SENDERO TRANSPERSONAL

INTEGRANDO PSICOLOGIAS DE ORIENTE Y OCCIDENTE

Bienvenidos al blog!

La Psicología Transpersonal o Integral, es un enfoque terapéutico que apunta a que el ser humano alcance niveles óptimos de salud psicológica, dándole importancia a la expansión de la conciencia.

Se trata de un acompañamiento terapéutico para que la persona aprenda a observar sus patrones mentales, sus creencias, que son la causa del malestar, que aprenda a desidentificarse de sus contenidos mentales, a trabajar con sus emociones saludablemente, que aprenda a hacerse responsable de sí misma, de sus relaciones, de sus experiencias, sin culpabilizar al entorno, a la vida por lo que le sucede, comprendiendo que la adversidad, es una oportunidad de cambio y desarrollo personal.

Capacita al paciente para que aprenda a satisfacer de una manera saludable sus necesidades a todos los niveles: físico, emocional, mental, espiritual, aprendiendo a conectar con la dimensión trascendental; todo ello conlleva a una integración de su personalidad y a alcanzar niveles superiores de salud psicológica, para luego poder trascenderla y conectar con la esencia.

Se toman en cuenta los problemas, dolencias particulares que empujan a la persona a una consulta y se las trabaja e integra, pero el enfoque principal de la Terapia Transpersonal, que la hace diferente y más abarcativa que otras terapias psicológicas (integra psicologías de oriente y occidente) es el de capacitar a la persona para que aprenda a conectar con sus propios recursos internos y permita desplegarse sin temores al proceso de crecimiento natural.

La terapia utiliza diferentes técnicas que se adaptan a las necesidades del paciente y a su estado de consciencia, integrando los niveles físico, mental y emocional (ego) y luego trascendiéndolo hacia los valores superiores, como la compasión, el amor a los demás seres vivos, el sentido de la propia vida, el desarrollo de la creatividad, etc., favoreciendo cambios en su nivel evolutivo.

martes, 28 de marzo de 2023

Inadecuación Esencial: el estigma de sentirse diferente

                                 

Se siente diferente. Se piensa diferente. ¿Se es diferente? Las personas que tienen un nivel de conciencia más desarrollado suelen no encajar en su entorno , padeciendo de un marcado sentimiento de inadecuación. Comprender la naturaleza del problema ayuda a que el individuo se acepte a sí mismo, se aprecie, y tienda a buscar pares de su misma condición.

Del otro lado del vidrio: La lucidez no reconocida como tal puede ser dolorosa. 

¿A qué se refiere esta afirmación? 

Dicen las antiguas Tradiciones de Sabiduría (o, como le llamaba Huxley, la Filosofía Perenne) que cada ser humano está compuesto de una personalidad y una esencia. La esencia es aquello que éramos aún antes de nacer, y que seguiremos siendo aún después de morir: una porción de lo Sagrado, una parte del Todo. Esa esencia, para insertarse en el mundo de la materia, se reviste de una personalidad : un conjunto de hábitos, de aprendizajes, de mecanismos necesarios para interactuar con el entorno. Y dicen estas Tradiciones que lo que acontece en función de ello es que la esencia va quedando como dormida, aprisionada por esa identidad postiza, ahogada en su frescura inicial. 

El trabajo interno de todo ser humano es el de despertar a su ser dormido, reencontrarse con su real naturaleza esencial.

Pero hay algunas personas a quienes su esencia no se les duerme del todo:

seres sensitivos, interiormente inquietos, que miran la realidad indagando su Sentido. Jamás se quedan con la percepción superficial de la vida, sino que preguntan, - se preguntan-, y, sin saber cómo, deben desarrollar destreza para navegar en sus propias aguas profundas. Pero, tal como Juan Salvador Gaviota se sentía recortado (¡y expulsado!) por su bandada, con frecuencia estos individuos no logran encajar en lo común. A veces, ya de niños o en la adolescencia hacen ingentes esfuerzos por ser "uno más". Sin embargo, no pueden: les resulta imposible renegar de su condición. Es como si una voz interna les requiriera Buscar, procurarse lucidez para hurguetear en lo más hondo de la existencia.

Hemos llamado a este conjunto de sentimientos y conductas el complejo de inadecuación esencial: se definiría como el sentimiento de la persona que, teniendo un nivel de conciencia más desarrollado que quienes lo rodean, no puede asumirlo como tal, sino que lo vive íntimamente como si esto fuera un defecto. Se siente inadecuado en donde todos parecen estar cómodos; se ve incomunicado en donde todos parecen comunicarse con códigos que no logra aprehender; se encuentra buscando los porqués profundos en donde todos transitan livianas superficialidades. Y padece su condición como si fuera un estigma, aunque secretamente puede que sepa que no tiene un defecto, sino un don: el de tener una visión más amplia, una conciencia más integral, en un mundo regido por las apariencias.

Cual si mirara la cotidianeidad a través de un vidrio, no consigue ingresar en los códigos de la mayoría de la gente, y padece de una ríspida soledad. Como el Demian de Herman Hesse, siente que no pertenecen al mundo de todos, y a su vez anhela pertenecer. No necesariamente a ese mundo: a algún mundo. 
Encontrar sus pares, sus compañeros de Bandada. Pero, ¿quiénes? ¿Dónde? De esas personas queremos hablarle. ¿De nosotros? ¿De Usted?



Los niveles de conciencia y la Inadecuación Esencial:

Según las Tradiciones de Sabiduría, no todas las personas tenemos el mismo grado de conciencia. La Humanidad, en ese sentido, estaría constituida como una pirámide.

La base de esa pirámide se conforma del grueso de la población: millones de personas cuyas vidas trascurren mecánicamente, sin grandes preguntas, sin búsqueda interna, sin sed de conocimiento. Numéricamente, son los más. En ese nivel básico de evolución, la conciencia de sí y de la realidad es escasa: se sigue el primigenio impulso vital de sobrevivir y perpetuar la especie y, con ello, las necesidades del ego aferrado a la materia. Y esto no depende exactamente del nivel sociocultural, sino de que evolutivamente aún no se ha desarrollado la capacidad de darse cuenta de cómo se es , y de cómo funciona objetivamente la Realidad.

En Oriente, a este nivel de evolución primaria se lo metaforiza como "estar dormidos" bajo los múltiples velos de la ignorancia.

Pero, como antes decíamos, hay seres cuya esencia no se ha adormecido con lo básico de la vida: personas que se preguntan para qué nacieron, que buscan, con mayor claridad o mayor confusión, cuál es el Sentido del nacer y del morir. Esos seres en proceso de Búsqueda se alinean ascendiendo a partir de la base, hacia la cúspide de la pirámide. Y cuanto más elevado es el nivel de conciencia, menor será la cantidad de individuos que estadísticamente se alineen en cada nivel, siendo ínfimo el número de personas que podrían contabilizarse en la cumbre, donde morarían las conciencias más esclarecidas.

Entre lo que sociológicamente podría llamarse "lo masivo", y el nivel de un Cristo o de un Buda (iluminación), existe, entonces, como una escalera por la que los individuos vamos ascendiendo a medida que evolucionamos .


Podríamos graficarlo así:



Los sufis tienen un antiguo aforismo que dice: 

"Dichoso el que tiene un alma; dichoso el que no la tiene; pero llanto y dolor para aquél que la tenga en embrión".



¿A qué se refieren?

A que en el extremo de menor conciencia, la inconsciencia misma obra de protección respecto del dolor existencial: se está obnubilado, atento a lo trivial, sin grandes preguntas. Y en el extremo opuesto, de mayor conciencia, el dolor ha cesado pues se está en concordancia con la Respuesta. 
Cuando no se está ni del todo dormido ni del todo despierto, se está en una situación existencialmente difícil: aún se permanece atrapado por el plano inferior, pero ya hay una lucidez que nos permite ver nuestra propia mecanicidad y la del entorno. Esto conlleva sufrimiento, y también la sensación de falta de pertenencia, de inadecuación.

Los sufis le llaman a esto "estar sentado entre dos sillas " (¡posición sumamente incómoda!).


A medida que se sube en esa pirámide evolutiva, el individuo va teniendo mayor conciencia de quién es, y de qué leyes rigen la Realidad. Pero quisiéramos señalar un punto de inflexión crítica (marcado en el gráfico por la línea horizontal roja): en la persona que se ubica allí, el centro de gravedad de su conciencia ya no está en el nivel de lo masivo, sino que "se ha despegado" de él; sin embargo, aún la claridad no es suficiente como para comprender por qué se percibe diferente, se piensa diferente, se siente diferente que la mayor parte de la gente. No se participa plenamente de los valores y necesidades del nivel de conciencia anterior, pero aún no se encuentra pertenencia respecto del nivel actual o del siguiente. Aquí es donde se experimenta inadecuación esencial de un modo agudo y doloroso.

Este fenómeno presenta al menos dos variables: puede ser que la persona haya nacido en ese nivel de conciencia, o bien que haya evolucionado hacia él a través de su experiencia de vida.

 Veamos cada una de estas variables.


El cisne avergonzado: 

Los viejos cuentos infantiles suelen contener claves cifradas que nos hablan simbólicamente de las realidades del alma.




Uno de ellos es la conocida historia del "Patito Feo": un pichón de cisne que, por accidente, había sido incubado por una pata. Al nacer, como es lógico, se crió entonces entre sus hermanos patitos, sin saber que pertenecía a una especie diferente. Más grande que el resto, más oscuro comparado con sus hermanos, su percepción de sí mismo era la de alguien inadecuado y torpe, por más que se esforzara en no distinguirse del resto. Hasta que un día sus plumas grisáceas se fueron volviendo muy blancas, su cuello se estiró grácilmente, y, al ver su imagen en el espejo del lago, se dio cuenta de que era bello, bellísimo... Más armonioso y elegante que sus hermanos, que tanto se habían burlado de él.

Muchas personas que nacen con una conciencia desarrollada son sumamente rechazadas por su entorno: por un lado, porque suelen ser torpes en sus intentos de adaptarse (muy retraídos, hipersensibles, precozmente maduros, críticos, a veces incapaces de adecuarse a los códigos sociales de sus congéneres); por otro, porque con frecuencia son portadores de talentos que se destacan: valores éticos elevados, dotes artísticas, inteligencia notable, capacidad de cuestionamiento, criterio propio... Y esto despierta envidia en sus congéneres, envidia nacida de ver en él encarnadas las potencialidades que quizás ellos mismos no se atreven a expresar.

La conjunción de estos rasgos suele ser fatal, sobre todo en la adolescencia y primera etapa de la juventud. En esta etapa será crucial que este tipo de persona pueda ser apoyada para aceptarse a sí misma tal cual es, considerarse valiosa y afirmarse en su verdadera identidad, sin renegar de ese "ser diferente".

No contar con ese apoyo de parte de adultos criteriosos que le ayuden a ver su condición de cisne, suele derivar con frecuencia en la constitución de una personalidad "mal armada" a partir de múltiples mecanismos de defensa, y luego requerirá mucho trabajo interno para desplegar sus peculiares talentos.

A veces está pseudoadaptado al entorno; otras, es "la oveja negra" del grupo familiar o de los grupos a los que pertenece: cuestionador, rebelde, autodeterminado, disruptor de estructuras establecidas. Esa personalidad oscilará entre sentirse inferior al entorno, y autopercibirse distorsionadamente como alguien superior, desarrollando una arrogancia secreta sobre su "ser especial". Un delicado equilibrio que, sin embargo, es posible propiciar.




El despertar y la soledad: 

Pero no siempre la inadecuación esencial se presenta en las primeras etapas de la vida. La segunda posibilidad implica que el individuo descubra este sentimiento recién en su vida adulta: fue una persona eficazmente adaptada al entorno, sin grandes diferencias respecto de sus congéneres: creció como todos, pensó como todos, sintió como todos, consumió lo que todos. Pero, por alguna circunstancia externa o interna, en algún momento (más frecuentemente alrededor de la mitad de la vida ) su orden colapsó, entró en crisis, y comenzó a replantearse el para qué de su existencia.

Cuando esto acontece, es natural que, con mayor o menor lucidez, la persona comience un proceso de Búsqueda (libros, terapia, cursos...). 
Esta situación modifica su relación con los demás, sintiéndose probablemente aislada respecto de quienes le rodean, -y a quienes quizás anteriormente consideraba muy cercanos-: de pronto ya no comparte sus intereses, sus gustos, sus necesidades. 
Es más: sus propias inclinaciones actuales pueden resultarle a los demás incomprensibles y hasta cuestionables. Y una parte de lo que le sucede a quien vive este pasaje, es la angustia de ver a sus seres cercanos, a veces aún los más íntimos, inmersos en la confusión, en preocupaciones sin sentido, en banalidades que les hacen sufrir innecesariamente. Pero, en ese proceso aún no se sabe cómo integrar eso que se va percibiendo como el verdadero Sí-Mismo, cómo vincularse con eso.
Hacerlo conllevaría un cambio fundamental en el modo en que se encara cada asunto de la propia vida.

Quien rasga ese velo de ignorancia, vivencia una intensa soledad, más allá de que se encuentre rodeado de familiares o amigos. Es justamente ante ellos que experimenta su propio síndrome de inadecuación esencial: ya no puede seguir siendo como era, pero no sabe ahora cómo ser. Siente la necesidad de pares que comprendan de qué se trata lo que está viviendo, pero no sabe cómo ni dónde encontrarlos. Inclusive puede ser que crea que está volviéndose loco, y muchas veces es posible que, efectivamente, necesite de ayuda terapéutica, pero no por estar enloqueciendo, sino para reorganizar su identidad con el menor costo de dolor posible.


La neurosis cruzada:

 Ir despertando no quiere decir que vayamos quedando exentos de neurosis: por el contrario, quienes están en contacto con su aspecto esencial (ya sea porque, como en el primer caso, nunca lo han perdido, o bien, como en el segundo, porque lo hayan redescubierto en algún punto de sus vidas) necesitan lidiar con muchos de los problemas internos de la mayoría de las personas, más las fricciones propias de quien tiene en sí mismo una dimensión psicológica vertical, además de la horizontalidad propia de todo individuo.

Podría denominársele una neurosis cruzada, en la cual aparecen elementos personales no resueltos, mezclados con una fuerte espiritualidad que no logra canalizarse armónicamente.

Así, el terapeuta avanzado deberá trabajar con diferentes aspectos específicos propios de este tipo de circunstancia psicológica: depresiones existenciales, tendencia a confundir las experiencias verdaderamente transpersonales o espirituales con lo imaginario, inclinación a eludir el compromiso con la vida, sentimientos de inferioridad (por la mencionada inadecuación) compensados neuróticamente por sentimientos de superioridad vinculados a su "ser especial", etc.

En ese sentido, un aspecto vital de quien aspira a desarrollar su identidad esencial es chequear su mundo interno con quienes puedan ser neutrales al respecto, y que tengan conocimientos como para hacerlo, a fin de evitar las confusiones propias de las personas complejas e interiormente ricas.

Los grupos de pertenencia, en ese sentido, pueden ser fundamentales para que la personalidad se reestructure) de un modo sano y armónico. Pero, claro, las personas "raras" en el sentido en que lo venimos describiendo suelen experimentar fuertes dificultades para encontrar seres "de su misma especie". Vayamos a este punto...




La necesidad de encuentro

En el Budismo existe un concepto fundamental que es el de sangha: un grupo de personas comprometidas en su Búsqueda interna, que se vinculan entre sí para apoyarse y ayudarse mutuamente en la investigación de esos reinos. Es como si el básico instinto gregario tuviera una versión sutil, que hace que la persona sensitiva, esencial, tenga imperiosa necesidad de relacionarse con individuos afines. La tendencia masiva de pertenecer a algo más grande que uno, que lo abarque y lo proteja para sobrevivir (resabio atávico de la manada) se sutiliza como una necesidad vital de pertenencia a partir de la comunicación de esencia a esencia.

De hecho, muchas veces cuando ese tipo de comunicación acontece, no siempre está sostenida por una intensa conexión de personalidad a personalidad: puede ser que desconozcamos información básica sobre quién es el otro, cómo vive, a qué se dedica... Sin embargo, su mundo interno, que nos convida al compartir lo que siente, ejerce un efecto de resonancia sobre el nuestro, nos conmociona, y a su vez nos produce la necesidad grata de compartir lo que somos y sentimos. Este circuito resulta sumamente sinérgico , retroalimentándose las personas para generar mayor comprensión de quiénes son y de lo que experimentan.

Suele suceder también que el encuentro entre individuos con afinidad esencial esté rodeado de un sinnúmero de coincidencias significativas (sincronicidades), que resultan sumamente movilizantes para ambas partes, estimulando el compromiso respecto del trabajo sobre sí mismo que cada persona esté realizando (y a veces también generando confusiones y fantasías por la mala interpretación de esas "señales", no tan sencillas de decodificar).

Cuando se experimenta este encuentro entre personas internamente afines, lo que sucede es que, según el esquema del inicio, están en el mismo escalón evolutivo, pertenecen al mismo nivel de conciencia (o similar). Lo que se siente al vivenciar este tipo de comunicación es una profunda conmoción, una honda alegría, y una disminución del sentimiento de aislamiento y soledad.

A veces esa comunicación puede sostenerse en el tiempo, otras veces no. Esto va a depender de diversas variables, pero sobre todo de la sanidad interna de cada miembro del vínculo, que permita no establecer comportamientos neuróticos en la relación, o al menos, si éstos se instalan, advertirlos y trabajarlos individual y conjuntamente.


La autenticidad esencial:

Cuando dos o más personas con intereses internos se encuentran, puede suceder el curioso hecho de que en lugar del usual sentimiento de inadecuación, experimenten, por el contrario, familiaridad, sintiéndose "como en casa": no hay nada que forzar, no hay nada que aparentar, ninguna imagen que vender ni que comprar. A veces se establece una rápida fluidez comunicacional, y hasta una peculiar intimidad que, para quien ha padecido el aislamiento sensitivo, se vuelve algo sumamente valioso: un ámbito donde expresarse tal cual se es, sin impostaciones, y donde conocer a otros que se abren bajo las mismas condiciones.

Nuestros tiempos actuales ofrecen el privilegio de crear entornos para este tipo de encuentros: grupos terapéuticos, espacios de reflexión, seminarios sobre temas que hacen al mundo interno... Si bien no todos estos ámbitos son lo que aspirarían a ser, muchos de ellos se vuelven propicios para el Encuentro (sobre todo si están coordinados por personas sensatas que tengan un verdadero trabajo sobre sí mismas).

Otra variable disponible son las actividades que proponen espacios de aprendizaje o de trabajo colectivo a través de internet: los grupos virtuales pueden proporcionar un contexto sumamente válido para el hallazgo recíproco de personas afines, ya sea que se conozcan luego personalmente o no.

Siendo que las personas con un nivel de conciencia desarrollado no son muchas, el encuentro de dos o más seres evolucionados esencialmente afines es un pequeño milagro que desafía las estadísticas: es difícil, numéricamente improbable, y, sin embargo, posible.

La condición para que pueda llegar a producirse es permanecer en actitud de apertura, trabajando consigo mismo y rastreando aquellos espacios y personas que puedan ayudarnos a comprender que no somos raros, inadecuados, inaceptables. Permitirnos descubrir que hay otros "de nuestra misma especie".

Cada uno de nosotros vino a ejecutar su instrumento en esta Gran Orquesta. Pero nadie vino a ser solista: hay otros que, lo sepamos o no, están tocando nuestra misma partitura. Sólo debemos abrir los sentidos, escucharlos, y caminar en su dirección...


Publicado en las revistas "Uno Mismo" de Chile (marzo 2004) y de Argentina (abril 2004). Por Marcos Eduardo Sosa y Virginia Gawel

Sanando el pasado


 Al observar nuestra vida, podemos ver restos de crisis vitales del pasado sin resolver- Pensamientos y sentimientos acerca de los sucesos que tienden a colorear nuestra percepción y que nos han discapacitado en ciertas áreas de la vida. 


Se puede aplicar la técnica que consiste en situar el suceso en un contexto diferente, (es una de las herramientas mas eficaces para gestionar el pasado) para verlo desde otra perspectiva y considerarlo dentro de otro paradigma, con otra importancia y otro significado. 

Crear un contexto diferente significa darle un significado distinto, asumir otra actitud con respecto a las dificultades o traumas vividos y valoramos el regalo escondido en ellos. El primero en valorar esta técnica en psiquiatría fue Victor Frankl (logoterapia), los acontecimientos traumáticos cambian cuando se les dota de un nuevo sentido… 

“Todo se puede tomar de un hombre, menos una cosa: la última de las libertades humanas consiste en elegir la propia actitud ante cualquier conjunto de circunstancias, elegir el propio camino” V. Frankl 

Cada experiencia en la vida, sin importar lo “trágica” que sea, contiene una lección oculta. Cuando descubrimos y reconocemos su don escondido, se produce la curación. 

Al mirar hacia atrás, parece en realidad que hay un propósito inconsciente detrás del acontecimiento, como si nuestro inconsciente supiera que se debía aprender algo importante y que por doloroso que fuera, esa era la única forma de hacerlo. 

Este principio forma parte de la psicología de Jung, quien tras toda una vida de estudio, llego a la conclusión de que en el inconsciente existe un impulso innato hacia la plenitud, la integridad y la realización del Ser, y que el inconsciente procura los medios para llevarlo a cabo, aunque resulten traumáticos para la mente consciente. 

Uno de los beneficios de las crisis es que a menudo nos lleva a familiarizarnos con nuestra sombra. Al darnos cuenta de que compartimos todo con toda la humanidad, nos hacemos más humanos y completos, todo lo que pensábamos que era culpa del otro está también en nosotros, así que cuando la llevamos a la conciencia, las reconocemos y ya no operan en nosotros de forma inconsciente. 

Cuando la sombra ha sido reconocida, pierde su poder. Lo único que se necesita es reconocer ciertos impulsos, pensamientos y sentimientos prohibidos y así podemos gestionarlos. 

Superar una crisis vital, nos hace más humanos, mas compasivos, aceptamos mejor las cosas, nos volvemos más comprensivos con nosotros mismos y con los demás. Ya no buscamos tener la razón quitándole la razón a los demás, nos da mayor sabiduría. 

El miedo a la vida, es el miedo a las emociones, no a los hechos, sino a lo que nos hacen sentir los acontecimientos (que va en función de nuestra interpretación, nuestra forma de ver la vida, nuestras creencias…). 

Cuando aprendemos a gestionar las emociones/sentimientos, el miedo a la vida disminuye, aumenta la confianza en sí mismo y se está dispuesto a asumir grandes riesgos, porque sentimos que podemos hacernos cargo, responsables de las consecuencias emocionales, el dominio del temor implica desbloquear todas las vías de la experiencia vital que antes habíamos evitado. 



Fortalecer las emociones positivas 

No solo conviene ir soltando las emociones “negativas”, sino que es importante dejar de resistirse a las “positivas”. 

Un ejercicio muy iluminador consiste en sentarse, observar la sensación opuesta a la emoción negativa que estamos viviendo y dejar de resistirnos a ella. El objetivo es atraer a nosotros la grandeza, el coraje para superar los obstáculos, la voluntad de pasar a nivel más elevado del amor. La aceptación de la humanidad de los demás y la compasión por su sufrimiento al ponernos en su lugar. Al perdonar al otro, nos perdonamos a nosotros mismos, aliviamos la culpa. Nos desprendemos de la negatividad y elegimos amar, somos nosotros los beneficiados- 

Del reconocimiento de quienes somos realmente surge el deseo de buscar lo que nos inspira, cuando el vacío interior, debido a la falta de autoestima, es reemplazado por el verdadero amor a nosotros mismos, ya no tenemos que buscar la felicidad en el mundo, porque su fuente está dentro de nosotros. 
(texto inspirado en “dejar ir”)



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Juana Ma. Martínez Camacho

Terapeuta Transpersonal
Acompañante en Bioneuroemoción
Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular) 
Anatheóresis (Psicoterapia Regresiva Perceptiva)
Formación Internacional  en Psiconeuroinmunoendocrinología
    (IPPNIM)


 www.centroelim.org          Telf.  653-936-074


jueves, 23 de marzo de 2023

¿De qué manera podemos permanecer presentes con nuestra experiencia?

 

Aunque habitualmente no nos demos cuenta de ello, la presencia más profunda se halla presente siempre en el fondo de nuestro ser. Lo que normalmente advertimos son las islas que hay en la corriente de la conciencia, nuestros pensamientos, los lugares en los que va aterrizando nuestra mente.

Sólo nos damos cuenta de los lugares en los que nuestra mente aterriza y no advertimos el espacio que conduce de uno a otro que, dicho sea de paso, nuestra mente atraviesa volando como si fuera un pájaro. Aunque siempre esté presente, no solemos percibir el espacio que existe entre un pensamiento y otro. Tal vez, si hablo muy despacio, usted... puede... comenzar... a... darse... cuenta... del... espacio... existente... entre... las... palabras. ¿Qué es lo que ocurre en esos huecos?

Normalmente no nos damos cuenta de ellos porque estamos demasiado ocupados relacionando nuestro pensamiento con nuestra identidad egoica. Y es que el ego se asusta ante esos huecos, porque representan una pérdida de control. Pero lo cierto es que esos huecos representan los puntos de la entrada en la conciencia serena y no conceptual que siempre está presente.

Cuando nos asentamos en ella, se convierte en la presencia incondicional que consiste simplemente en permanecer abierto y desinteresado a todo lo que es sin tener que cumplir ninguna agenda.

Así pues, cuando nos relacionamos con nuestra experiencia de un modo amable, no reactivo y permisivo, nos abrimos al abrazo de nuestra naturaleza incondicionada superior. Y es precisamente ahí donde se pone de manifiesto nuestra salud básica, como un loto que emerge del estiércol de la neurosis y de la confusión donde realmente puede tener lugar la curación de nuestro yo condicionado.

De hecho, es imposible fabricar la presencia incondicional porque siempre está ahí, como el sol, detrás de las nubes de nuestra mente ocupada. Éste es, precisamente, el gran descubrimiento realizado hace ya miles de años por las grandes tradiciones meditativas.

La conciencia pura es el conocimiento directo, no creado, claro y fluido como el agua. Aunque nadamos en el océano de la conciencia pura, nuestra mente está continuamente ocupada saltando de isla en isla, de pensamiento en pensamiento, sin descansar nunca en su fundamento.

Sin importar cuan ocupada se halle nuestra mente, nuestra conciencia incondicionada siempre opera silenciosamente en el trasfondo. Esto es algo a lo que todo el mundo tiene acceso, es nuestra realidad más íntima, tan próxima que resulta lo más difícil de ver.

Cuando nos abrimos a la presencia superior, nuestra personalidad condicionada trata de escapar o de aferrarse a ella y situarla en sus casilleros favoritos. Aunque, por ejemplo, podamos abrimos de un modo nuevo a alguien a quien amemos, esto también puede dar miedo, de modo que nos cerramos rápidamente.

En un determinado momento podemos estar escuchando muy atentamente una pieza musical y al instante siguiente ya nos hemos distraído o tratamos de capturar ese momento, que es otro modo de cerrarnos a la presencia.

Tampoco se trata de que no nos cerremos, ya que todo lo que podemos hacer es darnos cuenta, una y otra vez del modo como nos afecta.

El único modo de despertar de nuestra distracción consiste en cobrar conciencia de nuestra falta de conciencia y permanecer presentes con nuestra falta de presencia.

J. Wellwod



miércoles, 15 de marzo de 2023

La Paciencia



¿Tienes la paciencia de esperar

A que todo se asiente y el agua se aclare?

¿Eres capaz de permanecer inmóvil

Hasta que la acción correcta surja por sí sola?

Lao Tse


La paciencia es una actitud que podemos cultivar. Cuando no estamos intentando llegar a ningún otro lugar, cuando vivimos en el ahora, la paciencia surge por sí sola.

Hemos olvidado cómo esperar. Nuestro mayor tesoro, es ser capaces de esperar el momento apropiado. Si observamos, toda la existencia espera el momento oportuno. Los árboles saben cuándo ha llegado el momento de florecer y cuándo es la época de dejar caer sus hojas y permanecer desnudos frente al firmamento, y son hermosos en esta desnudez, esperando el nuevo follaje, con la confianza en que lo viejo se ha marchado para dar paso a lo nuevo, el crecimiento de las nuevas hojas. En la primavera las semillas despiertan, la hierba comienza a crecer por sí misma, las flores se despliegan en todo su esplendor.…

Los humanos, nos olvidamos cómo esperar…lo queremos todo de prisa.

Paciencia es recordarnos que las cosas se despliegan a su propio ritmo.

No podemos acelerar el paso del día a la noche, ni el cambio de una estación a otra…… El vivir apurados, con prisa, no sólo no nos beneficia, sino que va instalando el estrés en nuestra vida, el sufrimiento en nosotros y en las personas que nos rodean.

Con la mente agitada por pensamientos, estresada por llegar… nos perdemos el valioso momento presente, convirtiéndolo en un medio para un fin, olvidándonos de vivir; ante esta situación, surge la alternativa de cultivar la paciencia.

Observemos: ¿qué hay debajo de la impaciencia?

En mayor o en menor grado, encontramos enfado, resistencia a que las cosas sean como son, la necesidad imperiosa de encontrar culpables por lo que acontece, a veces son los otros, otras veces, nos culpamos a nosotros mismos.

El actuar con paciencia, no significa que cuando es necesario ir un poco más de prisa, en ocasiones puntuales, no podamos hacerlo, pero con paciencia, presentes, moviéndonos con rapidez pero atentos, dándonos cuenta que hemos elegido hacerlo de esta manera, que no es un automatismo, una costumbre de ir de prisa, a veces sin motivos aparentes.

Es importante recordar que nada está separado ni aislado, que los acontecimientos ocurren por algo y una cosa está encadenada con otra, así que no se trata de ir por la vida buscando culpables, no es útil ni saludable.

Para cultivar la Paciencia, es muy importante aprender a ser compasivos con nosotros mismos y con el otro, sabiendo que cada quien actúa como puede según sus condicionamientos, con sus heridas internas, muchas veces inconscientes.

El cultivar la compasión, por comprensión, nos permite estar en paz y permanecer pacientes ante una provocación o un sufrimiento intenso. El ser compasivo, es toda una educación, donde utilizamos esa energía del enfado para transmutarla en paciencia, compasión y armonía, nada fácil al principio; esto no significa que si es necesario enfadarse, porque nuestro discernimiento en ese momento así nos lo indica, no podamos hacerlo, pero luego, conviene mirar el enfado, entenderlo, quien sabe las múltiples razones ocultas o no que hay tras esa situación… todo nos sirve para crecer, después de todo se trata de comprender nuestro ego, sanarlo y trascenderlo, no dejándonos arrasar por sus impulsos y preferencias.

La cualidad de la paciencia, la podemos cultivar por medio de la meditación. Cada vez que meditamos, que nos tornamos conscientes del flujo de la respiración entrando y saliendo de nuestro cuerpo, cultivamos la paciencia, entramos en un estado de armonía interna. También durante las asanas del yoga, cada vez que permanecemos unos minutos en cada postura, respirando y observando las sensaciones corporales, sintiendo el cuerpo estirándose, observando el devenir de los pensamientos sin involucrarnos, estamos cultivando la paciencia. Podemos practicar esta cualidad en la vida diaria, ante cualquier situación que nos resulte estresante, respirar conscientemente para aquietarnos y aprender a despertar al “observador”, al testigo, tomando distancia interna de la situación para poder verla con más objetividad, aceptando las cosas como son.

Aun en los momentos dolorosos de nuestra vida, intentemos no dejarnos llevar por la ansiedad de que las cosas sean de otra manera a como son, intentemos buscar esta cualidad de la paciencia, aceptando los hechos, en definitiva, todo pasa, todo cambia, todo tiene un ritmo, nada permanece estable, en el nivel del ego.

A veces es necesario actuar, moverse, empujar, pero otras solo cabe esperar, aportar equilibrio al momento presente, al ahora, comprendiendo la sabiduría que se esconde en la paciencia, las cosas se desplegarán de acuerdo a este estado de paciencia alcanzado ahora.

Namasté

Juani


sábado, 18 de febrero de 2023

El poder curativo de la presencia incondicional


"Ábrase a todas las emociones, personas y situaciones con las que se encuentre. Entonces experimentará por sí mismo las enseñanzas que nadie podrá enseñarle nunca." 
Pema Chodron


¿Cuál es la esencia de la curación psicológica, el elemento que nos permite trascender las viejas pautas autodestructivas y orientamos en una nueva dirección?

Para responder a esta pregunta deberemos comprender antes el malestar y el sufrimiento básico que se halla en la raíz de todos los problemas psicológicos, la incesante lucha que continuamente mantenemos con nuestra experiencia y las dificultades que tenemos para permitirle ser tal cual es.

¿Por qué nos incomodamos tanto con nuestra experiencia?

¿Por qué nos resulta tan difícil admitir que nuestra experiencia sea tal cual es?

¿De dónde proviene la inquietud que nos generan nuestros sentimientos y estados mentales?



El Malestar Básico

Continuamente estamos juzgando, rechazando y eludiendo aquellos aspectos de nuestra experiencia que más incomodidad, sufrimiento y ansiedad nos provocan, embarcándonos en una lucha interna que nos escinde interiormente y nos aleja de la totalidad. Esto es algo que aprendimos en nuestra más temprana infancia, cuando nuestro sistema nervioso se veía desbordado por sentimientos que no podíamos gestionar... y mucho menos todavía comprender.

Así fue como aprendimos a cerrarnos y a contraer nuestro cuerpo y nuestra mente fundiendo, por así decir, los fusibles para que nuestros circuitos internos no sufrieran un mayor daño cada vez que nos veíamos desbordados por experiencias demasiado intensas y los adultos de nuestro entorno no supieron ayudarnos. Así fue como aprendimos a protegernos... y a separamos, simultáneamente, de nuestro enojo, de nuestra necesidad de afecto, de nuestra ternura, de nuestros deseos y de nuestra sexualidad. Y así fue también como aprendimos a emitir todo tipo de juicios negativos sobre las facetas que más sufrimiento nos causaban y, al mismo tiempo, a retirar nuestra conciencia de ellos.

Por ejemplo, cuando, nuestra necesidad de amor se veía frustrada era demasiado doloroso experimentar esa necesidad. Así fue como aprendimos a cerrar nuestra conciencia para alejarnos de esa necesidad y del sufrimiento asociado que le acompañaba. Es por ello, que seguimos contrayéndonos cada vez que nos sentimos desbordados por la necesidad de amor y somos incapaces de funcionar en aquellas regiones de nuestra vida que evocan sentimientos que nunca hemos aprendido a aceptar. Y esta huida del sufrimiento primordial origina un nivel secundario de sufrimiento que restringe nuestra conciencia y nos sume en la contracción.


Crear una identidad basada en la contracción

Llega un momento en el que todas estas contracciones se articulan en un estilo global de evitación y rechazo que nos lleva a desarrollar una identidad o una visión de nosotros mismos basada en el rechazo de los aspectos dolorosos de nuestra experiencia. Si, por ejemplo, no podemos hacer frente al enfado, tratamos de convertirnos en «una buena persona», pero esa identidad siempre es parcial y limitada, y jamás recoge la totalidad de nuestra experiencia, la totalidad de lo que somos.

Se trata de una identidad basada en la identificación con los aspectos de nuestra experiencia que más nos gustan y en el rechazo de aquellos otros que nos desagradan. Y, puesto que se trata de una identidad ajena a lo que realmente somos, requiere un continuo esfuerzo para protegerla de los ataques de una realidad que amenaza con socavarla.

Es como si continuamente nos viéramos obligados a apuntalar un frágil dique para no vemos desbordados por las olas del océano que, siguiendo con esta metáfora, es como el océano, siempre dispuesto a romper nuestra visión limitada de nosotros mismos que obstaculiza su libertad de movimientos. Y esta necesidad incesante de controlar la experiencia para alejamos de todo aquello que ponga en peligro nuestra identidad, genera un tercer nivel de sufrimiento, un estado continuo de tensión y ansiedad.

Así pues, el sufrimiento psicológico está fundamentalmente compuesto de tres estratos diferentes:

- el sufrimiento básico de los sentimientos que amenazan con desbordarnos;

- la contracción corporal y mental para evitar sentir ese dolor,

- y el esfuerzo continuo por mantener y proteger una identidad basada en la evitación y el rechazo.

Una de las formas en que tratamos de mantener nuestra identidad consiste en el desarrollo de un complejo conjunto de racionalizaciones -narraciones sobre lo que somos y sobre lo que es la realidad que nos sirve para justificar la evitación y el rechazo. Estas narraciones –que no tiene por qué ser conscientes y que a menudo son como los sueños, y están compuestas de imágenes y expectativas subconscientes son interpretaciones mentales de nuestra experiencia, un modo de organizar nuestras creencias en una visión global de la realidad.

Por ejemplo, a este propósito recuerdo el caso de una mujer cuyo padre había permanecido muy distante durante su infancia, que tenía dificultades para reconocer su necesidad de contacto emocional y que justificaba su rechazo de esta necesidad con la siguiente historia: «los hombres no están emocionalmente disponibles y. puesto que una nunca puede confiar en ellos, sería estúpido que me permitiera necesitar a un hombre». Era precisamente por esto por lo que, cuando mantenía una relación, se contraía como para mantenerse alejada de su propia necesidad y no hallarse nunca en una posición vulnerable.

Pero, como resultado de todo ello, los hombres acababan abandonándola porque no podían establecer un contacto real con ella, lo cual no hacía sino reforzar su guión vital de que «con los hombres no se puede contar». Y es que las historias acaban convirtiéndose en una suerte de “profecías autocumplidas”.

Una historia crea una realidad que, a su vez, refuerza la historia, ocasionando así un círculo vicioso que nos encierra cada vez más en un falso yo y en una visión distorsionada de la realidad.


¿Por qué malgastamos tanta energía en mantener un falso yo que nos aleja de la totalidad de nuestro ser?

A pesar del sufrimiento que ocasiona, la imagen que tenemos de nosotros mismos se mantiene porque al menos, nos proporciona una sensación de que «yo soy esto». Es cierto que este ego falso genera una tensión y una escisión interna, pero también lo que es, al menos, nos proporciona una cierta ilusión de estabilidad y permanencia en medio de la incertidumbre y del flujo de la existencia. Y, aun en el caso de que su historia sea «yo no soy nada, ni nadie» eso, al menos, es algo y, en consecuencia, nos proporciona una cierta seguridad.




La presencia incondicional y la curación

Si pudiéramos identificamos completamente con el falso yo, no nos causaría tanto sufrimiento, porque simplemente sería lo que somos. El sufrimiento se deriva de un estrato internamente más profundo que se siente limitado por esta identidad y sufre cuando no estamos completamente vivos.

Esa inteligencia más profunda que se oculta en nuestro interior sufre cuando se siente atrapada en una intrincada red de historias, creencias, guiones y conductas que la mantiene alejada de su naturaleza esencial. Y es que, cuando no realizamos todas nuestras posibilidades expansivas, nos vemos abocados al sufrimiento.

El primero y más difícil de los pasos del proceso de curación consiste en darse cuenta de la desconexión de nuestro ser más profundo y del sufrimiento que de ello se deriva. En ese mismo dolor se asienta nuestra curación. Es por esto por lo que, cuando nos alejamos de él, no hacemos más que agregar un nuevo eslabón a la cadena de la contracción y el rechazo en los que se asienta nuestro malestar.

En cambio, cuando nos abrimos a esta herida volvemos a establecer contacto con aquellos aspectos de nuestra experiencia de los que nos habíamos alejado. Por tanto, el primer paso de la curación consiste en reconocer nuestro malestar.

Obviamente, no resulta tan sencillo admitir nuestro dolor y nuestra desconexión de nosotros mismos ya que, apenas empezamos a mirarla, aparece una historia, una creencia, un pensamiento o una fantasía que cumple con una función distractiva. En cuanto nos preguntamos «¿qué es esto?» o «¿por qué me siento tan mal?», nuestra mente se pone inmediatamente en marcha y dice: «Ah, ya sé. Esto es x o esto es y. Estoy identificado con mi madre. Éste es mi complejo de inferioridad. No es nada importante, nada que merezca mi atención. Todo el mundo tiene problemas».

Sin embargo, todas esas historias, constituyen un obstáculo para la curación, porque nos mantienen atrapados en la contracción y el rechazo y lejos, en consecuencia, de nuestra propia experiencia. Éste es el motivo por el cual es importante que los psicoterapeutas ayuden a sus clientes a discriminar claramente entre sus historias y su experiencia vivida. 

Cuando, por ejemplo, le pregunto a un cliente cómo se siente y él me responde: «Me siento estúpido», yo me veo obligado a apostillar: «Ése no es un sentimiento”.

Usted no se siente estúpido. Ésa no es más que una historia que usted se cuenta sobre sí mismo. ¿Qué es realmente lo que siente?» 

Tal vez entonces responda: «Bueno, la verdad es que cuando trato de hablar con mi mente, me siento inseguro y asustado». Ése sí que es un sentimiento. 
Es evidente que, para ello, los terapeutas y los sanadores tendrán que saber distinguir muy claramente entre sus propias historias de lo que está ocurriendo y las historias de sus clientes. Y ese no es nada sencillo porque a los terapeutas les gusta pensar que saben lo que les ocurre a sus clientes; a fin de cuentas, ellos son profesionales que se han entrenado durante muchos años y conocen bien el funcionamiento del psiquismo.

Pero hay que decir que, en el trabajo terapéutico, el conocimiento no es un agente curativo porque, aunque pueda ser una ayuda muy valiosa, el cliente puede experimentarlo como otra forma de rechazo.

El único modo de alentar la curación consiste en acabar con el rechazo mismo que origina el malestar.

No debemos olvidar que el malestar psicológico se deriva de una visión fija y limitada de nuestra experiencia y que, en consecuencia, el simple hecho de asumir un punto de vista diferente, no alienta la verdadera curación. 
Tal vez se trate de un punto de vista más adecuado, de un buen punto de vista, de un punto de vista maravilloso o del mejor de los puntos de vista pero, si sólo es otro conjunto de creencias y de actitudes, jamás será curativo, porque no dejará de ser otro marco de referencia que no puede dar cuenta de todas las dimensiones de la experiencia, otras gafas a las que, más pronto o más tarde, tendremos que renunciar.

En lugar de elaborar compartimentos más grandes o más elegantes, necesitamos desarrollar el único antídoto posible para todas nuestras visiones limitadas de la realidad, permanecer presentes con nuestra experiencia tal cual es. Ésta es la presencia incondicional a la que algunos denominan mente del principiante. 

Como dijo Suzuki Roshi: «En la mente del principiante existen muchas posibilidades, en la del experto solo hay unas pocas».

Todos nosotros somos expertos en nosotros mismos y, en ese sentido, hemos perdido la capacidad de estar presentes con nuestra experiencia de un modo fresco y abierto. Aunque los terapeutas piensen a menudo en sí mismos como expertos en el conocimiento del ser humano, la verdad es que no existe ningún experto en el dominio de la experiencia humana. Y esto es así porque la naturaleza de la experiencia humana es ilimitada y abierta.

Si usted es un experto, su pericia se basa en lo que sabe y lo que usted sabe no deja de ser un conjunto de cajas, una colección de conceptos, recuerdos, creencias e ideas sobre la realidad, pero no la realidad misma.

La mente de principiante supone estar dispuesto a afrontar de un modo nuevo cualquier cosa que aparezca, sin mantener ninguna idea fija sobre lo que ello significa o sobre el modo como debe desplegarse, un estado de apertura que trasciende todos los prejuicios y creencias, y nos permite ver las cosas de un modo nuevo y descubrir nuevas posibilidades. Y aunque se trate de lo más sencillo del mundo también es, simultáneamente, lo más complicado.


Si yo le preguntara: «¿Cómo se siente ahora mismo?, ¿qué está pasando en usted?» y usted mira en su interior, lo más honesto sería responder: «No lo sé». Porque si, en ese momento, usted ya sabe lo que está ocurriendo, probablemente no sea más que un pensamiento, su mente aferrándose a una de las islas conocidas del gran océano de lo desconocido.

En lugar de ello, pues, renuncie a toda respuesta y siga sencillamente preguntándose. Si observa en su interior descubrirá que no hay nada a lo que pueda aferrarse, nada que pueda acomodarse fácilmente a cualquier respuesta concebida de antemano. De hecho, nuestra experiencia presente es mucho más amplia y rica que cualquier cosa que podamos saber o decir en un determinado momento.

Para conectar con el poder curativo de nuestro interior es preciso que nos permitamos no saber y que establezcamos contacto con la textura fresca y viva de nuestra experiencia, más allá de todo pensamiento familiar.

Cuando realmente expresamos lo que estamos sintiendo, nuestras palabras se llenan de un poder verdadero. Como sucede con cualquier otro encuentro íntimo entre dos seres humanos, el diálogo terapéutico está lleno de misterio y de sorpresas.

Es por esto por lo que los grandes terapeutas están más interesados en lo que ignoran de sus clientes que en lo que saben. Cuando el terapeuta opera desde el conocimiento es más probable que caiga en la manipulación, mientras que, cuando lo hace desde el no conocimiento, es más probable que lo haga desde la presencia auténtica.

Cuando nos permitimos no saber lo que tenemos que hacer, a continuación abrimos las puertas a una cualidad de atención más serena y más profunda.



John Welwood
(Psicólogo y Psicoterapeuta, Figura destacada de la Psicología Transpersonal, fue pionero en la integración de la Psicología Occidental y la Sabiduría Oriental)



Psicoterapia espiritual

 

La psicoterapia convencional actúa dentro del modelo médico de la enfermedad y de la curación, y se orienta fundamentalmente al alivio de los síntomas y la resolución de problemas, la Psicoterapia espiritual, pretende situar adecuadamente el trabajo psicológico dentro de un contexto espiritual.

Obviamente, la terapia convencional tiene su importancia y no hay nada malo en el alivio de los síntomas, especialmente cuando eso es todo lo que las personas y las compañías de seguros están dispuestas a pagar. Sin embargo, desde la perspectiva espiritual la mera eliminación de los síntomas, es un objetivo sumamente limitado, en el sentido de que nos impide estar completamente presentes a lo que ocurre en este mismo instante. Y es que, cuando el trabajo sobre uno mismo se centra en la eliminación de un determinado problema, o cuando nos esforzamos en ser diferentes a lo que somos, nos alejamos de la inmediatez del Ser, el único agente verdadero de la curación y de la transformación.

Si no estamos plenamente donde estamos, resulta imposible acceder a la fuente más profunda de nuestro Ser, el único lugar en donde puede tener lugar la auténtica curación.

La mentalidad fija, que sólo apunta a corregir los problemas, sólo funciona en el nivel más exterior Y burdo de las cosas. Así aunque ésa sea la mejor actitud para eliminar la capa de cal que recubre una tubería de nuestro fregadero o del sistema de refrigeración de nuestro automóvil, resulta completamente inadecuada para abordar un problema interno porque, de ese modo, sólo lograremos intensificar los problemas. Y ello es así porque, en tal caso, la parte de nosotros que tratamos de corregir se siente inaceptada o rechazada y, en consecuencia, las cosas se complican todavía más. Pero más importante todavía, es que la fuente de todo cambio reside en el flujo de nuestro Ser, un flujo que se ve obstaculizado por cualquier tipo de forzamiento.

Cuando, por ejemplo, estemos trabajando con el miedo, no deberíamos preguntarnos tanto: «¿cómo puedo superar este miedo?»,

«¿cómo puedo tranquilizarme? « o

«¿de qué modo podría evitar las situaciones que provocan este miedo?»

sino «¿cómo podría abrirme a este sentimiento?»,

«¿cómo puedo descubrir de dónde viene?» o

«¿cómo podría aprender a permanecer completamente presente con la dimensión corporal de esa experiencia y saber así realmente lo que está ocurriendo?».

Obviamente, la intención o el deseo de superar el miedo son muy adecuados, siempre y cuando no se trate de alguna forma sutil de rechazo. Y es que la actitud de alejamos de algún aspecto de nuestra experiencia, no hace sino llenar nuestro psiquismo de agujeros negros emocionales.

La auténtica curación sólo tiene lugar cuando aprendemos a estar presentes en aquellos lugares de los que antes hemos estado ausentes.

El factor curativo más importante del trabajo psicológico en un contexto espiritual reside en el poder de la presencia incondicional, lo cual supone aprender a reconocer, permitir, abrimos e indagar en nuestra experiencia tal cual es, sin tratar de alejarnos ni un ápice de ella.

Se trata de un método que requiere tanto de la presencia del cliente como de la del terapeuta y, en consecuencia, también lo denomino counseling centrado en la presencia.

Es lamentable que el sistema educativo occidental, no suela contribuir al desarrollo de la capacidad de estar presente. De hecho, bien podríamos decir que nuestra educación apunta precisamente en la dirección contraria.

La práctica de la meditación enseña a permanecer presentes en medio de todos los altibajos de la mente y, en este sentido, ha demostrado ser fundamental para el aprendizaje de la terapia y, más allá de todo eso, para ser un buen oyente, un estudiante receptivo, un buen amigo, un amante sensible y un maestro amable. Y es que, aunque la meditación implique una desconexión provisional del mundo y de sus distracciones, no tiene nada que ver con el retiro del mundo.

Al ayudarnos a descubrir una cualidad de presencia y de conciencia mucho más estable y discriminativa que el habitual torbellino en que se hallan sumidas nuestra mente y nuestra emoción, y ayudarnos a experimentarnos a nosotros mismos y a los demás más directamente, la meditación reporta considerables beneficios sociales. Entonces podemos ver a las personas más claramente, entendemos mucho mejor lo que sienten y tenemos la posibilidad de responderles de un modo mucho más empático.

John Welwood

(Psicólogo y Psicoterapeuta, Figura destacada de la Psicología Transpersonal, fue pionero en la integración de la Psicología Occidental y la Sabiduría Oriental)




martes, 22 de noviembre de 2022

Trabajar con nosotros tal cual somos

 

En cualquier proceso de crecimiento, ya sea psicológico o espiritual, siempre llega un momento crítico en el que tenemos que decidir si queremos avanzar hacia lo desconocido («¿Qué será de mí si abandono los hábitos familiares?»).

En ese momento se abren ante nosotros tres posibilidades diferentes, de las cuales sólo la última nos proporciona un camino hacia delante (mientras que las dos primeras no hacen sino reforzar la patología).

La primera posibilidad consiste en no mover las cosas y no arriesgarnos a entrar en lo desconocido, aunque nuestras viejas pautas hayan dejado ya de servirnos.

En los clientes que se hallan en terapia, esta alternativa asume la siguiente racionalización neurótica: «Las cosas no van tan mal. 
Es cierto que mi forma de ser puede causarme algunos problemas, pero al menos, es algo conocido».

Puede suceder que, cuando las personas deciden no dar el paso hacia delante que podría liberarles, quedan atrapadas en su propio capullo y su identidad se vuelve más patológica, porque ahora están utilizándola de un modo deliberado para encubrir las potencialidades más elevadas de su ser.

La segunda opción consiste en castigamos a nosotros mismos por la personalidad en la que nos hemos convertido o luchar con todas nuestras fuerzas para vivir de acuerdo con nuestros ideales. Pero debo decir que evitar lo desconocido sustituyendo la vieja identidad por otra más "espiritual" tampoco sirve de gran cosa.

La tercera -y única elección posible consiste en dejar de violentarnos y de tratar de convertirnos en algo que no somos y abrirnos a nuestra experiencia tal cual es, una posibilidad que requiere el previo desarrollo de la capacidad de permanecer presentes en medio del dolor, el miedo y las experiencias por las que atravesemos.

Es esta presencia la que nos permite establecer contacto con las potencialidades más profundas de nuestro ser y trascender las limitaciones implícitas en cualquier personalidad.


Trabajar con nosotros tal cual somos

¿De qué modo podemos convertir los miedos y fijaciones de la personalidad en peldaños del camino del despertar?

Antes de emprender el verdadero camino tenemos que darnos realmente cuenta de que lo que nosotros consideramos la realidad no es más que una versión de lo que es, algo nada sencillo, por cierto, ofuscados, como estamos, por las esperanzas, los miedos, las creencias y las opiniones y formas habituales de sentir y percibir.

Es por esto por lo que el primer paso para transformar a la personalidad pasa por aceptamos tal cual somos, sin dejarnos arrastrar por el miedo a lo que podamos descubrir.

Una práctica de conciencia, como la meditación o la indagación contemplativa interna, por ejemplo, resulta útil para desarrollar la capacidad de ver lo que estamos haciendo sin juzgarle como bueno o malo.

Aprender a permanecer serenamente sentados nos ayuda a darnos cuenta de que continuamente estamos tratando de mantener nuestra identidad y de que nuestros pensamientos son el aglutinante de la estructura de esta identidad nuestra.

En este sentido, la conciencia de los compulsivos esfuerzos realizados por nuestra mente para aferrarse a las cosas, sin juzgarla ni culparla por ello, puede actuar como un disolvente que debilite la rigidez de la estructura de nuestra personalidad y ponga de relieve las cualidades más profundas y amplias de nuestro ser que hasta ese momento habían permanecido ocultas.

A menudo nos desagrada lo que descubrimos cuando nos vemos tal cual somos. Entonces es cuando nos sublevamos contra el dolor de nuestro karma, la intrincada pauta de acciones, reacciones, condicionamientos acumulados, hábitos, inconsciencia y miedo.
Como dice un conocido proverbio espiritual: «el autoconocimiento siempre trae consigo malas noticias»... al menos al comienzo.

A esas alturas ya no basta con reconocer lo que es, sino que es preciso entablar una relación más plena con ello, lo cual significa abrir nuestro corazón a la situación en la que estemos, para sentirla, observarla directamente y dejar que nos afecte. Y ello no significa que tenga que gustarnos lo que descubramos.

Si, por ejemplo, aborrecemos ciertos aspectos de nosotros mismos, también podemos reconocer y trabajar con este sentimiento como parte de lo que es. Sea lo que sea lo que aparezca, debemos aprender a observarlo e indagar más profundamente en ello.

La conciencia del dolor que nos provoca el hecho de estar atrapados en nuestras pautas, reactiva una profunda tristeza interna a la que yo denomino «tristeza purificadora», una tristeza del alma, el reconocimiento del precio que hemos debido pagar para permanecer atrapados en pautas que han acabado alejándonos de nuestra naturaleza superior. Pero si le prestamos la suficiente atención, ese dolor nos revela el profundo anhelo de despertar, ser más sinceros y más reales y hacer lo que sea necesario para estar más vivos.

Hacernos amigos de nuestra experiencia -abrir un espacio para que se manifieste lo que es y también todos nuestros sentimientos al respecto favorece ese movimiento y permite que el deseo del cambio -un anhelo sagrado deje de ser una cruzada contra nuestros fracasos y se convierta en la expresión natural del respeto por nosotros mismos. John Welwood



Te acompaño en el proceso.


Juana Ma. Martínez Camacho

Terapeuta Transpersonal
Terapeuta Acompañante en Bioneuroemoción
Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular)
Anatheóresis (Psicoterapia Regresiva Perceptiva)
Formación Internacional en Psiconeuroinmunoendocrinología


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