SENDERO TRANSPERSONAL

INTEGRANDO PSICOLOGIAS DE ORIENTE Y OCCIDENTE

Bienvenidos al blog!

La Psicología Transpersonal o Integral, es un enfoque terapéutico que apunta a que el ser humano alcance niveles óptimos de salud psicológica, dándole importancia a la expansión de la conciencia.

Se trata de un acompañamiento terapéutico para que la persona aprenda a observar sus patrones mentales, sus creencias, que son la causa del malestar, que aprenda a desidentificarse de sus contenidos mentales, a trabajar con sus emociones saludablemente, que aprenda a hacerse responsable de sí misma, de sus relaciones, de sus experiencias, sin culpabilizar al entorno, a la vida por lo que le sucede, comprendiendo que la adversidad, es una oportunidad de cambio y desarrollo personal.

Capacita al paciente para que aprenda a satisfacer de una manera saludable sus necesidades a todos los niveles: físico, emocional, mental, espiritual, aprendiendo a conectar con la dimensión trascendental; todo ello conlleva a una integración de su personalidad y a alcanzar niveles superiores de salud psicológica, para luego poder trascenderla y conectar con la esencia.

Se toman en cuenta los problemas, dolencias particulares que empujan a la persona a una consulta y se las trabaja e integra, pero el enfoque principal de la Terapia Transpersonal, que la hace diferente y más abarcativa que otras terapias psicológicas (integra psicologías de oriente y occidente) es el de capacitar a la persona para que aprenda a conectar con sus propios recursos internos y permita desplegarse sin temores al proceso de crecimiento natural.

La terapia utiliza diferentes técnicas que se adaptan a las necesidades del paciente y a su estado de consciencia, integrando los niveles físico, mental y emocional (ego) y luego trascendiéndolo hacia los valores superiores, como la compasión, el amor a los demás seres vivos, el sentido de la propia vida, el desarrollo de la creatividad, etc., favoreciendo cambios en su nivel evolutivo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Encontrar sentido al vivir


Los seres humanos tenemos la libertad de elegir nuestra actitud en todo momento, incluso en las peores circunstancias, como enseña Victor Frankl, el creador de la logoterapia, psiquiatra superviviente de Auswictch, que dice que en toda situación, por terrible que sea, un ser humano puede mantener su brújula interior y encontrar sentido al vivir.

Puede hacerlo básicamente a través de tres caminos:

- El camino de la acción, cuando actuamos, cuando tenemos la libertad para hacerlo, en la dirección de nuestros intereses, valores y propósitos.

- El camino de la contemplación: a veces podemos estar privado de hacer algo, por ejemplo en un campo de concentración, pero podemos retirarnos a un lugar interno que nos convierta en testigos de la realidad, en un gran ojo observador que a modo de espejo refleja toda la belleza del mundo y toda la fealdad, aunque bello y feo sean términos irrelevantes para el espejo.

- El tercer camino es el del sufrimiento asumido: en circunstancias irreversiblemente calamitosas, podemos encontrar un sentido y un progreso interior en la entrega sin reservas al sufrimiento, en su asunción como parte de nuestro camino. Como lo llamo Gurdjieff, “el dolor consciente”, aquel a que abrimos la llave de paso en lugar de tratar de mantenerla artificialmente cerrada, lo cual lo convierte en una vía de progreso y maduración existencial y espiritual.

Tratar de evitar el sufrimiento inevitable, solo trae una mayor dosis del mismo.
La realidad es una, pero nuestra manera de abordarla y vivirla es personal y singular. Somos libres de tomar una posición u otra, libres de darle un sentido, libres de mantener nuestra dignidad en todo momento.
La libertad va junto con la responsabilidad, en la que formulamos nuestra respuesta y nuestros actos creativos a la realidad.
Al asumir nuestra cuota de libertad y de responsabilidad en cómo vivimos lo que la vida nos impone, nos hacemos discípulos de la realidad. Así aprendemos a tensar o destensar las velas de nuestra nave, nos bregamos en mantener firme los palos mayores de nuestra columna vertebral, oteamos con finura el horizonte para ver cómo llegar a casa.

¿Qué sabemos en realidad sobre aquello que resulta mejor o peor, si vivir o morir, ganar o perder, sanar o enfermar, sonreír o llorar?

¿Qué sabemos acerca si una vida es mejor que otra, si un recorrido largo es mejor que uno corto, si un cuerpo es mejor o peor que otro?

En parte vivimos en el misterio, en el enigma del porqué de las cosas y de los destinos asignados.
Dichosos los que se encuentran en paz consigo mismos. Felices los que han dejado de pelear contra sí mismo, contra algunas partes internas o algunos yoes inoportunos, que se les presentaban en ocasiones como huéspedes molestos, de improviso y sin invitación, irrumpiendo sin contemplaciones en sus escenarios de vida, en forma de celos, envidias, rencores, quejas, gritos, violencias, etc.
Bienaventurados, pues, los que ya no necesitan rechazar a ninguno de sus aspectos internos, nada de lo que les constituye, ni siquiera lo que sienten como molesto, inadecuado, desagradable, o lo que resulta difícil de soportar en algún momento.
Han trabajado en ellos mismos, se han afanado en comprender y han integrado lo aparentemente rechazable. Lo que parecía oscuro y plomizo lo hicieron refulgir como aprovechable y dorado, se sometieron al reto de la alquimia interior y fueron transformados: lo aparentemente negativo se convirtió en recursos para la gracia de su aceptación, la gran llave maestra.
Han logrado algo importante y además muy popular: la tan preciada autoestima. 

La autoestima, bien entendida es amar lo que somos tal y como somos a cada momento, con lo que emerge en nuestro cuerpo, en nuestros sentimientos, pensamientos, sueños, conductas, anhelos y recuerdos. Autoestima es amar y abrazar lo que cada momento trae y regala a nuestra experiencia.
Es amarnos dándole un buen lugar en el corazón a todo lo que nos conforma. Incorporar esa actitud a cada instante de nuestra experiencia como un código de respeto a uno mismo.
Para ello, conviene comenzar a soltar el ideal que nos gustaría encarnar. No se trata de amar al personaje perfecto que imaginan que deberían ser en lugar de lo que son.
Gran parte del dolor del mundo consiste en pretender ser o tener algo distinto de lo que somos o tenemos.
Es cierto que el cerebro necesita tener visiones de futuro, pensar en el mañana, tener claridad sobre la persona en que deseamos convertirnos y lo que deseamos vivir, para atraerlo, para avistar las señales en el camino que nos indican que estamos cerca o lejos de ello, para que se pueda cumplir. Eso se llama construir futuro, enseñarle al cerebro el lugar hacia el que queremos ir, formular objetivos, lanzarle nuestros anhelos más queridos.
Es correcto y necesario. Pero una cosa es crear futuro con nuestros pensamientos y otra huir de un presente insoportable que no logramos apreciar.

Amarse a uno mismo es apreciar cada instante con lo que contiene, sea lo que sea, incluyendo los recuerdos y las imágenes por la imagen idealizada que tienes de tí mismo, perdiendo la oportunidad de asumirte con todo lo que fue y sentir tu dignidad, incluso y fantasías del futuro. Querernos en cada momento porque solo existe el momento, el ahora.
Hay personas que quieren a quien deberían haber sido, no al que fueron, quisieran un pasado sin errores por la imagen idealizada que cultivan para ellos mismos, perdiendo la oportunidad de asumirse con todo lo que fue y sentir su dignidad, incluso en la culpa por lo que hicieron mal, por sus errores o por el daño que hicieron. Pierden la oportunidad de aprender, no incorporan en sí mismos lo difícil, lo niegan como los niños que dicen “yo no fui” y pretenden inocencia. Se desconectan de su fuerza y de su centro. Así no funciona.

Todo es ahora, incluso el pasado y el futuro existen como creaciones de nuestro pensamiento actual, la mente crea la idea del tiempo, así es más fácil gestionar con éxito la realidad práctica, los requerimientos profesionales, relacionales, cotidianos. Pero la felicidad es amor natural al presente. El presente tiene la cualidad de ser, en él lo que es, es, y el amor tiene la función de reconocer lo que es. Amor es el reconocimiento de la realidad.

Lo que si funciona es responsabilizarse de lo que uno vive y experimenta a cada momento y aprende a hacerse espacio, a observarlo y vivirlo con benevolencia, por difícil que sea, a sacarle partido. Lo que funciona es asumirse, o sea aceptarse y quererse.
La autoestima no mira el personaje ideal que fantaseamos, mira al ser real que somos.
No soy perfecto, pero soy real. Lo único que podemos amar es el ser real que somos.
Solo podemos amar lo imperfecto. B. Hellinger.
Esto es un canto a la realidad de lo humano, su propia imperfección. La esencia de lo humano la encontramos, por supuesto, en lo sublime, pero también en lo aparentemente burdo o negativo.

Quizá ya somos perfectos en nuestra imperfección, en nuestros defectos, en nuestras maneras torpes en nuestros instintos, en nuestro inconsciente…. la clave es mirar de frente, tomar conciencia y darles lugar. Sin identificaciones, no hay sufrimiento.
Joan Garriga


sábado, 25 de julio de 2026

La muerte: un amanecer


La muerte: un amanecer

Dra. Elisabeth Kübler-Ross
(Psiquiatra y escritora suizo-estadounidense, una de las mayores expertas mundiales en la muerte, personas moribundas y los cuidados paliativos).


Hemos estudiado veinte mil casos, a través del mundo entero, de personas que habían sido declaradas clínicamente muertas y que fueron llamadas de nuevo a la vida. Algunas se despertaron naturalmente, otras sólo después de una reanimación. Quisiera explicaros muy someramente lo que cada ser humano va a vivir en el momento de su muerte.
Esta experiencia es general, independiente del hecho de que se sea aborigen de Australia, hindú, musulmán, creyente o ateo. Es independiente también de la edad o del nivel socioeconómico, puesto que se trata de un acontecimiento puramente humano, de la misma manera que lo es el proceso natural de un nacimiento.

La experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es un nacimiento a otra existencia que puede ser probada de manera muy sencilla. Durante dos mil años se ha invitado a la gente a «creer» en las cosas del más allá. Para mi esto no es un asunto más de creencias, sino un asunto del conocimiento. Os diré con gusto cómo se obtiene ese conocimiento siempre que queráis saberlo. Pero el no querer saberlo no tiene ninguna importancia porque cuando hayais muerto lo sabréis de todas maneras, y yo estaré allí y me alegraré muy particularmente por los que hoy dicen: «Ay, la pobre doctora Ross.»
En el momento de la muerte hay tres etapas.

Con el lenguaje que utilizo en el caso de los niños moribundos de muy corta edad (por ejemplo el que empleo en la carta Dougy), digo que la muerte física del hombre es idéntica al abandono del capullo de seda por la mariposa. La observación que hacemos es que el capullo de seda y su larva pueden compararse con el cuerpo humano. Un cuerpo humano transitorio. De todos modos, no son idénticos a vosotros. Son, digámoslo así, como una casa ocupada de modo provisional. Morir significa, simplemente, mudarse a una casa más bella, hablando simbólicamente, se sobreentiende.

Desde el momento en que el capullo de seda se deteriora irreversiblemente, ya sea como consecuencia de un suicidio, de homicidio, infarto o enfermedades crónicas (no importa la forma), va a liberar a la mariposa, es decir, a vuestra alma.
En esta segunda etapa, cuando vuestra mariposa -siempre en lenguaje simbólico- ha abandonado su cuerpo, vosotros viviréis importantes acontecimientos que es útil que conozcáis anticipadamente para no sentiros jamás atemorizados frente a la muerte. En la segunda etapa estaréis provistos de energía psíquica, así como en la primera lo estuvisteis de energía física. En esta última vosotros tenéis necesidad de un cerebro que funcione, es decir, de una conciencia despierta para poder comunicar con los demás. Desde el momento en que este cerebro -este capullo de seda- tarde o temprano presente daños importantes, la conciencia dejará de estar alerta, apagándose.

Desde el instante en que ésta falte, cuando el capullo de seda esté deteriorado al extremo de que vosotros ya no podáis respirar y que vuestras pulsaciones cardíacas y ondas cerebrales no admitan más mediciones, la mariposa se encontrará fuera del capullo que la contenía. Esto no significa que ya se esté muerto, sino que el capullo de seda ha dejado de cumplir sus funciones.
Al liberarse de ese capullo de seda, se llega a la segunda etapa, la de la energía psíquica. La energía física y la energía psíquica son las dos únicas energías que al hombre le es posible manipular. El mayor regalo que Dios haya hecho a los hombres es el del libre albedrío. Y de todos los seres vivientes el único que goza de este libre albedrío es el hombre. Vosotros tenéis, por tanto, la posibilidad de elegir la forma de utilizar esas energías, sea de modo positivo o negativo.

Desde el momento en que sois una mariposa liberada, es decir, desde que vuestra alma abandona el cuerpo, advertiréis enseguida que estáis dotados de capacidad para ver todo lo que ocurre en el lugar de la muerte, en la habitación del enfermo, en el lugar del accidente o allí donde hayáis dejado vuestro cuerpo. Estos acontecimientos no se perciben ya con la conciencia mortal, sino con una nueva percepción.

Todo se graba en el momento en que no se registra ya tensión arterial, ni pulso, ni respiración; algunas veces incluso en ausencia de ondas cerebrales. Entonces sabréis exactamente lo que cada uno diga y piense y la forma en que se comporte. Después podréis explicar con precisión cómo sacaron el cuerpo del coche accidentado con tres sopletes. También ha habido personas que incluso nos han precisado el número de la matricula del coche que los atropelló y continuó su ruta sin detenerse. No se puede explicar científicamente que alguien que ya no presenta ondas cerebrales pueda leer una matricula. Los sabios deben ser humildes. Debemos aceptar con humildad que haya millones de cosas que no entendemos todavía, pero esto no quiere decir que sólo por el hecho de no comprenderlas no existan o no sean realidades. Si yo utilizara en este momento un silbato de perros, vosotros no podríais oirlo, y sin embargo todos los perros lo oirlan. La razón es que el oído humano no está concebido para la percepción de estas altas frecuencias. De la misma manera, no podemos percibir el alma que ha abandonado el cuerpo, aunque ésta pueda todavía grabar las longitudes de ondas terrestres para comprender lo que ocurre en el lugar del accidente o en otro lugar.

Mucha gente abandona su cuerpo en el transcurso de una intervención quirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención. Todos los médicos y enfermeras deben tener conciencia de este hecho. Eso quiere decir que en la proximidad de una persona inconsciente no se debe hablar 8 más que de cosas que esta persona pueda escuchar, sea cual fuere su estado. Es triste lo que a veces se dice en presencia de enfermos inconscientes, cuando éstos pueden oirlo todo.
También es necesario que sepáis que si os acercáis al lecho de vuestro padre o madre moribundos, aunque estén ya en coma profundo, os oyen todo lo que les decis, y en ningún caso es tarde para expresar «lo siento», «te amo» o alguna otra cosa que queráis decirles. Nunca es demasiado tarde para pronunciar estas palabras, aunque sea después de la muerte, ya que las personas fallecidas siguen oyendo. Incluso en ese mismo momento podéis arreglar «asuntos pendientes», aunque éstos se remonten a diez o veinte años atrás. Podréis liberaros de vuestra culpabilidad para poder volver a vivir vosotros mismos.
En esta segunda etapa, «el muerto» -si puedo expresarme así- se dará cuenta también de que él se encuentra intacto nuevamente. Los ciegos pueden ver, los sordos o los mudos oyen y hablan otra vez.

Una de mis enfermas que tenía esclerosis en placas, dificultades para hablar, y que sólo podía desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo primero que me dijo al volver de una experiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡Yo podía bailar de nuevo!», y son miles los que estando hoy en sillas de ruedas, podrían al fin bailar otra vez, aunque cuando vuelvan a su cuerpo físico se encontrarán, evidentemente, otra vez en su viejo cuerpo enfermo. Podréis comprender, pues, que esta experiencia extracorporal es un acontecimiento maravilloso, que nos hace sentirnos felices. Las niñas que a consecuencia de una quimioterapia han perdido el pelo, me dicen después de una experiencia semejante: «Tenía de nuevo mis rizos.» Las mujeres que han padecido la extirpación de un seno recobran su habitual normalidad.
Todos están intactos de nuevo. Son perfectos. Mis colegas escépticos son muy numerosos y dicen: «Se trata de una proyección del deseo.» En el cincuenta y uno por ciento de todos mis casos se trata de muertes repentinas y no creo que nadie vaya a su trabajo soñando que seguirá disponiendo de sus dos piernas para atravesar una calle. Y de pronto, después de un accidente grave, ve en la calle una pierna separada de su cuerpo, sintiéndose sin embargo en posesión de dos piernas.
Todo esto, evidentemente, no es una prueba para un escéptico, y con el fin de tranquilizarlos hemos realizado un proyecto de investigación imponiéndonos como condición el no tomar en cuenta más que a los ciegos que no habían tenido ni siquiera percepción luminosa desde diez años antes, por lo menos. Y estos ciegos, que tuvieron una experiencia extracorporal y volvieron, pueden decirnos con detalle los colores y las joyas que llevaban los que los rodeaban en aquel momento, así como el detalle del dibujo de sus jerséis o corbatas. Es obvio que ahí no podía tratarse de visiones.

Podríais también interpretar muy bien estos hechos si la respuesta no os diera miedo. Pero, si os da miedo, seréis como esos escépticos que me han dicho que estas experiencias extracorporales serían el resultado de, una falta de oxigeno. Pues bien, si aquí se tratara solamente de esa carencia de oxigeno, yo se la recetaría a todos mis ciegos. ¿Comprendéis? Si alguien no quiere admitir un hecho, encuentra mil argumentos para negarlo. Esto, de nuevo, es su problema. No intentéis convertir a los demás. En el instante mismo en que mueran, lo sabrán de todas maneras.
En esta segunda etapa os dais cuenta también de que nadie puede morir solo. Cuando se abandona el cuerpo se encuentra en una existencia en la cual el tiempo ya no cuenta, o simplemente ya no hay más tiempo, del mismo modo en que tampoco podría hablarse de espacio y de distancia tal como los entendemos, puesto que en ese caso se trata de nociones terrenales.
Por ejemplo, si un Joven norteamericano muere en Vietnam y piensa en su madre que reside en Washington, la fuerza de su pensamiento atraviesa esos miles de kilómetros y se encuentra instantáneamente junto a su madre. En esta segunda etapa ha dejado de existir, pues, la distancia.

Son muchos los seres vivientes que han experimentado tal fenómeno, que se manifestaba de improviso cuando ellos tomaban conciencia de que alguien que vivía lejísimos se encontraba, sin embargo, muy cerca, junto a ellos. Y al día siguiente de ese hecho recibían una llamada telefónica o un telegrama informándoles que la persona en cuestión había fallecido en un lugar a cientos o miles de kilómetros de donde ellos se encontraban. Es obvio que estas personas poseen una gran intuición, pues normalmente no se tiene conciencia de tales visitas.
En esta segunda etapa también os dais cuenta de que ningún ser humano puede morir solo, y no Únicamente porque el muerto pueda visitar a cualquiera, sino también porque la gente que ha muerto antes que vosotros y a la que amasteis os espera siempre. Y puesto que el tiempo no existe, puede ocurrir que alguien que a los veinte años perdió a su hijo, al morir a los noventa y nueve puede volver a encontrarlo, aún como un niño, puesto que para los del otro lado un minuto puede tener una duración equiparable a cien años de nuestro tiempo. Lo que la Iglesia enseña a los niños pequeños sobre su ángel guardián está basado en estos hechos, ya que está probado que cada ser viene acompañado por seres espirituales desde su nacimiento hasta su muerte.
Cada hombre tiene tales guías, lo creáis o no, y el que seáis judío, católico o no tengáis religión no tiene ninguna importancia. Pues este amor es incondicional y es por eso que cada hombre recibe el regalo de un guía. Mis niños pequeños los llaman «compañeros de juego» y desde muy temprano hablan con ellos y son perfectamente conscientes de su presencia. Luego van al colegio y sus padres les dicen: «Ahora ya eres mayor, ya vas al colegio. No hay que jugar más a esas chiquilladas. » Así se olvida uno que se tiene «compañeros de juego» hasta que se llega al lecho de muerte. 
De este modo ocurrió con una anciana que al morir me dijo: « Ahí está de nuevo.» Y sabiendo yo de lo que ella hablaba, le pedí que me participara lo que acababa d e vivir: «¿ Sabe usted?, cuando yo era pequeña, él siempre estaba conmigo, pero lo había olvidado completamente.» Al día siguiente moría contenta de saber que alguien que la había querido mucho la esperaba de nuevo.
En general sois esperados por la persona a la que más amáis. Siempre la encontraréis en primer lugar. En el caso de los niños pequeños, de dos o tres años por ejemplo, cuyos abuelos, padres y otros miembros de la familia aún están con vida, es su ángel de la guarda personal quien generalmente los acoge; o bien son recibidos por Jesús u otro personaje religioso. Yo nunca he tenido la experiencia de que un niño protestante, en el momento de su muerte, haya visto a María, mientras que ella es percibida por numerosos niños católicos. Aqui no se trata de una discriminación, sino de que son esperados en el otro lado por aquellos que tuvieron para ellos la mayor importancia.

Después de realizar en esta segunda etapa la integridad del cuerpo y después de haber reencontrado a aquellos a los que más se ama, se toma conciencia de que la muerte no es más que un pasaje hacia otra forma de vida. Se han abandonado las formas físicas terrenales porque ya no se las necesita, y antes de dejar nuestro cuerpo para tomar la forma que se tendrá en la eternidad, se pasa por una fase de transición totalmente marcada por factores culturales terrestres.
Puede tratarse de un pasaje de un túnel o de un pórtico o de la travesía de un puente. Como yo soy de origen suizo pude atravesar una cima alpina llena de flores silvestres. Cada uno tiene el espacio celestial que se imagina, y para mi evidentemente el cielo es Suiza, con sus montañas y flores silvestres. Pude vivir esta transición como si estuviese en la cima de los Alpes, con su gran belleza, cuyas praderas tenían flores de tantos colores que me hacían el efecto de una alfombra persa.

Después, cuando habéis realizado este pasaje, una luz brilla al final. Y esa luz es más blanca, es de una claridad absoluta, y a medida que os aproximáis a esta luz, os sentís llenos del amor más grande, indescriptible e incondicional que os podáis imaginar. No hay palabras para describirlo. Cuando alguien tiene una experiencia del umbral de la muerte, puede mirar esta luz sólo muy brevemente. Es necesario que vuelva rápidamente a la tierra, pero cuando uno muere -quiero decir, morir definitivamente- este contacto entre el capullo de seda y la mariposa podría compararse al cordón umbilical («cordón de plata»)∗ que se rompe. Después ya no es posible volver al cuerpo terrestre, pero de cualquier manera, cuando se ha visto la luz, ya no se quiere volver. Frente a esta luz, os dais cuenta por primera vez de lo que el hombre hubiera podido ser. Vivís la comprensión sin juicio, vivís un amor incondicional, indescriptible. Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor o Luz, os dais cuenta de que toda vuestra vida aquí abajo no es más que una escuela en la que debéis aprender ciertas cosas y pasar ciertos exámenes. Cuando habéis terminado el programa y lo habéis aprobado, entonces podéis entrar.

Muchos preguntan: «¿Por qué niños tan buenos deben morir?». La respuesta es sencillamente que esos niños han aprendido en poco tiempo aquello que debían aprender. Y según las personas se tratará de cosas diferentes, pero hay algo que cada uno debe aprender antes de poder volver al lugar de donde vino, y es el amor incondicional. Cuando lo aprendáis y lo practiquéis, habréis aprobado el más importante de los exámenes.
En esta Luz, en presencia de Dios, de Cristo, o cualquiera que sea el nombre con que se le denomine, debéis mirar toda vuestra vida terrestre, desde el primero al ultimo día de la muerte. Volviendo a ver como en una revisión vuestra propia vida, ya estáis en la tercera etapa. En ella no disponéis ya de la conciencia presente en la primera etapa o de esa posibilidad de percepción de la segunda. Ahora poseéis el conocimiento. Conocéis exactamente cada pensamiento que tuvisteis en cada momento de vuestra vida, conocéis cada acto que hicisteis y cada palabra que pronunciasteis. Esta posibilidad de recordar no es más que una ínfima parte de vuestro saber total. Pues en el momento en que contempléis una vez más toda vuestra vida, interpretaréis todas las consecuencias que han resultado de cada uno de vuestros pensamientos, de cada una de vuestras palabras y de cada uno de vuestros actos. Dios es el amor incondicional.

Después de esta «revisión» de vuestra vida no será a Él a quien vosotros haréis responsable de vuestro destino. Os daréis cuenta de que erais vosotros mismos vuestros peores enemigos, puesto que ahora debéis de reprocharos el haber dejado pasar tantas ocasiones para crecer.
Ahora sabéis que cuando vuestra casa ardió, que cuando vuestro hijo murió, que cuando vuestro marido fue herido, o cuando tuvisteis un ataque de apoplejía, todos estos golpes de la suerte representaron posibilidades para enriquecerse, para crecer. Crecer en comprensión, en amor, en todo aquello que aún debemos aprender. Ahora lo lamentáis: «En lugar de haber utilizado la oportunidad que se me ofrecía, me volví cada vez más amargo. Mi cólera y también mi negatividad han aumentado... »

Hemos sido creados para una vida sencilla, bella, maravillosa. Y quiero destacar que no sólo en América hay niños apaleados, maltratados y abandonados, sino también en la bella Suiza. Mi mayor deseo es que veáis la vida de una forma diferente. Si considerarais la vida desde el punto de vista de la manera en que hemos sido creados, vosotros no plantearíais más la cuestión de saber qué vidas se tendría el derecho de prolongar. Nadie preguntaría más si es necesario administrar o no un cóctel de litio para abreviar el sufrimiento.
Morir no debe significar nunca padecer el dolor. En la actualidad la medicina cuenta con medios adecuados para impedir el sufrimiento de los enfermos moribundos. Si ellos no sufren, si están instalados cómodamente, si son cuidados con cariño y si se tiene el coraje de llevarlos a sus casas -a todos, en la medida de lo posible-, entonces nadie protestará frente a la muerte…

Para terminar quisiera aseguraros que estar sentado junto a la cabecera de la cama de los moribundos es un regalo, y que el morir no es necesariamente un asunto triste y terrible. Por el contrario, se pueden vivir cosas maravillosas y encontrar muchísima ternura…



sábado, 16 de mayo de 2026

Cuando es hora de dejar ir.



No gastes demasiada energía intentando descifrar los motivos ocultos tras las acciones o palabras de alguien.A menudo, nos obsesionamos con el POR QUÉ alguien hizo o dijo algo, creyendo que si entendemos sus razones, encontraremos paz.
Pero la verdad es que no siempre lo sabemos. No siempre podemos conocer sus motivos, sus razones o el dolor inconsciente que impulsa su comportamiento.
Y a menudo, puede que ni siquiera ellos mismos lo sepan.
Puede que sean un misterio incluso para sí mismos: perdidos en sus propios impulsos inconscientes, enredados en traumas sin resolver, vagando por las sombras de su propia mente.

Cuando el comportamiento de alguien te confunde, es muy tentador llenar los vacíos: proyectar tus propias suposiciones sobre él, buscar explicaciones, intentar encontrar esa esquiva sensación de cierre.
A veces, esto puede ser un ejercicio valioso, incluso compasivo. Pero hay un lado oscuro:
Puedes terminar sobreanalizando, atrapado en especulaciones interminables, enredado en un drama emocional que no te corresponde, y perdiéndote en el proceso.
Es muy fácil sacrificar tu propia claridad y paz por una búsqueda desesperada de explicaciones.

La compasión es hermosa, por supuesto. Intentar comprender las dificultades de los demás, intentar "descifrar" sus comportamientos confusos, es profundamente humano.
Pero la compasión tiene sus límites.
Hay una delgada línea entre ver el dolor de alguien y excusar, o incluso permitir, su comportamiento dañino.
Cuando intentas continuamente tener compasión por sus decisiones, cuando presencias su sufrimiento pero no estableces límites, cuando no alzas la voz, puedes cruzar fácilmente esa línea.
Puedes terminar ofreciéndoles tanto cariño que te olvides de cuidarte a ti mismo. Pero su sanación no es tu responsabilidad. Ellos son responsables de sus actos, al igual que tú de tu propio bienestar.

Entonces, ¿qué puedes hacer en su lugar?

Observar. Escuchar. Deja que sus acciones y palabras hablen por sí solas. Tu trabajo no es desentrañar el mundo interior de otra persona. Tu trabajo es comprenderte a ti mismo, proteger tu propia paz y amar con fervor, pero sin perderte en el proceso.
La compasión significa cuidar, pero sin cargar con lo que no te pertenece.
Significa permanecer abierto, pero sin abandonarte.
Y significa permitir que los demás sean responsables de su propia sanación, así como tú lo eres de la tuya.
A veces, lo más compasivo es intervenir, por supuesto.
Pero otras veces, lo más amoroso que puedes hacer… es dejar ir.
Y dejar que se enfrenten a sí mismos.
 Jeff Foster


domingo, 3 de mayo de 2026

La energía del enojo como autoconocimiento


EN VEZ DE NEGAR, REPRIMIR O EXPLOTAR, ¿PODRÍA UTILIZAR LA ENERGÍA DEL ENOJO (CUANDO APARECE) COMO AUTOCONOCIMIENTO?

El enojo como autoconocimiento

Como todas las emociones, el enojo, una vez descargada su química y tranquilizado el sistema, nos da información, podemos utilizarla para autoconocernos, dándonos claridad de como funcionamos internamente, qué necesidades tenemos, qué situaciones la activan, qué creencias tenemos internalizadas que hacen que interpretemos la situación de tal manera que nos produzca ira o enojo, ya que, además de los muchos factores que nos pueden producir el enojo, el más importante, y sobre el que si podemos hacer algo, es en el cómo interpretamos la situación.

Independientemente de qué es lo que sucede, la interpretación que hacemos del acontecimiento, puede intensificar o disminuir el enojo para poder emprender una acción resolutiva.
Esa interpretación que hacemos se basa en programas inconscientes, creencias profundas, que conviene revisar y cambiar, si queremos una vida saludable.
Además, cuando aprendemos a conocer lo que funciona en nosotros, y aprendemos a gestionar las emociones, al desarrollar una inteligencia emocional, entonces nos es más fácil poder “ver” en el otro, poder empatizar con lo que le pasa al otro, con sus necesidades.

Cuando comprendemos que funcionamos por programaciones tempranas, por condicionamientos, por mecanismos de reacción, por heridas sin resolver de esa parte infantil nuestra…entonces podemos aprovechar lo que está sucediendo para integrar partes nuestras y sanar.
Lo primero es ser conscientes de lo que es inconsciente, aprender a estar Presentes en cada momento para observar esos mecanismos y hacer consciente estas programaciones-creencias que los disparan, dejando de acusar al otro, que solo hace lo que sabe y puede, condicionado también por sus creencias y carencias no resueltas. Esto no significa justificarlo y no expresar o hacer lo que consideremos oportuno, utilizando la energía del enojo para resolver lo que está sucediendo…

Aprender a gestionar el enojo, es todo un tema, aprender a que cuando surge, sea un enojo que construye en vez de desestabilizarnos, es una tarea que requiere práctica y compromiso interno.
De ahí la importancia en desarrollar la atención de manera que pueda darme cuenta cuáles son los “botones” que al presionarlos hacen que me enoje, para que ese enojo no salga de manera impulsiva, para poder gestionarlo conscientemente, liberando la energía si es necesario y aprendiendo a comunicarme asertivamente para expresar mis necesidades.

A medida que te haces responsable de ti mismo, y que vayas siendo consciente de tu funcionamiento, que vayas soltando las creencias que son tóxicas, que ya no suman a tu vida, tu visión de los acontecimientos cambiará, y cada vez reaccionarás menos antes los hechos, cada vez habrá menos cosas que te enojen, por comprensión, y no por represión o negación…
Comenzarás a dejar de tomarte los hechos como algo que “te hacen a ti”, dejarás de querer controlar la situación para que el otro diga o haga según tu punto de vista y tus necesidades insatisfechas, y al no culpar al afuera de lo que te pasa, podrás hacerte cargo de ti mismo, enfocarte en satisfacer tus necesidades, sintiéndote más seguro internamente al no ceder el “poder” al otro.

En tu interior decides tú, nadie puede lastimarte, si tú no lo permites. La otra persona es un espejo que refleja lo que tú te haces a ti mismo consciente o inconscientemente, de ahí que el autoconocimiento, y el hacerte de herramientas, te ayuda a aprender a amarte y cuidarte, dejando de depender de lo que haga o diga el otro.
Juana Ma. Martínez Camacho



lunes, 27 de abril de 2026

Felicidad



En nuestra cultura occidental, se pretende que la persona esté feliz todo el tiempo y que tiene que sentirse alegre y optimista, con cara sonriente y si no sentimos este tipo de felicidad, pareciera que algo anda mal, que somos inadecuados.

Hemos de aceptar que en nuestra vida habrá diversas experiencias, agradables, desagradables y otras neutras. 
Es normal y frecuente que la gente no tenga lo que quiera, que tenga lo que no quiere, que esté alejada de personas que quiere, y cerca de otras que no le gustan… además, todo es cambiante, lo que apreciamos, cambia, desde nuestros seres queridos y nosotros mismos. Y en ello no hay nada personal, le pasa a todo el mundo en todas las razas y culturas.

Al tomar consciencia de todo esto, la experiencia desagradable pierde su fuerza, o se hace más llevadera, ya que somos conscientes que todo es dinámico y cambia, que pasará… que los momentos de dolor se intercalan con momentos agradables y neutros.

Agudizar el poder de observación, detectando sensaciones sutiles en el cuerpo, observando pensamientos, lo que pasa por la mente cuando está la sensación desagradable… esta observación hace que se incremente el nivel de felicidad interior.

Distingamos entre felicidad eudaimónica y el placer hedónico.
La felicidad eudaimónica, se suele comprender como el florecimiento humano, y apunta a un tipo más profundo de felicidad que nace del amor, la generosidad y de acciones virtuosas. De ella surge el equilibrio emocional y la fortaleza de aceptar hasta las situaciones más difíciles y adaptarse a ellas. 
Es la felicidad que podemos cultivar mediante las prácticas mindfulness, la autocompasión, el agradecimiento, la felicidad sin causa, que implica abrazar la vida como un todo y no solo como una pequeña parte de ella, una felicidad que no depende de las circunstancias externas.

Cuando conseguimos obtener un deseo, sentimos el cese del dolor de no obtenerlo y la satisfacción de haberlo obtenido, si nos identificamos con el alivio que produce el fin del deseo, pensamos que el sentimiento agradable provino de la consecución del deseo.
Para poder percibir el alivio que se produce cuando cesa el dolor del deseo, se requiere una mente muy tranquila y concentrada, capaz de observar el deseo, tolerar la incomodidad que genera y ver qué ocurre cuando no se actúa sobre el de manera inmediata.
 El cultivo de esta capacidad, genera una gran fuerza y da muchísima libertad.

Cuando meditamos pueden surgir sensaciones incómodas, emociones incómodas como también placenteras, solo es respirar y observarlas, sin modificar nada… la conciencia es lo suficientemente grande como para sostener todas las emociones, todos los pensamientos y todas las sensaciones físicas.

La respiración es un ancla al momento presente y para conectarnos con la dimensión espaciosa de la conciencia.


lunes, 23 de marzo de 2026

Nuestro niño interior atemorizado y herido.



A través de la aceptación, la comprensión y la amplitud podemos descubrir y sanar las heridas más profundas de nuestra alma.
A veces nos preguntamos ¿qué es lo que nos provoca tanta ansiedad, por qué nos quejamos cuando no conseguimos el amor que deseamos y necesitamos, qué es lo que sucede dentro de nosotros cuando sufrimos una pérdida importante, cuando un amor nos deja o uno de nuestros padres muere?

Escondido detrás de nuestras protecciones, negaciones y un estilo de vida adictivo, llevamos un niño interior profundamente atemorizado y herido.
La mayoría de personas viven en la codependencia sin ser capaz de crear o mantener relaciones íntimas debido a nuestro niño interior atemorizado.
Nuestra vida, no podrá ser una experiencia de amor y felicidad hasta que no nos hagamos amigos de nuestro niño interior.

Cuando nos abrimos a nuestra vulnerabilidad herida y empezamos a sanarla, traemos el amor y la realización a nuestras vidas.
Gran parte del crecimiento interior proviene del trabajo con los miedos: el miedo a afirmar nuestra creatividad, miedo a la pérdida, miedo al castigo, a la crítica y al juicio, miedo al rechazo y a la soledad, miedo a la supervivencia, a que te desenmascaren, al fracaso, al éxito, a la intimidad, a la confrontación, a la ira, a perder el control…
El miedo es el asunto más esencial para trabajar en nuestra vida: cuando se le niega e ignora se le relega al fondo de la mente, desde donde ejerce un efecto poderoso y muchas veces paralizante en nuestras vidas.

Intentamos cubrirlo con toda clase de compensaciones y adicciones, mientras se mantenga como una fuerza escondida puede causarnos ansiedad crónica, sabotear nuestra creatividad, puede volvernos rígidos, suspicaces u obsesionados con la seguridad, puede anular nuestro esfuerzo por encontrar el amor… pero si podemos amigarnos con él, sacarlo a la luz, investigarlo con intensidad y compasión, puede transformarnos, abriéndonos a una profunda vulnerabilidad y auto aceptación.
El miedo afecta y muchas veces domina, todos los aspectos de nuestra vida, nuestra manera de hablar, de trabajar, de comer, de relacionarnos, de crear e incluso respirar. Es algo que se encuentra de forma permanente y que intentamos ignorar, superar e incluso alejar.

El viaje de regreso al espacio interior que hemos perdido, se puede resumir en el siguiente mapa:
Imagínate que estas de pie en el centro de un gran circulo dividido en tres anillos: un anillo exterior, uno medio y otro interior. Estos círculos radian desde ti hacia fuera.

Al anillo exterior le llamaremos capa de protección: este es el hogar del adulto compensado.

El segundo anillo es la capa de sentimientos y la vulnerabilidad, el hogar del niño vulnerable.

Y el centro es el núcleo del ser esencial y el hogar del testigo. Ahí nos encontramos con nuestra energía fluida y espontánea, y podemos mirar todo lo que sucede dentro y fuera de nosotros con amplitud y objetividad. 
Es su forma más elevada, un estado de armonía con nosotros mismos y con la vida, es el centro de unidad con la existencia, del que hablan los místicos.

El viaje de sanación es llegar a ese núcleo interior.

La mayor parte del tiempo estamos en la capa exterior, la de protección es un estado de control donde estamos protegidos (hasta cierto punto) de nuestros miedos y muy raramente nos damos cuenta que estamos allí, se nos ha hecho familiar y vivimos allí de manera inconsciente, no porque lo elijamos. 
A menos que realicemos un trabajo interior, podemos pasarnos allí la vida entera. La mayor parte de la gente lo hace.
Vivir en la capa de protección es algo seguro, conocido y sin peligro, pero a la vez vacío y de una forma u otra la vida comienza a indicarnos que algo va mal.

Cuando nos aventuramos a entrar en la capa de la vulnerabilidad y los sentimientos, nos llegan recuerdos de tiempos pasados y sentimientos de traición (cuando no se respetó nuestra vulnerabilidad), por estos recuerdos, nos asusta ir allí, por lo que una parte de nosotros intenta evitar sentir ese dolor y ansiedad, manteniéndonos en lo seguro y conocido.

Otra parte de nosotros sabe que para completar nuestro viaje de vuelta al núcleo, no nos queda otra alternativa que investigar la capa del medio.

Una energía desconocida y misteriosa nos empuja hacia el centro, respondiendo a una llamada que proviene de nuestro ser superior, y esa parte tiene el valor para enfrentar el dolor y el miedo intrínsecos en el hecho de reclamar nuestra vulnerabilidad.

Nos movemos constantemente entre esas dos fuerzas opuestas: una nos mantiene inconscientes pero seguros, la otra nos inclina hacia lo desconocido y hacia una verdad más profunda.
Dr. Thomas Trobe


domingo, 8 de marzo de 2026

El sufrimiento


El sufrimiento surge al creer un pensamiento que está en desacuerdo con lo que es.
Cuando nuestra mente está clara, entonces lo que es, es lo que queremos. El querer que la realidad sea diferente de lo que es, es como pretender enseñarle a ladrar a un gato. Pretender que la realidad sea diferente a lo que es, es un deseo imposible de satisfacer.

Si observamos nuestra mente, durante el dia solemos tener muchos pensamientos del tipo “tal persona debería ser de tal manera”, “mi pareja debería estar de acuerdo conmigo”, “debería estar más delgada”, “debería haber menos cola en el supermercado”, etc., así, con estos pensamientos deseamos que las cosas sean diferentes a lo que realmente son.

Todas las tensiones que sufrimos, tienen que ver con la discusión con lo que es.
Lo que piensas que no debería haber sucedido, si debería haber sucedido, sencillamente porque así fue, y ningún pensamiento puede cambiarlo. Ahora esto no quiere decir que deba tolerarlo, ni aprobarlo, solo significa que puedes ver las cosas sin resistirte y sin luchar interiormente, lo cual genera confusión.

Nadie quiere enfermarse o tener un accidente, pero si ya ocurrió, ¿porque discutir mentalmente con lo que sucedió? Y sabemos que esto no tiene sentido, sin embargo, lo seguimos haciendo por no saber cómo dejar de hacerlo.

Cuando discutimos con la realidad, sufrimos, sentimos tensión y frustración, no nos sentimos normales ni equilibrados. Cuando dejamos de oponernos a la realidad, la acción se convierte en algo sencillo, fluido, amable y seguro.

En el Universo, podemos encontrar tres tipos de asuntos: los míos, los tuyos y los de Dios (Realidad, o como le queramos llamar, lo que escapa a mi control o el tuyo…)
Gran parte de las tensiones que vivimos, vienen de vivir mentalmente fuera de nuestros asuntos, ej. cuando pienso: “deberías encontrar un trabajo”, “quiero que seas feliz”, “deberías se puntual”…, en estos casos, me estoy metiendo en tus asuntos., cuando me preocupo por las inundaciones, la guerra, etc., me estoy metiendo en los asuntos de Dios.

Si tú estás viviendo tu vida y yo estoy viviendo mentalmente tu vida, entonces ¿quién está aquí viviendo la mía?, ocuparme mentalmente de tus asuntos, me impide estar presente en los míos, me separo de mi misma y luego me pregunto porque no funciona mi vida.
El pensar que sé que es lo mejor para los demás, aunque sea en nombre del amor, es estar fuera de mis asuntos, genera tensión, ansiedad y miedo, y en realidad ¿acaso sé lo que es adecuado para mí?

Cuando te sientas tenso o incómodo, pregúntate de quien son los asuntos en lo que estas ocupándote mentalmente, esta pregunta puede volverte a ti mismo, e invitarte a estar presente, el practicar esto durante un tiempo, quizá te haga descubrir que en realidad no tienes ningún asunto y que tu vida funciona perfectamente por sí misma.

Un pensamiento resulta inofensivo a menos que nos lo creamos, o sea que no son nuestros pensamientos, sino nuestro apego a ellos lo que origina nuestro sufrimiento, al apegarnos creemos que es verdad sin indagar si en realidad lo es.
Así una creencia es un pensamiento al que hemos estado apegados, a menudo, durante años. La mayoría de las personas creen que son lo que sus pensamientos dicen que son.
Byron Katie