SENDERO TRANSPERSONAL

INTEGRANDO PSICOLOGIAS DE ORIENTE Y OCCIDENTE

Bienvenidos al blog!

La Psicología Transpersonal o Integral, es un enfoque terapéutico que apunta a que el ser humano alcance niveles óptimos de salud psicológica, dándole importancia a la expansión de la conciencia.

Se trata de un acompañamiento terapéutico para que la persona aprenda a observar sus patrones mentales, sus creencias, que son la causa del malestar, que aprenda a desidentificarse de sus contenidos mentales, a trabajar con sus emociones saludablemente, que aprenda a hacerse responsable de sí misma, de sus relaciones, de sus experiencias, sin culpabilizar al entorno, a la vida por lo que le sucede, comprendiendo que la adversidad, es una oportunidad de cambio y desarrollo personal.

Capacita al paciente para que aprenda a satisfacer de una manera saludable sus necesidades a todos los niveles: físico, emocional, mental, espiritual, aprendiendo a conectar con la dimensión trascendental; todo ello conlleva a una integración de su personalidad y a alcanzar niveles superiores de salud psicológica, para luego poder trascenderla y conectar con la esencia.

Se toman en cuenta los problemas, dolencias particulares que empujan a la persona a una consulta y se las trabaja e integra, pero el enfoque principal de la Terapia Transpersonal, que la hace diferente y más abarcativa que otras terapias psicológicas (integra psicologías de oriente y occidente) es el de capacitar a la persona para que aprenda a conectar con sus propios recursos internos y permita desplegarse sin temores al proceso de crecimiento natural.

La terapia utiliza diferentes técnicas que se adaptan a las necesidades del paciente y a su estado de consciencia, integrando los niveles físico, mental y emocional (ego) y luego trascendiéndolo hacia los valores superiores, como la compasión, el amor a los demás seres vivos, el sentido de la propia vida, el desarrollo de la creatividad, etc., favoreciendo cambios en su nivel evolutivo.

miércoles, 22 de enero de 2025

Vivir entre la incertidumbre y la impermanencia

 

La experiencia de estar vivos no puede ser confundida con lo que nos pasa. Estar vivos implica magia, misterio, milagro, es la suma de las potencialidades no desarrolladas, todo lo que aún queda por vivir.

La educación, la sociedad, intenta conducirnos lejos del misterio para entrar en el dominio de poder y que, mediante ese poder, ganamos seguridad y certezas, por lo que, si perdemos el control, nos sentimos impotentes y todo cuanto nos rodea se convierte en amenaza.

Precisamente, es en las crisis o en la adversidad cuando experimentamos la sensación de que por más empeño que pongamos, el control se nos escapa como el agua entre las manos.

Conviene aprender a vivir en la incertidumbre. Cuántas veces, en la locura de obtener certidumbres futuras, nos perdemos de percibir lo único seguro que tenemos: la vida en este instante.

Cuando nuestra mayor inversión de energía y atención están en el presente, no necesitamos contar con ningún hecho futuro para ratificar, justificar o dignificar nuestra existencia.

Cada vez que nos preocupamos por el futuro, cada vez que lamentamos o añoramos el pasado, es una defensa para no evolucionar, para no cambiar ahora lo que sabemos que debemos cambiar.

La vida nos muestra, a veces de manera drástica, que no podemos tener control sobre todos los hechos, sin duda, podemos influir con nuestra voluntad y nuestras acciones sobre ciertas situaciones, pero hay otras, en las que la entrega es más apropiada que la lucha por el control.

Basta observar la naturaleza, o nuestro cuerpo en sus procesos de desarrollo y envejecimiento, nuestra mente en un fluir constante de pensamientos, emociones y sensaciones, para darnos cuenta que todo cambia, nada permanece inmóvil.

Lo sabemos, pero no queremos verlo, actuamos como niños que se tapan los ojos jugando al escondite y creen que nadie puede verlos. Así nos tapamos los ojos para no ver que todo pasa, en el afán por ignorar que todo lo que ha nacido, morirá, que lo que se ha recogido, será esparcido, que lo que se ha acumulado se agotará y lo que está arriba, descenderá.

De manera infantil construimos nuestra identidad sobre ilusiones: nuestro nombre, nuestra biografía, nuestras parejas y familiares, el hogar, los amigos, las tarjetas de crédito.


¿Cuántas veces se vive como si no se fuera a morir y se muere como si no se hubiera vivido?


Generalmente el ser humano vive fuera de sí mismo y se dispersa, se está en “todas partes” excepto en sí mismo, constantemente es atraído, distraído, disperso por incontables sensaciones, impresiones, preocupaciones, recuerdos perturbadores, miedo por el futuro. Está fuera de la conciencia, del centro, de lo que es en realidad.

Asume una identidad en un neurótico mundo de cuentos de hadas, creyéndose coloso, olvidando que sus pies son de barro.

Pero, todos tenemos un generador de equilibrio, de seguridad y de poder.


Al identificarnos con la enfermedad, con los problemas y las circunstancias, nos descentramos. Creemos que somos el problema, somos la enfermedad, en vez de verlo como algo que está ocurriendo en este momento y como todo en la vida, también pasará.

Es importante aprender a desidentificarse del cuerpo, de los pensamientos, de los sentimientos, de los deseos y de las ilusiones.


Yo tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

Mi cuerpo puede encontrarse en diferentes condiciones de salud o enfermedad, puede estar reposado o fatigado, sano o enfermo, pero eso nada tiene que ver conmigo, con mi “yo real”. Mi cuerpo es un precioso instrumento de experiencia y de acción en el mundo exterior, pero es apenas un instrumento.


Yo tengo emociones, pero no soy mis emociones.

Ellas son incontables, contradictorias, mutables. Si puedo darme cuenta de que en un momento estoy triste, en otro contento y puedo observar esos cambios, yo, observador, no soy lo observado, mis emociones.


Yo tengo deseos, pero no soy mis deseos. 

Estos son activados por impulsos físicos y emocionales o por influencias externas y, por lo tanto, son cambiantes y a veces contradictorios, con alteraciones de atracción y rechazo. Si puedo observarlos, yo no soy mis deseos.


Yo tengo una mente, pero no soy esa mente.

Un día pienso una cosa, otro día sobre lo mismo, me encuentro pensando lo opuesto... y si intento controlarlo, no puedo. Pero si puedo modificar la mente, generando nuevas imágenes, nuevas ideas, si puedo darme cuenta de esto, yo no soy mi mente.


El mejor tratamiento, el que obtiene los mejores resultados es aquel que nos ayuda a trascender la vieja identidad para reencontrarnos con quienes somos realmente.


“La escultura vive en la piedra, la labor del escultor es quitar lo que sobre”. 
Miguel Ángel.


La impermanencia y la incertidumbre rigen para todos y en todo momento.

Frente a la angustia que nos genera esta realidad, solemos aferrarnos a la esperanza. La esperanza es el deseo y la ilusión de que algo ocurra, mientras que la fe es entregarse al misterio de la vida, sin esperar nada en concreto, pero sabiendo que lo que ocurra será para bien. Es una llama que nos permite superar todas las limitaciones, nos acerca a los niveles más profundos de nuestro ser y nos permite superar todo tipo de adversidades.

Para renunciar a las ilusiones que aprisionan el alma en cualquier nivel de la conciencia, es necesaria la fe, pero no la fe en una forma concreta de divinidad, sino en la naturaleza de la realidad.

S. M. Marusso


domingo, 19 de enero de 2025

El Juego psicológico del triángulo (A. de Mello)


Hay un juego psicológico, el del triángulo, que se suele llamar el juego del "Sí, pero..." 
Es como una transac­ción entre dos o más personas. 
Tú, en ese juego, irremediablemente haces uno de esos tres papeles del triángulo:
 rescatador, perseguidor o víctima.

- El rescatador actúa bajo el influjo de la culpabilidad.
- El perseguidor actúa bajo el influjo de la agresividad.
- La víctima actúa bajo el influjo del resentimiento.

Si tú entras en el triángulo, irreme­diablemente cargarás con las conse­cuencias: te quemarás.
Supongamos que estoy cansado y necesito tiempo para mí. Y tú vie­nes a mí con cara de víctima recla­mando mi atención. Yo, que soy in­capaz de decir que no a nadie, te doy una cita para después de cenar.

Inmediatamente me voy sintiendo cada vez más resentido por tu in­tromisión, me pongo furioso por haberte dicho que sí.
Entonces vie­nes, y me contengo y te recibo bas­tante bien, pero cuando veo que no son más que banalidades lo que me dices, empiezo a impacientarme y el enojo se me sale por los poros. 
Así es que, te interrumpo para decir: "Pero ¡para esta tontería me vienes a molestar a estas ho­ras!" Y estalla el conflicto.

Con de­cirte que no podía atenderte a esa hora se hubiese evitado todo esto; pero al no saber decir que no, hice:
- de rescatador cuando dije que sí,
- de víctima cuando me dolí por dar un tiempo que no quería dar,
- de perseguidor porque te di un palo.

¿Qué hay de bueno en esto?

Pero aún no se termina allí, pues por la no­che me siento culpable y arrepentido; con lo que, por la mañana voy con mucha amabilidad a preguntarte qué tal estás. Y tú aprovechas mi buena dispo­sición para pedirme otra entrevista.

¿Ves el juego?

He querido hacer de res­catador y no sólo me he dejado utilizar, sino que, a consecuencia de ello, he pasado a ser víctima y perseguidor y,"además, tú sigues con la misma actitud, no aprendiste nada.
La responsabilidad es mía, por meterme en el juego y dejarme enre­dar en él, en vez de ser sincero y decir que no puedo.

Es como aquel prover­bio:

"Si dejas la puerta abierta, los que se meten son los fuertes y quedan fue­ra los débiles."

Dejar la puerta abierta para todos, sin discernimiento, es peligroso.
Alardeas de servicial y de bueno y no caes en la cuenta de que no saber decir que no, es una actitud de cobardía, del ego, y no es sincera, porque dices si cuando quieres decir no, pues te gusta parecer bue­no cuando por dentro estás enojado o en desacuerdo.

Todos, alguna vez, dijimos sí cuando deseábamos decir no, y lo ha­cemos por el sentido de culpabilidad metido en nuestra mente y por las bue­nas apariencias, por lo que puedan pensar de nosotros.

Sólo el día que no nos importe lo que piensen de nosotros las personas, comenzaremos a saber amar­las como son y darles la respuesta adecuada. Lo cierto es que nuestro ego es el que propicia esa necesidad de que nos necesiten para sentirnos importantes.

Vamos a poner unos ejemplos, que muestran cuatro casos de "rescatador":

1) Cuando me lanzo a darte ayuda, pero, en realidad, no lo veo claro o no veo la necesidad de que tenga que ha­cerlo yo y no otro; o cuando sin pedír­melo tú, yo me ofrezco.

2) Cuando me presto a ayudarte por­que me lo pides, pero yo no quiero ayu­darte.

3) Cuando intento ayudarte yo, sin antes insistir para que seas tú quien te ayudes.

4) Cuando tú necesitas algo de mí, pero no lo dices explícitamente, es­perando que yo lo adivine.

Sólo el día que no nos importe lo que piensen de nosotros las personas, comenzaremos a saber amarlas como son y darles la respuesta adecuada.




sábado, 18 de enero de 2025

Transformación consciente


"El gusano de seda se pasa la vida comiendo y engordando y no sabe para qué. Un día siente la necesidad de encerrarse en sí mismo y construye una celda con el producto de su esfuerzo, se aísla y no sabe para qué. Un día siente la necesidad de salir de su encierro y, al salir, cree que el mundo ha cambiado y no sabe por qué. Sin embargo, si tuviera un espejo delante sabría en ese momento todos los porqués."

Este cuento es una alegoría perfecta que refleja que la vida es un proceso de transformación en el que todos los acontecimientos fluyen de forma permanente y cómo cada cosa que nos sucede tiene un significado, un porqué, aunque no logremos en ese instante vislumbrarlo.

Algo que corrobora fehacientemente nuestro propio cuerpo en el que cada cierto tiempo se regeneran sus células hasta el punto de que cada siete años todo el organismo es prácticamente nuevo. Ni una sola célula sobrevive a ese plazo salvo las neuronas...; o, al menos, así se creía hasta ahora, porque también ese convencimiento, empieza a ponerse en entredicho. Como cambian con los años nuestro carácter, nuestras formas de pensar o nuestras actitudes.

Ahora bien, hay un aspecto que nos cuesta mucho más modificar: las creencias. Algo por lo general tan profundamente arraigado en nosotros que se produce casi siempre una fuerte resistencia cuando alguien o algo, las pone en cuestión. Resistencia que supone, precisamente, una de las mayores dificultades del ser humano para crecer interiormente.

Y es que no somos conscientes de la tremenda programación a la que hemos sido sometidos desde que nacimos, primero por nuestros padres y luego por los maestros en la escuela, el ambiente y la sociedad en la que hemos vivido. Al punto de que las respuestas que damos ahora, como seres adultos, están completamente condicionadas por todo ese bagaje de creencias impuestas.

Creencias tan arraigadas que condicionan por completo nuestra visión de las cosas, nuestros gustos, nuestras percepciones emocionales y psicológicas, y, en suma, nuestra personalidad. Sin embargo, es sólo confrontando nuestras creencias con otras, replanteándonos lo que siempre hemos creído, como podemos avanzar, como podemos percibir otras realidades, como podemos evolucionar y crecer como personas. Única forma de poder realizar una transformación consciente. 
Transformación que sólo requiere una herramienta, el libre albedrío, imprescindible en el camino evolutivo y que nos faculta para elegir -en todos los ámbitos-, al margen de condicionamientos o creencias.

Y ahí radica la mayor dificultad. Porque "creer" es asumir como ciertas las informaciones recibidas por distintas vías sobre un tema para, inmediatamente, convertirse en verdades.

Es decir, las creencias, en general, están exentas de lógica y suelen asentarse en el inconsciente colectivo hasta que son sustituidas por otras con mayor carga racional. En ese sentido, vienen a conformar una especie de plantillas o esquemas mentales a través de las cuales discurren nuestros pensamientos y vemos la realidad.
Por eso cuando cambiamos el esquema mental, es decir, cuando modificamos la "plantilla", cambia inmediatamente la realidad de la persona.



lunes, 30 de diciembre de 2024

Problema= situación de aprendizaje. Las Leyes del Universo/las Leyes de la Vida

 

Es imposible encontrar a un solo ser humano que no tenga que enfrentar dificultades, por lo que pretender no tenerlas, es un imposible.

La manera de trabajar las dificultades, es mirarlas como oportunidades de aprendizaje. Si lo podemos ver de esta manera, desaparecería lo que llamamos problema. El problema no existe, lo que existe es una situación de aprendizaje.

Cualquier dificultad es algo a reconocer las Leyes que lo rigen y si las reconoces, ya no será problema para ti, por lo tanto la dificultad desaparecerá.

El asunto no es tratar de huir de las dificultades y pensar en un mundo ideal donde nada pasa, sino aprender lo que la vida enseña desde una disposición de amor interna, para no sufrir ante eso, eso se aprende en el estudio de las Leyes de la vida.

Como decían los griegos, el drama es una situación interna del ser humano, no externa. Interna porque en el mundo físico de la materia no suceden dramas, lo que existe son eventos o situaciones.

El interior del hombre que se confronta con esos sucesos, al no poderlos comprender, lucha contra ellos, no los acepta, lo convierte en un drama y lo lleva a tomar actitudes totalmente negativas frente a procesos normales de la vida. De este procedimiento que hacemos en el interior, llegamos a liberarnos al través del conocimiento de las Leyes que rigen el universo y de su aplicación, necesitamos entrenarnos en su aplicación.


Al igual que las Leyes del universo, las Leyes de la vida tampoco pueden estudiarse en libros, ellas están escritas donde Dios/la Fuente/el Absoluto/la Inteligencia.... las escribió y tú las puedes reconocer observando los eventos de tu vida. En todo resultado, es precisamente donde puedes verificar la existencia de la Ley. No resulta nada que no sea permitido por la Ley y los resultados en sí mismos, no son cambiables.

La Ley tiene una característica: es inmutable, es perfecta, no es negociable. Lo que podemos es cambiar nosotros ante la ley, ante la organización del universo. De hecho, ninguna persona puede modificar un resultado, lo que puedes hacer es obtener otro resultado diferente después, pero el resultado no es modificable.

Si no estás satisfecho con un resultado, entonces necesitas saber cómo aprender a obtener otros resultados satisfactorios.

Pero los resultados que ya tienes o has obtenido, no son modificables, solo es aceptarlos y aprender de ellos, no aceptar un resultado es luchar contra la Ley, es luchar contra la vida y eso es lo que genera los dramas.

Las Leyes están escritas en todos los resultados que tú ves y en todos los sucesos. 
Puedes orientarte donde haya un suceso con el cual no te sientas satisfecho y puedes preguntarte:

· ¿qué necesito aprender de él?

· ¿qué me está enseñando?

· ¿qué necesito aceptar?

· ¿cómo hago para generar otro resultado?

· ¿qué hice yo para hacerme correspondiente o generar el resultado que estoy viviendo?

Son las preguntas concretas antes las situaciones de la vida, es decir, esas son las oportunidades.



En las Leyes universales estamos inmersos y su acción es simultánea, actúan constante y simultáneamente todas sobre nosotros porque son las Leyes de la creación y su funcionamiento, y esto, es un proceso constante, permanente y eterno, nosotros estamos inmersos dentro de la Ley; reconocerla y seguirla es liberarnos. Obedecer la Ley es ser totalmente libres.

Cuando nosotros vamos en contra de las Leyes y suponemos equivocadamente por nuestro sistema de creencias, que la libertad consiste en hacer lo que yo quiero y no en obedecer, y puedo suponer equivocadamente que obedecer algo, es no ser libre, estoy cometiendo el mayor de los errores, porque la libertad es precisamente seguir el orden del universo para encontrar satisfacción en él y poder ser feliz.

Si aspiramos a ser felices a través de la libertad, la única libertad válida es aquella que te hace feliz. Si el uso de una libertad te lleva a tener conflicto, rebeldía, choque con los demás o con la vida, esa libertad no te sirve y no es válida, por lo tanto la obediencia al orden del universo siguiendo el flujo del proceso que sigue el mismo universo, será lo que nos dé la posibilidad de ser felices y ser libres, por ello es importante reconocer que estamos inmersos en la Ley y todo está regido por la Ley.

Esto en cuanto a las Leyes universales, lo único que necesitamos hacer es reconocer su existencia y no luchar contra ellas.

En cuanto a las Leyes de la vida, podríamos decir que usamos las Leyes de la vida, y su aplicación también es simultánea.

Aunque las separamos para su estudio, realmente en cada acción de nuestra vida estamos utilizando simultáneamente todas las Leyes, reconociéndolas en cada instante en todo lo que sucede en nuestra vida, y en todo evento, podemos orientarnos sabiendo que no existe la casualidad en nada de lo que sucede en el universo, ni en nuestras vidas.

Si nos quejamos de algunas situaciones, es porque no pudimos comprender lo que ellas me enseñan, y no he podido comprender cómo crear situaciones diferentes más satisfactorias.

No hay razón para quejarse, porque toda situación es un aprendizaje muy valioso, pero si no aprendemos, la situación subsiste, entonces:

¿Qué necesito hacer?

¿Qué necesito cambiar?

Lo único que tenemos que hacer y cambiar es la concepción interna que tenemos de la vida, o sea, el sistema de creencias sustentado en principios de ignorancia.

Modificado esto, los problemas no existen. Ese es el proceso con las Leyes.



Para aprender más sobre este interesante tema, práctico para toda la vida:





lunes, 16 de diciembre de 2024

El diálogo Interno


Es de vital importancia lo que nos decimos a nosotros mismos ante una situación que estamos experimentando. 

El diálogo interior está basado sobre el sistema de creencias, muchas de ellas inconscientes y afecta nuestro mundo emocional más de lo que nos imaginamos, pero también nuestros estados emocionales, creencias, etc., afectan nuestro diálogo interno.

Se ha descubierto que, cuando nuestro diálogo interno es nocivo, llega hasta el punto de “matar neuronas" en ciertos centros cerebrales, como los hipocampos. (Dr. Mario Alonso Puig)

La facultad de Medicina de la Universidad de Harvard ha demostrado que entre el 60% y el 90% de las consultas a médicos generales en occidente, tienen relación con determinadas  emociones aflictivas que se prolongan en el tiempo.

Es muy importante ser conscientes de que es lo que nos decimos ante las situaciones que vivimos, pues de esa interpretación, depende la calidad de nuestras experiencias, y es que según lo que nos digamos movemos estados emocionales que tienen que ver con sustancias químicas en el organismo, no es lo mismo sentirnos furiosos, que sentirnos contentos.

El diálogo interno, puede cambiar nuestro estado anímico en segundos.

«No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede» 
Epícteto

Aprender a  escuchar a esa voz interna, a ser conscientes de ella, nos ayuda a mejorar nuestra automotivación y a regular el mundo emocional, ya que contrario a lo que solemos creer, somos responsables de nuestro mundo emocional, de lo que sentimos.

Gran parte de la vida, solemos culpar al afuera por cómo nos sentimos y nos justificamos, estoy triste porque tal persona no me hizo caso, o estoy furioso pues mi pareja no me escucha, o estoy frustrado porque el país está en crisis… etc. Y es que sin negar la situación exterior, la verdad es que lo que yo interpreto, lo que yo me digo de lo que está ocurriendo, tiene mucho que ver con mi estado, con lo que siento. 
El otro puede actuar a su manera, pero en mi interior yo decido si me afecta o no, y si me afecta, toca revisar que patrones, maneras de funcionar se activan en mí que hacen que la situación me afecte y poder revisar sistema de creencias que ya no me apoyan a crear una vida saludable.

Así, al ir tomando conciencia de que somos responsables de nosotros mismos, nos damos cuenta que:

“Nadie nos puede herir sin nuestro consentimiento”.

Conviene cuando nos decimos algo que nos hace sentir mal, confrontar la creencia, por ej.,  si me sorprendo diciendo que "soy torpe", preguntarme: ¿realmente es así, soy torpe?, ¿es del todo real lo que me digo?, ¿es así en todo momento? O ¿es que me comporté torpemente?, ¿habrá situaciones donde no me comporte torpemente?....entonces la creencia pierde fuerza.

Para poder detectar cómo nos hablamos a nosotros mismos, qué nos decimos, si ese diálogo es tóxico, y aprender a hablarnos de otra manera más saludable:

· Hemos de entrenar la mente a estar presente, aprender a observar sin juicio los pensamientos, adoptando una actitud meditativa, para sorprendernos cuando nos estamos hablando mal.

· Soltar la atención de los pensamientos (dejarlos pasar como si fueran nueves en el cielo) y dirigirla a las sensaciones corporales. 
¿Qué estoy notando en el cuerpo? ¿Qué sensaciones físicas noto: tensión en la mandíbula, en el cuello, puños apretados, hormigueos, calor, opresión en el pecho, nudo en el estómago, etc.?

· Preguntarnos qué estoy sintiendo, ponerle un nombre a la emoción o sentimiento: enojo, rabia, tristeza, angustia, ansiedad…) al ponerle nombre, al etiquetar la emoción, o sentimiento, se activan áreas del cerebro que nos ayudan a ser más resolutivos.

Hay un estudio científico (Universidad de California) que demuestra que cuando nombramos una emoción,  la corteza prefrontal fabrica péptidos que inhiben la amígdala sobre-activada.

Desarrollando la Inteligencia Emocional, podemos equilibrar y armonizar la parte emocional y racional del cerebro.

Al observar cuál es el diálogo interno que nos lleva a sentirnos así, nos daremos cuenta que solemos decirnos cosas como: "todo lo hago mal", "siempre me pasa lo mismo", "no cambio más", "que estúpido soy", etc.

Luego de haber tomado conciencia de lo que me digo, podré ver cómo distorsiono los hechos bajo los efectos de la emoción y de las creencias, se trata de confrontar las creencias, para verificar si son realmente ciertas.

· Y me plantearé cómo puedo aprender a hablarme, o qué decirme a mí mismo ante esa situación, que me haga sentir mejor.

· Haciendo esto, puedo volver a observar mis pensamientos y emociones y notar el cambio.

· Noto qué sensaciones físicas aparecen al cambiar el diálogo interno tóxico por un diálogo más amable y que me hace sentir mejor.

· Y por último miraré que acción tomar, cuál es el primer paso a dar para poder cambiar la situación que no me gusta, pues al tomar acción desaparece la sensación de inmovilidad que nos genera la preocupación por algo.

La dificultad, es que son muchos años de condicionamiento, de repetir maneras de funcionar con patrones instalados en nuestras redes neuronales, que movilizan estados emocionales a los que nos tornamos adictos (como dice Candace Pert). Sin embargo, según las investigaciones de las neurociencias, el cerebro es plástico y podemos cambiar...

Se requiere entrenamiento y paciencia para funcionar de una manera más saludable... aprender a conocer lo que funciona en uno y a sanar lo que está irresuelto, principalmente en los estadios tempranos de la niñez, que es donde grabamos nuestras creencias, nuestra manera de ver el mundo, nuestros primeras heridas, que nos condicionan luego de adultos, hasta tanto las hagamos conscientes y las sanemos, aprendiendo a cubrir sanamente nuestras necesidades y a hacernos cargo de nosotros mismos....





sábado, 14 de diciembre de 2024

La ayuda


Hay algo que todos aprendemos con el tiempo, por la via dura: Nunca intentes ayudar a nadie hasta que esté listo para recibir ayuda.

Mientras no te pidan ayuda, mientras el otro no esté dispuesto a escuchar y soltar viejos patrones, tu intento de ayudar se sentirá como manipulación y control; se verá como un asunto tuyo, como tu necesidad, y no la de esa persona.
Aparecerán las defensas, las posiciones se radicalizarán y tú acabarás sintiéndote frustrado, superior o impotente; y los roles que se reflejarán, el de la “víctima” y el del “salvador”, harán que os sintáis más desconectados que nunca el uno del otro.


¿Cómo podemos ayudar de verdad?

Encuéntrate con la persona allí donde se encuentre. Abandona tu sueño de que se va a poner bien enseguida. Cálmate. Confirma cuál es su experiencia del momento. No intentes imponerle tus propios planes y no des por supuesto lo que “mejor” para ella. Tal vez no sabes que es lo “mejor”.
Tal vez esa persona es más resistente e inteligente, y tiene más recursos y potenciales de los que nunca creíste posibles.

¿Acaso lo que es “mejor” para esa persona justo ahora es no querer (o necesitar) tu ayuda?
Tal vez lo que necesita ahora es sufrir o luchar más. Quizá se está alineando y sanando a su manera, que es única.

Acaso lo que este momento requiere de ti es tu confianza, tu escucha profunda y tu profundo respeto por el lugar donde se encuentra esa persona en su viaje.
Puede que no estés más que intentando ayudarte a ti mismo. 
Tal vez el cambio real no viene de tratar de imponer el cambio a los demás, sino de alinearnos con dónde están justamente ahora y desbloquear toda la inteligencia creativa del momento, respetando su camino único y su misterioso proceso de sanación.

Cuando intentas cambiar a alguien le estás transmitiendo que no está bien como es, que rechazas y desapruebas su experiencia y quieres que sea otra. Incluso puede ser que le estés transmitiendo que no lo amas.

En cambio, cuando dejas de intentar cambiar a la persona y te encuentras con ella tal como es, y te alineas con la vida tal como se presenta, un cambio grande e inesperado es posible, puesto que en este caso eres un verdadero amigo y aliado del universo.

Deja de intentar cambiar a los demás. Permite que cambien, o no, a su propia manera, cuando sea su momento.
Tal vez, cuando más ayudas, es cuando dejas de intentar ayudar.
J. Foster


viernes, 22 de noviembre de 2024

Cuando el dolor se transforma en sufrimiento

 

Aceptar el dolor sin agregarle sufrimiento. Si no lo haces, tu mente te conducirá a vivir el infierno generado por tus deseos contrariados.

Nos apegamos a lo que debería ser en lugar de aceptar lo que es. Los demás deberían…., yo debería…, la vida debería… y hasta dios tendría que actuar como yo creo que deberían.

Exigir o demandar que todo suceda de acuerdo con lo que deseamos o según alguna norma personal resulta una forma rígida y absurda de comportamiento, que solo acarrea sufrimiento.

El deseo se transforma en una imposición irracional que conduce indefectiblemente a la frustración, a la ira o a la depresión, entramados moleculares nefastos de la experiencia del pensar y del sentir: “yo debería tener o ser más exitosa y como no lo soy me siento frustrada, desvalorizada, ignorada…!

¿Cuántos “debería” o “tendría que” están actuando hoy en tu vida?


El dolor es un sentimiento que lastima y cuanto más queremos ignorarlo, más se intensifica, lo que resistes se potencia, pero si aprendes a vivirlo aceptándolo, rindiéndote ante él y descubriendo un sentido a esa experiencia, el dolor se transforma en la gran oportunidad para liberarte de la carga insoportable del sufrimiento.

Somos el dolor y también somos lo que sana ese dolor.

Hay creencias que restringen y creencias que expanden, creencias que nos tornan impotentes y creencias que nos dan el poder de cambiar nuestra vida. Hay creencias que construyen salud y hay otras que la destruyen, entre estas últimas se encuentra una muy arraigada en la mayoría de las personas: la creencia de que el dolor debería desaparecer de nuestra vida. Nos negamos, nos resistimos y al resistirnos, sufrimos más. Pero el dolor y las pérdidas son parte esencial de la vida.

Quien puede experimentar la tristeza con dignidad, sin pelear contra ella (“esto no puede estar pasando”), sin negarla (“aquí no ha pasado nada”, “no tengo que llorar”), sin agregarle sufrimiento (“¿por qué?, ¿qué hice para merecer esto?, ¿en qué me equivoque?”), se dobla pero no se quiebra.

Cuando nos abrimos al dolor con toda nuestra humanidad y nos rendimos ante él, el mismo dolor nos sana, nos eleva al punto de trascenderla, siendo transformados por él. El dolor se convierte así en nuestro gran maestro.


Cuando el cuerpo y el corazón lloran por lo que han perdido, el alma sonríe por lo que ha ganado.


El peor sufrimiento no es el dolor en sí, sino no saber el para qué nos pasa lo que nos pasa.

Todo dolor es portador de un mensaje que hay que saber descifrar, ya que en la plena comprensión de este sentido está la clave para su superación.

En el dolor no hay mente, es dolor. Se caen las máscaras y las corazas, somos dejados solos en el misterio de ser. Estamos frente a frente con la realidad.

Para estar dispuestos a explotar la realidad tenemos que estar preparados para cometer muchos errores, debemos ser capaces de arriesgarnos, podemos perdernos, pero es así como llegamos a un nuevo destino, perdiéndonos muchas veces, aprendemos como nos extraviamos, cometiendo muchos errores, llegamos a saber lo que es un error, nos acercamos más y más a lo que es la realidad.

Se trata de una exploración individual, no puedes partir de las conclusiones de los demás, la realidad es una experiencia, no una creencia. Nunca se encuentra la realidad estudiándola: la realidad hay que confrontarla, hay que encararla.

Así también hay que encarar el dolor. Para sanar el dolor, debemos hundirnos en lo profundo, en la oscuridad de las raíces, donde surge la vida. Nos resistimos a ir hacia abajo, elegimos quedarnos en la superficie, buscar soluciones con la mente caótica, que prefiere podar las ramas marchitas o enfermas y hacerlas desaparecer. “si no se ve, no existe”, creemos ingenuamente. Pero el dolor no se puede ocultar.

Experimentar la tristeza con integridad es un acto de máxima fortaleza. Quien se oculta detrás de la máscara queriendo mostrar que “aquí no pasa nada”, quien se cree o pretende ser invulnerable, cuando se quiebra le será muy difícil recuperar su integridad.

En cambio, al abrirnos a la sensación de perdida y experimentar la emocional natural de la tristeza, nos tornamos vulnerables y desde ese sentir aceptamos lo que es, renunciando a su permanencia. Así la energía psíquica resultante, se dirige hacia la toma de decisiones que nos harán modificar el curso de lo vivido.

Lo que no es aceptado, no puede ser cambiado. Esto muestra claramente un principio básico de la acción correcta: jamás podre cambiar o modificar algo si no lo acepto primero.

Recordemos que cuando elegimos cerrar el corazón al dolor, recurriendo a mecanismos de evitación, también lo cerramos frente a la alegría y el gozo.

Si aprendemos a abrir el corazón al dolor, el proceso es tan extraordinario como milagroso, y no se trata de creerlo, sino de experimentarlo.

Las heridas que nos hacen sufrir, no están destinadas a destruirnos, si las asumimos e integramos, contribuyen a nuestro crecimiento y nos tornan capaces de transmitir a los demás la riqueza de nuestra humanidad.

Un conocimiento profundo de nuestro propio dolor permite convertir la debilidad en fuerza, para ofrecer la propia experiencia como fuente de sanación a otros que también están sufriendo. Entonces ya no hay espacio para lamentarse, la queja o la auto-conmiseración. La posibilidad de acoger, acompañar y hermanarnos hace que todo cobre sentido, incluso el dolor. Este, como experiencia de la desnudez y fragilidad humana, se torna promesa de un bien mayor.

Es un estado de conciencia superior, es el reino del servicio. Para alcanzarlo, es imperativo aceptar y atender las propias heridas, de modo de adquirir la libertad que nos permite acercarnos a las heridas de los demás sin sentirnos amenazados. Desde este espacio nos transformamos en sanadores heridos, verdaderos seres humanos que aprendieron a hacer de sus límites y sufrimientos una fuente de sanación para los demás.


“Solo el doctor herido puede curar.” Jung.


Para salir de la zona de sufrimiento:

1- Reconocer que no somos los únicos que sufrimos. Lo logramos cuando dejamos de mirarnos el ombligo y podemos expandir el foco de lo que somos capaces de ver.

2- Darnos cuenta y reconocer que hay otros seres humanos que sufren más que nosotros

3- Pasar a la acción, hacer algo para mitigar el sufrimiento de los demás

El servicio actualiza el potencial de la conciencia humana que todos compartimos, es el portal de entrada al universo del alma. Tiene en si la capacidad de transformar el amor al poder en el poder del amor, otorgándonos una mirada nueva y más compasiva de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos.

Permite trascender el imperio de la mente, para presenciar la transmutación del sufrimiento hacia la compasión y el amor incondicional.


La sanación sigue a la conciencia. Donde hay conciencia profunda, hay compasión. Este es el territorio del milagro, sentirnos uno con el otro, identificarnos con una visión más amplia de nuestra existencia humana para liberarnos del limitado concepto de nosotros mismos.

El servicio se convierte en el camino más seguro para sanarnos y construir un mundo más justo y verdaderamente humano.

S. M. Marusso