambio y desarrollo personal.

Capacita al paciente para que aprenda a satisfacer de una manera saludable sus necesidades a todos los niveles: físico, emocional, mental, espiritual, aprendiendo a conectar con la dimensión trascendental; todo ello conlleva a una integración de su personalidad y a alcanzar niveles superiores de salud psicológica, para luego poder trascenderla y conectar con la esencia.

Se toman en cuenta los problemas, dolencias particulares que empujan a la persona a una consulta y se las trabaja e integra, pero el enfoque principal de la Terapia Transpersonal, que la hace diferente y más abarcativa que otras terapias psicológicas (integra psicologías de oriente y occidente) es el de capacitar a la persona para que aprenda a conectar con sus propios recursos internos y permita desplegarse sin temores al proceso de crecimiento natural.

La terapia utiliza diferentes técnicas que se adaptan a las necesidades del paciente y a su estado de consciencia, integrando los niveles físico, mental y emocional (ego) y luego trascendiéndolo hacia los valores superiores, como la compasión, el amor a los demás seres vivos, el sentido de la propia vida, el desarrollo de la creatividad, etc., favoreciendo cambios en su nivel evolutivo.

sábado, 18 de febrero de 2023

El poder curativo de la presencia incondicional


"Ábrase a todas las emociones, personas y situaciones con las que se encuentre. Entonces experimentará por sí mismo las enseñanzas que nadie podrá enseñarle nunca." 
Pema Chodron


¿Cuál es la esencia de la curación psicológica, el elemento que nos permite trascender las viejas pautas autodestructivas y orientamos en una nueva dirección?

Para responder a esta pregunta deberemos comprender antes el malestar y el sufrimiento básico que se halla en la raíz de todos los problemas psicológicos, la incesante lucha que continuamente mantenemos con nuestra experiencia y las dificultades que tenemos para permitirle ser tal cual es.

¿Por qué nos incomodamos tanto con nuestra experiencia?

¿Por qué nos resulta tan difícil admitir que nuestra experiencia sea tal cual es?

¿De dónde proviene la inquietud que nos generan nuestros sentimientos y estados mentales?



El Malestar Básico

Continuamente estamos juzgando, rechazando y eludiendo aquellos aspectos de nuestra experiencia que más incomodidad, sufrimiento y ansiedad nos provocan, embarcándonos en una lucha interna que nos escinde interiormente y nos aleja de la totalidad. Esto es algo que aprendimos en nuestra más temprana infancia, cuando nuestro sistema nervioso se veía desbordado por sentimientos que no podíamos gestionar... y mucho menos todavía comprender.

Así fue como aprendimos a cerrarnos y a contraer nuestro cuerpo y nuestra mente fundiendo, por así decir, los fusibles para que nuestros circuitos internos no sufrieran un mayor daño cada vez que nos veíamos desbordados por experiencias demasiado intensas y los adultos de nuestro entorno no supieron ayudarnos. Así fue como aprendimos a protegernos... y a separamos, simultáneamente, de nuestro enojo, de nuestra necesidad de afecto, de nuestra ternura, de nuestros deseos y de nuestra sexualidad. Y así fue también como aprendimos a emitir todo tipo de juicios negativos sobre las facetas que más sufrimiento nos causaban y, al mismo tiempo, a retirar nuestra conciencia de ellos.

Por ejemplo, cuando, nuestra necesidad de amor se veía frustrada era demasiado doloroso experimentar esa necesidad. Así fue como aprendimos a cerrar nuestra conciencia para alejarnos de esa necesidad y del sufrimiento asociado que le acompañaba. Es por ello, que seguimos contrayéndonos cada vez que nos sentimos desbordados por la necesidad de amor y somos incapaces de funcionar en aquellas regiones de nuestra vida que evocan sentimientos que nunca hemos aprendido a aceptar. Y esta huida del sufrimiento primordial origina un nivel secundario de sufrimiento que restringe nuestra conciencia y nos sume en la contracción.


Crear una identidad basada en la contracción

Llega un momento en el que todas estas contracciones se articulan en un estilo global de evitación y rechazo que nos lleva a desarrollar una identidad o una visión de nosotros mismos basada en el rechazo de los aspectos dolorosos de nuestra experiencia. Si, por ejemplo, no podemos hacer frente al enfado, tratamos de convertirnos en «una buena persona», pero esa identidad siempre es parcial y limitada, y jamás recoge la totalidad de nuestra experiencia, la totalidad de lo que somos.

Se trata de una identidad basada en la identificación con los aspectos de nuestra experiencia que más nos gustan y en el rechazo de aquellos otros que nos desagradan. Y, puesto que se trata de una identidad ajena a lo que realmente somos, requiere un continuo esfuerzo para protegerla de los ataques de una realidad que amenaza con socavarla.

Es como si continuamente nos viéramos obligados a apuntalar un frágil dique para no vemos desbordados por las olas del océano que, siguiendo con esta metáfora, es como el océano, siempre dispuesto a romper nuestra visión limitada de nosotros mismos que obstaculiza su libertad de movimientos. Y esta necesidad incesante de controlar la experiencia para alejamos de todo aquello que ponga en peligro nuestra identidad, genera un tercer nivel de sufrimiento, un estado continuo de tensión y ansiedad.

Así pues, el sufrimiento psicológico está fundamentalmente compuesto de tres estratos diferentes:

- el sufrimiento básico de los sentimientos que amenazan con desbordarnos;

- la contracción corporal y mental para evitar sentir ese dolor,

- y el esfuerzo continuo por mantener y proteger una identidad basada en la evitación y el rechazo.

Una de las formas en que tratamos de mantener nuestra identidad consiste en el desarrollo de un complejo conjunto de racionalizaciones -narraciones sobre lo que somos y sobre lo que es la realidad que nos sirve para justificar la evitación y el rechazo. Estas narraciones –que no tiene por qué ser conscientes y que a menudo son como los sueños, y están compuestas de imágenes y expectativas subconscientes son interpretaciones mentales de nuestra experiencia, un modo de organizar nuestras creencias en una visión global de la realidad.

Por ejemplo, a este propósito recuerdo el caso de una mujer cuyo padre había permanecido muy distante durante su infancia, que tenía dificultades para reconocer su necesidad de contacto emocional y que justificaba su rechazo de esta necesidad con la siguiente historia: «los hombres no están emocionalmente disponibles y. puesto que una nunca puede confiar en ellos, sería estúpido que me permitiera necesitar a un hombre». Era precisamente por esto por lo que, cuando mantenía una relación, se contraía como para mantenerse alejada de su propia necesidad y no hallarse nunca en una posición vulnerable.

Pero, como resultado de todo ello, los hombres acababan abandonándola porque no podían establecer un contacto real con ella, lo cual no hacía sino reforzar su guión vital de que «con los hombres no se puede contar». Y es que las historias acaban convirtiéndose en una suerte de “profecías autocumplidas”.

Una historia crea una realidad que, a su vez, refuerza la historia, ocasionando así un círculo vicioso que nos encierra cada vez más en un falso yo y en una visión distorsionada de la realidad.


¿Por qué malgastamos tanta energía en mantener un falso yo que nos aleja de la totalidad de nuestro ser?

A pesar del sufrimiento que ocasiona, la imagen que tenemos de nosotros mismos se mantiene porque al menos, nos proporciona una sensación de que «yo soy esto». Es cierto que este ego falso genera una tensión y una escisión interna, pero también lo que es, al menos, nos proporciona una cierta ilusión de estabilidad y permanencia en medio de la incertidumbre y del flujo de la existencia. Y, aun en el caso de que su historia sea «yo no soy nada, ni nadie» eso, al menos, es algo y, en consecuencia, nos proporciona una cierta seguridad.




La presencia incondicional y la curación

Si pudiéramos identificamos completamente con el falso yo, no nos causaría tanto sufrimiento, porque simplemente sería lo que somos. El sufrimiento se deriva de un estrato internamente más profundo que se siente limitado por esta identidad y sufre cuando no estamos completamente vivos.

Esa inteligencia más profunda que se oculta en nuestro interior sufre cuando se siente atrapada en una intrincada red de historias, creencias, guiones y conductas que la mantiene alejada de su naturaleza esencial. Y es que, cuando no realizamos todas nuestras posibilidades expansivas, nos vemos abocados al sufrimiento.

El primero y más difícil de los pasos del proceso de curación consiste en darse cuenta de la desconexión de nuestro ser más profundo y del sufrimiento que de ello se deriva. En ese mismo dolor se asienta nuestra curación. Es por esto por lo que, cuando nos alejamos de él, no hacemos más que agregar un nuevo eslabón a la cadena de la contracción y el rechazo en los que se asienta nuestro malestar.

En cambio, cuando nos abrimos a esta herida volvemos a establecer contacto con aquellos aspectos de nuestra experiencia de los que nos habíamos alejado. Por tanto, el primer paso de la curación consiste en reconocer nuestro malestar.

Obviamente, no resulta tan sencillo admitir nuestro dolor y nuestra desconexión de nosotros mismos ya que, apenas empezamos a mirarla, aparece una historia, una creencia, un pensamiento o una fantasía que cumple con una función distractiva. En cuanto nos preguntamos «¿qué es esto?» o «¿por qué me siento tan mal?», nuestra mente se pone inmediatamente en marcha y dice: «Ah, ya sé. Esto es x o esto es y. Estoy identificado con mi madre. Éste es mi complejo de inferioridad. No es nada importante, nada que merezca mi atención. Todo el mundo tiene problemas».

Sin embargo, todas esas historias, constituyen un obstáculo para la curación, porque nos mantienen atrapados en la contracción y el rechazo y lejos, en consecuencia, de nuestra propia experiencia. Éste es el motivo por el cual es importante que los psicoterapeutas ayuden a sus clientes a discriminar claramente entre sus historias y su experiencia vivida. 

Cuando, por ejemplo, le pregunto a un cliente cómo se siente y él me responde: «Me siento estúpido», yo me veo obligado a apostillar: «Ése no es un sentimiento”.

Usted no se siente estúpido. Ésa no es más que una historia que usted se cuenta sobre sí mismo. ¿Qué es realmente lo que siente?» 

Tal vez entonces responda: «Bueno, la verdad es que cuando trato de hablar con mi mente, me siento inseguro y asustado». Ése sí que es un sentimiento. 
Es evidente que, para ello, los terapeutas y los sanadores tendrán que saber distinguir muy claramente entre sus propias historias de lo que está ocurriendo y las historias de sus clientes. Y ese no es nada sencillo porque a los terapeutas les gusta pensar que saben lo que les ocurre a sus clientes; a fin de cuentas, ellos son profesionales que se han entrenado durante muchos años y conocen bien el funcionamiento del psiquismo.

Pero hay que decir que, en el trabajo terapéutico, el conocimiento no es un agente curativo porque, aunque pueda ser una ayuda muy valiosa, el cliente puede experimentarlo como otra forma de rechazo.

El único modo de alentar la curación consiste en acabar con el rechazo mismo que origina el malestar.

No debemos olvidar que el malestar psicológico se deriva de una visión fija y limitada de nuestra experiencia y que, en consecuencia, el simple hecho de asumir un punto de vista diferente, no alienta la verdadera curación. 
Tal vez se trate de un punto de vista más adecuado, de un buen punto de vista, de un punto de vista maravilloso o del mejor de los puntos de vista pero, si sólo es otro conjunto de creencias y de actitudes, jamás será curativo, porque no dejará de ser otro marco de referencia que no puede dar cuenta de todas las dimensiones de la experiencia, otras gafas a las que, más pronto o más tarde, tendremos que renunciar.

En lugar de elaborar compartimentos más grandes o más elegantes, necesitamos desarrollar el único antídoto posible para todas nuestras visiones limitadas de la realidad, permanecer presentes con nuestra experiencia tal cual es. Ésta es la presencia incondicional a la que algunos denominan mente del principiante. 

Como dijo Suzuki Roshi: «En la mente del principiante existen muchas posibilidades, en la del experto solo hay unas pocas».

Todos nosotros somos expertos en nosotros mismos y, en ese sentido, hemos perdido la capacidad de estar presentes con nuestra experiencia de un modo fresco y abierto. Aunque los terapeutas piensen a menudo en sí mismos como expertos en el conocimiento del ser humano, la verdad es que no existe ningún experto en el dominio de la experiencia humana. Y esto es así porque la naturaleza de la experiencia humana es ilimitada y abierta.

Si usted es un experto, su pericia se basa en lo que sabe y lo que usted sabe no deja de ser un conjunto de cajas, una colección de conceptos, recuerdos, creencias e ideas sobre la realidad, pero no la realidad misma.

La mente de principiante supone estar dispuesto a afrontar de un modo nuevo cualquier cosa que aparezca, sin mantener ninguna idea fija sobre lo que ello significa o sobre el modo como debe desplegarse, un estado de apertura que trasciende todos los prejuicios y creencias, y nos permite ver las cosas de un modo nuevo y descubrir nuevas posibilidades. Y aunque se trate de lo más sencillo del mundo también es, simultáneamente, lo más complicado.


Si yo le preguntara: «¿Cómo se siente ahora mismo?, ¿qué está pasando en usted?» y usted mira en su interior, lo más honesto sería responder: «No lo sé». Porque si, en ese momento, usted ya sabe lo que está ocurriendo, probablemente no sea más que un pensamiento, su mente aferrándose a una de las islas conocidas del gran océano de lo desconocido.

En lugar de ello, pues, renuncie a toda respuesta y siga sencillamente preguntándose. Si observa en su interior descubrirá que no hay nada a lo que pueda aferrarse, nada que pueda acomodarse fácilmente a cualquier respuesta concebida de antemano. De hecho, nuestra experiencia presente es mucho más amplia y rica que cualquier cosa que podamos saber o decir en un determinado momento.

Para conectar con el poder curativo de nuestro interior es preciso que nos permitamos no saber y que establezcamos contacto con la textura fresca y viva de nuestra experiencia, más allá de todo pensamiento familiar.

Cuando realmente expresamos lo que estamos sintiendo, nuestras palabras se llenan de un poder verdadero. Como sucede con cualquier otro encuentro íntimo entre dos seres humanos, el diálogo terapéutico está lleno de misterio y de sorpresas.

Es por esto por lo que los grandes terapeutas están más interesados en lo que ignoran de sus clientes que en lo que saben. Cuando el terapeuta opera desde el conocimiento es más probable que caiga en la manipulación, mientras que, cuando lo hace desde el no conocimiento, es más probable que lo haga desde la presencia auténtica.

Cuando nos permitimos no saber lo que tenemos que hacer, a continuación abrimos las puertas a una cualidad de atención más serena y más profunda.



John Welwood
(Psicólogo y Psicoterapeuta, Figura destacada de la Psicología Transpersonal, fue pionero en la integración de la Psicología Occidental y la Sabiduría Oriental)



Psicoterapia espiritual

 

La psicoterapia convencional actúa dentro del modelo médico de la enfermedad y de la curación, y se orienta fundamentalmente al alivio de los síntomas y la resolución de problemas, la Psicoterapia espiritual, pretende situar adecuadamente el trabajo psicológico dentro de un contexto espiritual.

Obviamente, la terapia convencional tiene su importancia y no hay nada malo en el alivio de los síntomas, especialmente cuando eso es todo lo que las personas y las compañías de seguros están dispuestas a pagar. Sin embargo, desde la perspectiva espiritual la mera eliminación de los síntomas, es un objetivo sumamente limitado, en el sentido de que nos impide estar completamente presentes a lo que ocurre en este mismo instante. Y es que, cuando el trabajo sobre uno mismo se centra en la eliminación de un determinado problema, o cuando nos esforzamos en ser diferentes a lo que somos, nos alejamos de la inmediatez del Ser, el único agente verdadero de la curación y de la transformación.

Si no estamos plenamente donde estamos, resulta imposible acceder a la fuente más profunda de nuestro Ser, el único lugar en donde puede tener lugar la auténtica curación.

La mentalidad fija, que sólo apunta a corregir los problemas, sólo funciona en el nivel más exterior Y burdo de las cosas. Así aunque ésa sea la mejor actitud para eliminar la capa de cal que recubre una tubería de nuestro fregadero o del sistema de refrigeración de nuestro automóvil, resulta completamente inadecuada para abordar un problema interno porque, de ese modo, sólo lograremos intensificar los problemas. Y ello es así porque, en tal caso, la parte de nosotros que tratamos de corregir se siente inaceptada o rechazada y, en consecuencia, las cosas se complican todavía más. Pero más importante todavía, es que la fuente de todo cambio reside en el flujo de nuestro Ser, un flujo que se ve obstaculizado por cualquier tipo de forzamiento.

Cuando, por ejemplo, estemos trabajando con el miedo, no deberíamos preguntarnos tanto: «¿cómo puedo superar este miedo?»,

«¿cómo puedo tranquilizarme? « o

«¿de qué modo podría evitar las situaciones que provocan este miedo?»

sino «¿cómo podría abrirme a este sentimiento?»,

«¿cómo puedo descubrir de dónde viene?» o

«¿cómo podría aprender a permanecer completamente presente con la dimensión corporal de esa experiencia y saber así realmente lo que está ocurriendo?».

Obviamente, la intención o el deseo de superar el miedo son muy adecuados, siempre y cuando no se trate de alguna forma sutil de rechazo. Y es que la actitud de alejamos de algún aspecto de nuestra experiencia, no hace sino llenar nuestro psiquismo de agujeros negros emocionales.

La auténtica curación sólo tiene lugar cuando aprendemos a estar presentes en aquellos lugares de los que antes hemos estado ausentes.

El factor curativo más importante del trabajo psicológico en un contexto espiritual reside en el poder de la presencia incondicional, lo cual supone aprender a reconocer, permitir, abrimos e indagar en nuestra experiencia tal cual es, sin tratar de alejarnos ni un ápice de ella.

Se trata de un método que requiere tanto de la presencia del cliente como de la del terapeuta y, en consecuencia, también lo denomino counseling centrado en la presencia.

Es lamentable que el sistema educativo occidental, no suela contribuir al desarrollo de la capacidad de estar presente. De hecho, bien podríamos decir que nuestra educación apunta precisamente en la dirección contraria.

La práctica de la meditación enseña a permanecer presentes en medio de todos los altibajos de la mente y, en este sentido, ha demostrado ser fundamental para el aprendizaje de la terapia y, más allá de todo eso, para ser un buen oyente, un estudiante receptivo, un buen amigo, un amante sensible y un maestro amable. Y es que, aunque la meditación implique una desconexión provisional del mundo y de sus distracciones, no tiene nada que ver con el retiro del mundo.

Al ayudarnos a descubrir una cualidad de presencia y de conciencia mucho más estable y discriminativa que el habitual torbellino en que se hallan sumidas nuestra mente y nuestra emoción, y ayudarnos a experimentarnos a nosotros mismos y a los demás más directamente, la meditación reporta considerables beneficios sociales. Entonces podemos ver a las personas más claramente, entendemos mucho mejor lo que sienten y tenemos la posibilidad de responderles de un modo mucho más empático.

John Welwood

(Psicólogo y Psicoterapeuta, Figura destacada de la Psicología Transpersonal, fue pionero en la integración de la Psicología Occidental y la Sabiduría Oriental)




martes, 22 de noviembre de 2022

Trabajar con nosotros tal cual somos

 

En cualquier proceso de crecimiento, ya sea psicológico o espiritual, siempre llega un momento crítico en el que tenemos que decidir si queremos avanzar hacia lo desconocido («¿Qué será de mí si abandono los hábitos familiares?»).

En ese momento se abren ante nosotros tres posibilidades diferentes, de las cuales sólo la última nos proporciona un camino hacia delante (mientras que las dos primeras no hacen sino reforzar la patología).

La primera posibilidad consiste en no mover las cosas y no arriesgarnos a entrar en lo desconocido, aunque nuestras viejas pautas hayan dejado ya de servirnos.

En los clientes que se hallan en terapia, esta alternativa asume la siguiente racionalización neurótica: «Las cosas no van tan mal. 
Es cierto que mi forma de ser puede causarme algunos problemas, pero al menos, es algo conocido».

Puede suceder que, cuando las personas deciden no dar el paso hacia delante que podría liberarles, quedan atrapadas en su propio capullo y su identidad se vuelve más patológica, porque ahora están utilizándola de un modo deliberado para encubrir las potencialidades más elevadas de su ser.

La segunda opción consiste en castigamos a nosotros mismos por la personalidad en la que nos hemos convertido o luchar con todas nuestras fuerzas para vivir de acuerdo con nuestros ideales. Pero debo decir que evitar lo desconocido sustituyendo la vieja identidad por otra más "espiritual" tampoco sirve de gran cosa.

La tercera -y única elección posible consiste en dejar de violentarnos y de tratar de convertirnos en algo que no somos y abrirnos a nuestra experiencia tal cual es, una posibilidad que requiere el previo desarrollo de la capacidad de permanecer presentes en medio del dolor, el miedo y las experiencias por las que atravesemos.

Es esta presencia la que nos permite establecer contacto con las potencialidades más profundas de nuestro ser y trascender las limitaciones implícitas en cualquier personalidad.


Trabajar con nosotros tal cual somos

¿De qué modo podemos convertir los miedos y fijaciones de la personalidad en peldaños del camino del despertar?

Antes de emprender el verdadero camino tenemos que darnos realmente cuenta de que lo que nosotros consideramos la realidad no es más que una versión de lo que es, algo nada sencillo, por cierto, ofuscados, como estamos, por las esperanzas, los miedos, las creencias y las opiniones y formas habituales de sentir y percibir.

Es por esto por lo que el primer paso para transformar a la personalidad pasa por aceptamos tal cual somos, sin dejarnos arrastrar por el miedo a lo que podamos descubrir.

Una práctica de conciencia, como la meditación o la indagación contemplativa interna, por ejemplo, resulta útil para desarrollar la capacidad de ver lo que estamos haciendo sin juzgarle como bueno o malo.

Aprender a permanecer serenamente sentados nos ayuda a darnos cuenta de que continuamente estamos tratando de mantener nuestra identidad y de que nuestros pensamientos son el aglutinante de la estructura de esta identidad nuestra.

En este sentido, la conciencia de los compulsivos esfuerzos realizados por nuestra mente para aferrarse a las cosas, sin juzgarla ni culparla por ello, puede actuar como un disolvente que debilite la rigidez de la estructura de nuestra personalidad y ponga de relieve las cualidades más profundas y amplias de nuestro ser que hasta ese momento habían permanecido ocultas.

A menudo nos desagrada lo que descubrimos cuando nos vemos tal cual somos. Entonces es cuando nos sublevamos contra el dolor de nuestro karma, la intrincada pauta de acciones, reacciones, condicionamientos acumulados, hábitos, inconsciencia y miedo.
Como dice un conocido proverbio espiritual: «el autoconocimiento siempre trae consigo malas noticias»... al menos al comienzo.

A esas alturas ya no basta con reconocer lo que es, sino que es preciso entablar una relación más plena con ello, lo cual significa abrir nuestro corazón a la situación en la que estemos, para sentirla, observarla directamente y dejar que nos afecte. Y ello no significa que tenga que gustarnos lo que descubramos.

Si, por ejemplo, aborrecemos ciertos aspectos de nosotros mismos, también podemos reconocer y trabajar con este sentimiento como parte de lo que es. Sea lo que sea lo que aparezca, debemos aprender a observarlo e indagar más profundamente en ello.

La conciencia del dolor que nos provoca el hecho de estar atrapados en nuestras pautas, reactiva una profunda tristeza interna a la que yo denomino «tristeza purificadora», una tristeza del alma, el reconocimiento del precio que hemos debido pagar para permanecer atrapados en pautas que han acabado alejándonos de nuestra naturaleza superior. Pero si le prestamos la suficiente atención, ese dolor nos revela el profundo anhelo de despertar, ser más sinceros y más reales y hacer lo que sea necesario para estar más vivos.

Hacernos amigos de nuestra experiencia -abrir un espacio para que se manifieste lo que es y también todos nuestros sentimientos al respecto favorece ese movimiento y permite que el deseo del cambio -un anhelo sagrado deje de ser una cruzada contra nuestros fracasos y se convierta en la expresión natural del respeto por nosotros mismos. John Welwood



Te acompaño en el proceso.


Juana Ma. Martínez Camacho

Terapeuta Transpersonal
Terapeuta Acompañante en Bioneuroemoción
Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular)
Anatheóresis (Psicoterapia Regresiva Perceptiva)
Formación Internacional en Psiconeuroinmunoendocrinología


www.centroelim.org                          Telf. 653-936-074

domingo, 23 de octubre de 2022

Trabajo interior: ¿Cómo hacer el cambio interno? (M. Brown)

 

En el mundo en que vivimos actualmente, si no estamos satisfechos con la calidad de nuestra experiencia, lo más probable es que intentemos hacer cambios en nuestra vida operando sobre las circunstancias físicas externas. Esto se debe a que el aspecto físico externo de nuestra experiencia es el más tangible y el de más fácil acceso. 

Sin embargo, aunque podamos hacer un cambio relativamente rápido en nuestras circunstancias físicas, estos cambios no perduran, debido a que los aspectos físicos de nuestras circunstancias son siempre efectos, y no causas.

 Por otra parte, el cambio es una constante en la naturaleza de nuestra experiencia física, de manera que cualquier cosa que cambiemos físicamente volverá a cambiar de nuevo, inevitablemente, con el transcurso del tiempo. 

Podemos utilizar la fuerza para cambiar algo rápidamente en nuestro mundo físico, pero esto significa que tendremos que invertir una gran cantidad de energía para mantener el cambio en esas condiciones. Por tanto, para hacer cambios físicos y mantenerlos, con la intención de alterar la calidad de nuestra experiencia vital, vamos a tener que controlar y sedar nuestras circunstancias. Tales cambios requieren de la aplicación constante de energía para que el cambio se mantenga. Y ésta es una tarea imposible.

También podemos intentar cambiar la calidad de nuestra experiencia vital mentalmente, cambiando nuestros pensamientos acerca de las cosas. Los cursos de pensamiento positivo aspiran a lograr este objetivo. 
El cambiar el enfoque mental acerca de algo llevará con el tiempo a un ajuste en la calidad de la experiencia vital que estamos teniendo. Sin embargo, nos llevará más tiempo ver los efectos que los cambios mentales producen en el mundo físico que lo que precisaríamos desde un enfoque puramente físico. 
Los cambios dirigidos desde la mente perduran algo más, siempre y cuando no cambiemos de nuevo nuestros pensamientos. Pero nuestra capacidad para cambiar la calidad de nuestra experiencia vital a través de cambios mentales tiene un alcance y una duración ciertamente inconsistentes, porque este enfoque tiene que defender sus logros constantemente ante la naturaleza y los contenidos de nuestros procesos de pensamiento inconscientes.

En realidad, sólo sabemos lo que pasa con nuestros procesos de pensamiento inconscientes cuando observamos las circunstancias que manifestamos en nuestro campo de experiencia que resultan contradictorias con nuestros intentos de «pensar en positivo». 

El mero hecho de que cambiemos conscientemente nuestra manera de pensar acerca de las circunstancias no significa que vayamos automáticamente a sentirlas de otra manera. Por tanto, aun cuando un cambio consciente de nuestros pensamientos consiga eventualmente los ajustes necesarios en nuestras circunstancias físicas, hasta el punto de que realmente lleguemos a sentir de un modo diferente, por mucho control mental que apliquemos no vamos a poder alcanzar una sensación auténtica de paz.

                             

Los sentimientos inconscientes, y los procesos de pensamiento inconscientes que aquéllos alimentan, seguirán alterando nuestra paz mental.

Una experiencia de paz no es simplemente el resultado de un pensamiento positivo, a menos que vaya subrayado por un sentimiento. Los procesos de sentimiento y de pensamiento deben armonizarse estrechamente para que podamos alcanzar el estado del ser que pretendemos. 
Así pues, al igual que en los intentos por hacer cambios puramente físicos, la realización de cambios puramente mentales para ajustar la calidad de nuestras experiencias no deja de ser otra cosa que jugar con los efectos, y sigue sin dirigirse a las causas.

Afortunadamente, también disponemos de la opción de ir directamente a las raíces de nuestro malestar y de hacer ajustes causales, siempre y cuando realicemos cambios en el estado de nuestro cuerpo emocional. 
Éste es el enfoque más complicado, pero es el único verdaderamente efectivo y gratificante. Aunque es complicado hacer cambios en el estado de nuestro cuerpo emocional, tenemos que acercarnos a él de forma suave y regular; y, para ello, vamos a necesitar grandes dosis de compromiso y perseverancia.

Es como talar un enorme árbol. Tenemos que ir dando golpes con el hacha, uno tras otro, y habrá veces que el trabajo se nos antojará interminable. Puede dar la impresión de que no estamos consiguiendo nada. Pero luego, sin advertencia previa, oímos un crujido y, pocos segundos después, el árbol cae. Y, una vez está cayendo, ya no hay nada que lo detenga. Una vez está en el suelo, no lo podemos volver a poner en pie.

El ajuste del estado de nuestro cuerpo emocional funciona igual. Trabajamos con él de forma regular y, en ocasiones, da la impresión de que tanto trabajo no nos lleva a ninguna parte. Pero, de pronto, hay un cambio repentino y, cuando esto ocurre, ya no hay nada que lo detenga. 
Cuando este cambio interior ha tenido lugar, es literalmente imposible devolver el cuerpo emocional a su estado previo. Debido a la tendencia que tiene el cuerpo emocional a realizar cambios súbitos, la experiencia de cambio es potencialmente traumática, si no se realiza de forma consciente, suave y responsable. De ahí que no se recomiende zambullirse directamente en el cuerpo emocional para activar los cambios. Aquí, las palabras clave son suavidad., paciencia responsabilidad.

Los cambios en el cuerpo emocional, cuando se abordan responsablemente, se convierten en experiencias maravillosas, dado que llevan a un cambio inmediato en las percepciones; literalmente, vemos el mundo de otra manera a partir del momento en que se produce el cambio. 
Las consecuencias de este ajuste emocional se filtran posteriormente poco a poco, y se manifiestan en la calidad de nuestra experiencia mental y física. Y, cuando se da el cambio, es duradero, y no precisa de esfuerzos para mantenerlo. 
El ajuste del estado de nuestro cuerpo emocional nos abre la puerta a un nuevo mundo de experiencias sin tener que ir a ninguna parte. 
Es un proceso integrador.

Te acompaño en el proceso...




                                    Juana Ma. Martínez Camacho
  Terapeuta Transpersonal
                                     Terapeuta   Acompañante en Bioneuroemoción
                                       Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular)
                                      Anatheóresis (Psicoterapia Regresiva Perceptiva)
                                     Formación Internacional  en Psiconeuroinmunoendocrinología
              
                               www.centroelim.org               Telf.  653-936-074

                                      


viernes, 22 de abril de 2022

Confianza

 

“La confianza no es otra cosa que la sintonía con ese poder que mueve los átomos y las galaxias”. Ramayat

La confianza es un estado en el cual sentimos la certeza que estamos “protegidos”, que todo lo que nos haga falta para nuestra evolución lo obtendremos, que hay una inteligencia que mantiene la armonía en todo el universo, que todo está interconectado, de manera que nada es casual.

Cuando confiamos, estamos en sintonía con la inteligencia del universo, una inteligencia que podemos verla en todo, la vemos en la semilla que guarda un potencial y con los nutrientes de la tierra, el calor del sol y el agua, germina y crece hasta dar flores y frutos.

Podemos ver esa inteligencia en el mismo cuerpo humano, cuando nos hacemos una herida física, el organismo busca reparar, regenerar, cada célula sabe lo que tiene que hacer y se solidariza con las demás células trabajando en grupos; nuestro sistema nervioso vegetativo, no necesita de nuestro control para funcionar, nuestro corazón bombea sangre durante toda nuestra vida física, sin que tengamos que intervenir en ello, al igual que cada uno de los órganos sabe desempeñar sus funciones guiados por esta inteligencia que escapa a nuestro control, la respiración, aunque la podamos regular, influir en ella, ocurre espontáneamente por sí sola, y confiamos que así suceda….

Si observamos esa misma inteligencia, ese poder que mueve los átomos a nivel microcósmico y las galaxias a nivel macrocósmico, y que hace que la tierra gire alrededor del sol y que los planetas estén suspendidos en el espacio, es la misma inteligencia que organiza el ADN y que impulsa a los seres vivos a crecer, desarrollarse, reproducirse y transformarse; el meditar en esa inteligencia, el tomar conciencia de ella, nos permite vivir confiados.

La misma inteligencia que mantiene el equilibrio en la naturaleza, que nutre a los animales y a las plantas, es la misma que nos da lo que necesitamos si confiamos en ella.

Ese poder inteligente hace que ocurran acontecimientos sincrónicos, llenos de sentido para quien confía y aprende a ver …

www.centroelim.org


Centrarse para superar estados negativos

 

   ¿Te sientes con ansiedad, preocupación, tristeza, etc.?

Cuando te asalta un estado de ánimo que viene por pensamientos influidos por esquemas, patrones mentales, tiendes a buscar alternativas para salir rápidamente del estado. Quieres solucionarlo por medio del pensamiento, pero al ser el pensamiento mismo el que crea el estado, no puedes solucionarlo mientras estés atrapado en la mente.

Como dice Albert Einstein: 

“Ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de consciencia en que se creó”.

 Si el problema surge de la mente, del pensar, debo “salirme” del pensamiento y despertar al observador, debo tomar consciencia, prestar atención.

El darse cuenta, la consciencia, tiene un gran poder curativo. El observar los mecanismos que hacen que adoptemos determinadas maneras de ser que no nos benefician, que nos invitan a estados emocionales insalubres; el darnos cuenta de los pensamientos, ideas, creencias, que dan origen al dolor y a tensiones, por viejas heridas irresueltas y que buscan salir a la superficie para ser “liquidadas”, ese darse cuenta, de por sí, es sanador, e invita a una profunda calma interior.

En Oriente, suelen afirmar que “un conflicto observado, es un conflicto resuelto”, este concepto se aplica también en psicología y, la física cuántica dice que el observador, modifica lo observado, si observamos una partícula subatómica, ésta se verá afectada en su carga y en su órbita, sólo por observarla.

La consciencia es el gran sanador.

El darse cuenta no tiene que ver con el pensar, es ir más allá del pensamiento, es observar el movimiento de la mente, es ser testigo de lo que está sucediendo en un plano superficial y pasajero.

El sólo hecho de darse cuenta de los programas mentales, nos lleva a la raíz de lo que ahora nos duele, nos preocupa, y nos permite hacer algo con ello, dejar de actuar mecánicamente, poder elegir pensamientos y acciones más saludables, saliendo del automatismo.

Se trata de despertar al testigo, a nuestra identidad Real, donde la dualidad no existe, desde donde surge el potencial que somos.

En la mente pensante, el ego, hay dualidad: bien/mal, placer/dolor, alegría/tristeza, etc., son como dos caras de una misma moneda, no podemos quedarnos con una sola cara y descartar la otra, es imposible; al igual, la mente dual, intenta aferrarse al placer, al bien, a la alegría, pretendiendo descartar el “mal, el dolor, la tristeza”, y no se da cuenta, que en ese plano no puede tener lo uno sin lo otro, que si tiene alegrías, tarde o temprano tendrá tristeza, que los estados son impermanentes, que hay que ir más allá de la mente, si uno busca trascender la dualidad, salir de la ilusión, debemos Aceptar la mente, las luces y las sombras de la personalidad e ir más allá, si queremos la plenitud, la comprensión, lo real.

Entonces: ¿te sientes ansioso, triste, desanimado.....?

CÉNTRATE, presta atención.


Hay una vieja anécdota sobre Bokuju, un maestro Zen:

Bokuju, vivía solo en una cueva. Durante el día, y a veces por la noche, decía en voz alta su propio nombre “Bokuju”, y luego se contestaba: “sí señor, aquí estoy” y no había nadie más.

Sus discípulos, que estaban muy intrigados, le preguntaban: ¿porqué te llamas a ti mismo “Bokuju”, tu propio nombre, y luego te contestas: “si señor, aquí estoy”.

A lo que el maestro Zen respondió: Cada vez que empiezo a pensar, tengo que recordar que debo estar alerta, entonces, pronuncio mi propio nombre “Bokuju” y me respondo “si señor, aquí estoy”, y el pensar con su carga de ansiedad, desaparece…

Al final de sus días, durante los últimos tres años, los discípulos advirtieron que el maestro dejó de pronunciar su nombre “Bokuju” y de responderse “si señor, aquí estoy”.

Un día, los discípulos le preguntaron:¿ maestro, porque no has vuelto a hacerlo?

Y el maestro respondió: es que ahora Bokuju siempre está ahí.

Esta historia, está tomada de The Book of Secrets, de Osho.


Cuando te sientas en un estado de ansiedad o cualquier estado “negativo”, puedes llamarte por tu nombre y responderte, verás una diferencia, ayuda a centrarte, la ansiedad desaparecerá, porque experimentarás que, más allá del estado, en un nivel más profundo y real, la ansiedad y cualquier otro estado, no existen, al ir al Ser, al centrarte, puedes observar el mecanismo y darte cuenta que eres muchísimo más que el estado de ansiedad, y que éste, como todo estado de la mente, es pasajero y efímero.
 Mientras estás en la mente, el querer salirte del estado, el resistirte a lo que te está pasando en el ahora, la falta de aceptación y querer solucionarlo rápidamente, no te da salida, te genera sufrimiento, porque estas todo tú en el estado, te conviertes en el estado, debes tomar distancia y observarlo, y para ello debes cambiar el nivel de consciencia, ir al observador, “salirte de la mente”, trascenderla; luego, podrás tomar las mejores decisiones y trabajar para “desinstalar” los patrones que ya no te sirven para una vida plena y en paz.

Namasté

www.centroelim.org

sábado, 26 de febrero de 2022

Derechos asertivos en las relaciones interpersonales


1-  Tienes derecho a sentir lo que sea que estés sintiendo y a decidir cómo actuar de acuerdo a lo que sientes. Nuestros sentimientos son sensores que nos avisan si algo es bueno o malo para nosotros y respetar esto e irlo entendiendo poco a poco como usarlo, como protegerte, como usar el enojo, como usar la tristeza, como usar la paz y el amor como indicadores de qué tan bien o mal hace un tipo de relación en tu vida, es importante.

2- Tienes derecho a cometer tus propios errores y a asumir las consecuencias y aprender de ellos.

3- Tienes derecho a ser el único juez de tus actos, tus sentimientos y tus motivaciones, de tus intenciones.

4- Tienes derecho a decir que no cuando así lo desees.

5- Tienes derecho a buscar y proteger tu bienestar.

6- Tienes derecho a no dar explicaciones o pretextos, ni razones o justificaciones de tu comportamiento, decisiones o acciones que tomas a nadie, si así lo decides.

7- Tienes derecho a decidir si quieres implicarte o no en los problemas de otras personas, y cómo y cuándo.

8- Tienes derecho a cambiar de opinión y de parecer ante lo que vaya cambiando en tu vida.

9- Tienes derecho a no saberlo todo, a decir no sé y a tomarte el tiempo que necesites si eso es algo que tú quieres aprender o entender más.

10- Tienes derecho a aceptar tus emociones y a tomar decisiones en base a ellas aunque pueda parecer ilógico.

11- Tienes derecho a preguntar si hay algo que no entiendes y a investigar si necesitas más información.

12- Tienes derecho a decidir en qué, con quién y cómo emplear tu tiempo.

13- Tienes derecho a decidir las prioridades en tu vida.

14- Tienes derecho a expresar en la vida, en alguna actividad o en alguna forma tus mejores talentos, la mejor versión de ti.

15- Tienes derecho a decidir con quién te relacionas.

16- Tienes derecho a dejar una relación si te hace daño.

17- Tienes derecho a pedir lo que necesitas.

18- Tienes derecho a comunicar cómo te sientes si así lo decides o a no comunicarlo, si así lo decides.


Cuando no respetamos estos derechos que son buenos para preservar nuestra vida, que son derechos esenciales de todo ser humano, nos empezamos a sentir incómodos, nuestra vida se ve lastimada en varias maneras y el cerebro y el cuerpo nos empiezan a enviar señales mediante sentimientos desagradables que nos lo avisan.


Las señales emocionales que nos están avisando que estamos cruzando nuestros propios límites son:

1- Empezamos a sentir más resentimiento, que se va incrementando cada vez más.

2- Nuestro enojo con nosotros mismos o con otras personas se va acumulando.

3- Cada vez estamos más ansiosos, inseguros y empezamos a pedir disculpas por muchas cosas.

4- Terminas haciendo cosas que no quieres, que te incomodan y no sientes por ellas ni satisfacción, ni alegría, esto va restando alegría en tu vida.

5- Terminas viviendo de maneras que no son las que tu decidiste y que no están en base ni a tus prioridades, ni a tus talentos ni a tus propias decisiones.

6- Terminas viviendo bastante más en torno a los valores de otras personas que a los tuyos propios, entonces te vuelves una persona más incongruente.

7- Antepones constantemente las necesidades de los demás a las tuyas, estas ansioso por ello y también estás insatisfecho, esto también le resta alegría a la vida.

8- Terminas incluso tomando decisiones hasta cómo pasas tu tiempo en base a las necesidades de otros y esto te quita alegría en la vida y te genera ansiedad.

9- Terminas compartiendo demasiado tiempo de tu vida con gente que no es la que te hace bien.

10- Te quedas en una relación a pesar que esa relación te está haciendo daño.

11- Regresas a una relación que te está haciendo daño.

12- Das mucho, recibes poco y esto genera resentimiento.

13- Los demás empiezan a tomar más de ti de lo que te dan y tú te empiezas a sentir empobrecido y en ocasiones resentido por esto.

14- Permites que sean otros quienes definen tus motivaciones, tus sentimientos, tus prioridades y cómo te defines como ser humano y entonces empiezas a sentir que ellos definen tu autoconcepto y tu autoestima.

15- Tienes más dificultad para pedir lo que realmente necesitas.

16- Empiezas a sentirte culpable por lo que otros sienten o piensan con respecto a ti, a tus acciones, a tus pensamientos o a las expectativas que ellos tenían con respecto a ti.

17- Te sientes al límite en lo emocional con demasiada frecuencia.

18- Cada vez te sientes más culpable o ansioso si tienes que decir que no.

19- Te cuesta separar tu autoconcepto o tu autoestima de lo que piensan otros de ti.

20- Te afecta mucho más cada vez la desaprobación de otros, sobre todo de personas significativas.

21- Empiezas a estar cada vez más involucrado en resolver problemas y cosas que son de otros y que ellos podrían resolver por ellos mismos.

22- Cada vez evitas más temas y conversaciones complicadas porque sabes que te van a poner en situaciones de mucho conflicto y eso a veces te estresa más que incluso renunciar a pedir lo que quieres o a decir lo que esperas, entonces tratas de evitar estos temas cada vez más y se van acumulando.

23- Terminas sintiendo que no te perteneces, algo de despersonalización siendo muy diferente a lo que tu hubieras decidido ser y haciendo cosas que son muy diferentes.


El sentirte bien contigo mismo depende de cómo te trates a ti mismo, en los hechos (lo que haces) o en como piensas de ti o en cómo te hablas a ti, a veces repitiendo las críticas o maltrato que otras personas hicieron en algún momento con nosotros, se trata de detectar, darse cuenta de ese diálogo interno tóxico, y detenernos, pararnos, no invalidarnos, no juzgarnos, no maltratarnos y de ser amables con nosotros mismos, así como lo harías con una persona que amas y que está atravesando una situación como la tuya, así como usas tu capacidad de amor hacia los demás, ahora la utilizas hacia a ti mismo.

Ana Sanchez